“Mi vida profesional empezó a crecer un montón desde que la conocí”, afirmó Manu Jove en Ellos, el ciclo de entrevistas de Infobae, al hablar de cómo su relación con su esposa transformó su vida personal y profesional. El periodista contó que, desde que comenzaron su relación, pudo ordenar sus prioridades, retomar sus estudios y enfocarse en su carrera.
Durante la entrevista, reflexionó sobre las dificultades para reconocer sus propios problemas y los mandatos de la masculinidad que, según explicó, muchas veces llevan a los hombres a guardarse lo que les pasa. También habló sobre la exposición en las redes sociales, los ataques que recibe por su trabajo y las agresiones que sufrió su esposa en la virtualidad.
Manu es licenciado en Comunicación y oriundo de Quilmes. Desarrolló su carrera en medios como TN, donde trabajó como productor y cronista, y participó en proyectos de streaming como Blender y Cenital. Especializado en la cobertura política, formó parte del equipo de Periodismo para Todos, el programa de Jorge Lanata. Es coautor, junto con Maia Jastreblansky, del libro El monje, la verdadera historia de Santiago Caputo; y autor de El éxtasis del poder. En 2025 recibió el Martín Fierro de Cable como mejor cronista-movilero por su cobertura de la actualidad política. En 2026 se incorporó como conductor a Infobae a la Tarde.

— ¿Estás asustado por esta entrevista?
— Un poco nervioso estoy, no te voy a mentir.
— ¿Por qué nervioso?
— Por supuesto veo las notas que hacés y podría decirte la fácil que es que soy periodista y no estoy acostumbrado a hablar de mi vida. Pero la verdad es que más allá de todo eso, soy muy hombre, no de macho sino de varón, y viste que el varón no se abre mucho. En general, no cuenta nada.
— ¿Por qué sentís que pasa eso?
— No sé por qué. Me parece que es medio un código en el que somos así. Te pongo un ejemplo de algo que me pasa con mi esposa. Se separó un amigo y hacemos un asado para hacerle el aguante todos juntos con amigos. Cuando vuelvo me pregunta: “¿Y cómo estaba?” “Qué sé yo, bien”. “¿Pero por qué se separó?” “No sé”. “¿Pero es que no hablan de eso?”, me pregunta ella. Y es que hablamos de otras cosas, no sé, de fútbol. La forma de acompañarnos tal vez es otra.
— El no hablar trasciende una nota sino que es la vida misma. O sea no es que hablan y no nos cuentan.
— Es real. No es que después en secreto entre nosotros estamos recontra abiertos y contándonos detalles de la vida.
— ¿Sentís que hay una carencia de profundización, una necesidad de no profundizar o una relativización de las cosas que para nosotras son importantes y que, para ustedes, quizás no lo son o tienen otro matiz?
— Creo que hay algo también que estamos medio seteados para atravesar los procesos más para adentro. No es que no los atravesemos. En mi caso, por lo menos, me pasa eso. A mí me costó mucho, por ejemplo, empezar terapia y de hecho empecé varias veces y dejé porque sentía que no me servía.
— Hay como una resistencia masculina con el tema de la terapia.
— Sí, pasa un poco lo mismo con ir al médico. ¿Por qué al varón le cuesta más ir al médico que a la mujer? No sé. Es por sentir eso de “yo soluciono todo, no pasa nada”. Hay una cosa del “no pasa nada” y enfocado en que hay que seguir para adelante. No sé si es por mandato, por contexto, pero no te querés dar el tiempo para eso. Por supuesto que es una estupidez, ¿no?
— ¿Sentís que, pese a todas las revoluciones sociales en las que estamos inmersos, que atraviesan a mi género de una manera mucho más tangible, los hombres también tienen que adaptarse? ¿Sentís que, en ese aspecto, la masculinidad todavía no está siendo interpelada?
— Sí, totalmente. Creo que lo que pasa, o por lo menos a mí me sucede, es que hay más conciencia. Capaz que antes era más automático. Ahora me doy cuenta de que es así. Tampoco sé cuántas ganas de modificar eso tengo, ¿viste? Tengo el concepto de que las cosas son medio de esa manera y llegué hasta acá. Sobreviví así 35 años, ¿para qué lo vamos a cambiar? (risas).
— Igual, como somos compañeros, me llegan las voces de los pasillos que dicen que sos un tipo romántico, hiperamoroso y muy enamorado del amor. Eso me parece que ya es algo distintivo dentro de lo que estamos charlando.
— Sí, es cierto. Es verdad.
— Al menos que lo puedas expresar y que tus compañeros lo sientan, es un paso.
— Tiene mucho que ver con mi relación. Quizás siempre lo fui y quizás antes sí, por esos mandatos masculinos o lo que sea, no me abrías tanto, no lo mostraba tanto y lo guardaba más para la intimidad con mi pareja. Si bien siempre lo fui con mi actual esposa, de un tiempo a esta parte, después del año pasado de haberme casado, es como que soy mucho más abierto a contarlo públicamente.
— O sea que para vos el casamiento no fue un evento social más.
— No, ni cerca. Por un lado es la coronación de ese amor que vos tenés con tu pareja. Pero por otro lado, por lo menos en mi experiencia hasta ahora en la vida, son pocos, por no decir ese y algún otro más, los momentos en los que todo el mundo te tira buena energía y todo el mundo está dispuesto a disfrutar con esa pareja, en ese caso con nosotros. ¿Viste que siempre hay algo que no está, que no termina de salir bien o podés estar contento por una cosa, pero hay alguna otra que no salió bien? Pero en ese momento, ese día...
— Sentís que fue un momento de plena felicidad.
— Sí, totalmente. Hubo otros tantos a lo largo de mi vida. Pero así tan plenamente...
— En el podio de los momentos de felicidad el casamiento está en el top tres.
— Sin ninguna duda.
— ¿Y cuánto tiene que ver la otra protagonista de ese día?
— Todo. Es hermoso compartir ese amor con toda la gente que uno quiere y que se te crucen los mundos al mismo tiempo: la familia, la familia política, los amigos de la vida, los amigos del laburo, todos.

— Los amigos de ella que pasan a ser tus amigos.
— Totalmente. Vos me decías: “Sos muy enamorado del amor”. Al principio pensaba en la casualidad, pero ya hace un tiempo estoy medio convencido que no es casualidad. Mi vida profesional, por ejemplo, empezó a crecer un montón desde que la conocí a ella. Yo no creo que sea casualidad. Antes era más barrilete y tenía la cabeza en otras cosas. Es como que desde el momento que la conocí a ella, sentí: “Che, yo acá tengo una parte de la vida en algún punto resuelta”. No resuelta en el sentido de que no van a seguir pasando cosas o no vamos a seguir teniendo problemas. Pero tengo un lugar seguro tremendo, ¿entendés? Cuando ya tenés eso “solucionado” o sabés que ese lugar seguro va a estar, te podés enfocar más en lo profesional y desde dejar de perder tiempo en boludeces.
— ¿En qué perdías tiempo?
— En salir de joda. Un montón. Y me encanta, ¿eh?
— Claro. Está buenísimo salir de joda (risas).
— Me encanta. Casi a nivel problemático...
— ¿Al día de hoy?
— Al día de hoy. Pero ya estoy más grande y no es lo mismo.
— Ya cuesta más recuperarse.
— Claro. Llegás el día de semana y decís: “¿Qué hiciste de tu vida?”
— Llegás desconfigurado.
— Totalmente. Pero antes le daba mucha más prioridad a eso en la vida.
— Me parece que hay algo de esa solidez que te da la familia, no la de origen, sino la que uno construye, que empieza a gestarse en la adultez.
— Y hay algo también de cómo soy yo con eso porque, cuando era más chico, si me gusta alguien, en mi cabeza ya volaba y me la imaginaba presentándosela a mi viejo y a mi vieja. ¿Por qué me pasaba eso? ¿No podía pensar en solo una primera salida, vamos a tomar algo y ya? Ni había hablado capaz.
— Bueno, proyectarte con un otro es propio de la adultez.
— Sí y todas esas sensaciones, ganas o lo que fuera, con ella lo tuve claro desde el primer momento y efectivamente se dio. Después también me doy cuenta por amigos, por mi familia, por la gente que quiero, que no es algo ni común ni fácil.
— Dijiste: “Con ella me di cuenta desde el primer momento”. ¿Venías de algún golpe, de algún dolor en el corazón que te generaba como cierto temor?
— Venía de un par (risas). De relaciones que en ese momento no te das cuenta, pero que después con la distancia decís: “Che, esto era tóxico”. Con el tiempo se puso muy de moda el término. Pero sí, venía de un par y probablemente yo colaboraba con esa toxicidad por lo que fuera: por no poder salir, por no querer salir o por elegir quedarme ahí a pesar de todo, incluso a conciencia de que es una mierda eso que pasa.
— ¿Y supiste ver tu parte responsable después de esas experiencias?
— Sí y también me sirvió para cambiarlo, modificarlo. Hay algo que a mí me pasó siempre e incluso en relaciones me generó problemas por motivos invertidos, que es que nunca fui celoso. No soy nada celoso, realmente no me sale.
— ¿Por qué te generó problemas no ser celoso?
— No ser celoso y tener pareja celosa me resultaba una injusticia atroz en algún punto. A veces hasta terminaba fingiendo unos celos que no tenía solamente para empatar una situación.
— No puedo creer lo que me estás contando. ¿Fingías estar celoso para tratar de no quedar en desventaja de las escenas que te hacían?
— Esa boludez de te tiran algo y decís: “Bueno, pero vos tal cosa”. La verdad que no me pasaba y no me molesta decir tal cosa, pero si me vas a romper las bolas con algo, te voy a romper las bolas yo también.
— ¿Y esto lo llevabas a tu espacio terapéutico o todavía no habías empezado?
— Ya había empezado, había dejado, pero sí, alguna vez sí. Pero me pasa eso. No me sale, porque siento también, y por eso también la felicidad y lo lindo de compartir la vida con Agus, porque siento que nadie obliga a nadie a estar con nadie. Es así de sencillo.
— Es una elección.
— Exactamente. Cuando eso empieza a ser más difuso es complicado. Capaz es uno mismo el que se lo obliga en algún punto a una relación por no querer que fracase, porque apostó por el tiempo o por lo que fuera.
— ¿Con Agustina sentís que están en una misma frecuencia, que bailan al mismo ritmo?
— Sí, recontra.
— ¿Y siempre fue así o tuviste momentos en los que hubo que replantearlo?
— No, ella capaz que alguna vez hasta en chiste me dice algo y ya está, entendemos los dos el código que es el chiste. Yo con ella aparte me río mucho, que es algo que no me parece para nada menor.
— Se subestima mucho el reírte en una pareja y para mí es de las cosas más importantes que hay.
— Sí, totalmente.
— ¿Qué tiene Agus que hizo que sea la elegida?
— Decir una sola cosa es medio difícil o imposible. Claramente son varias. Pero primero ella deposita mucho en su bienestar y en el bienestar del otro.
— Cuidadora.
— Si yo te digo buena parece que lo decimos casi bajándole el precio, frivolizándolo: “Es buena persona”, porque suena todo el tiempo. Pero ella es muy buena en serio y sufre cuando alguien sufre y es feliz cuando alguien es feliz, tenga más relación, menos relación, pero se emociona...
— Y eso vos lo pudiste percibir enseguida.
— Sí, 100%. Creo que es lo más maravilloso que tiene, más allá de cómo es como compañera, de haberme acompañado y haberme apoyado en momentos más o menos difíciles de la vida también, haberme ayudado a mí, como te decía antes, a focalizarme, a poner el orden de prioridades.
— ¿Sentís que te ordenó?
— Sí.
— ¿Pero fue como un: “Escúchame, Manu, vamos a ordenarnos”, o se fue generando por la propia dinámica del vínculo?
— No, al principio medio que te surge a vos mismo ordenarte, porque decís: “Che, esto está bueno, tengo ganas de cuidarlo”.
— El famoso: me quedo viendo una peli y no me voy de joda.
— Sí o si me voy de joda, me controlo, no hago cualquier cosa. Y cualquier cosa es...
— Llegar a cualquier hora.
— O en cualquier estado, que quizás, me había pasado alguna que otra vez. Al principio lo hacés vos porque tenés ganas de cuidar ese vínculo que se está gestando, formando. Después, por supuesto, empieza a costar más. Y ahí también es donde aparece la paciencia de ella porque uno tiene ganas, pero hay otras pulsiones que empujan. Y ahí es donde aparece de vuelta su paciencia...
— ¿En algún momento ella te dijo: “Manu, ajustá algunas tuercas, entrá a boxes en terapia”?
— Sí, me pidió y yo por supuesto le patié: “Sí, ya voy a ir”. Y en algún punto yo sabía que tenía razón, claramente era no tener ganas de encarar un problema.
— De hacernos cargo, ¿no?
— Claro, a veces sentís “si no lo encaro no lo tengo el problema en realidad”. Y por supuesto que no funciona así, pero nos engañábamos un ratito así, sobre todo volviendo a los varones, los hombres, a veces nos engañábamos así. Capaz tiene que ver con todo eso que hablamos al principio, ¿viste?
— ¿Y tuviste ultimátum o no hizo falta?
— No, porque no es ese tipo de relación. No es la relación de la amenaza constante de “te voy a dejar” ni ocasional.
— O sea, te fue llevando hasta que vos te diste cuenta que estaba bueno incluso para vos.
— Y aparte después otra cosa que es maravilloso de mi relación con ella es que me puedo enojar mucho en la vida, con cualquiera, con un compañero de laburo, con un amigo, con mi viejo, con mi vieja, con quien fuera, con mis hermanas, con quien fuera, me puedo enojar mucho, pero se me pasa muy rápido a mí, obviamente cuando hay cariño de por medio. Si es una persona que te cruzaste en la calle, ya está, pero me pasa bastante eso que me enojo.
— Transmutás rápido esa emoción.
— Claro nos recontra puteamos y capaz que a los 10 minutos te puedo estar haciendo un chiste o de la pelea o de otra cosa.
— ¿Y ella es igual?
— Ella le cuesta un poco más, pero no hay forma de que una pelea termine mal en algún sentido. Hay un momento de mucha tensión...
— Pero después la saben desarmar.
— O pasa el tiempo, nos separamos un ratito. Nosotros vivimos en un departamento, que son dos departamentos en realidad. Cuando yo me mudé con ella, vivía en un departamento, son dos departamentos por piso y se liberó el departamento de enfrente y alquilamos el otro. Vivimos los dos en los dos, no es que uno vive en cada uno.
— Pero conservaron esta dinámica de vivir en un mismo piso en dos departamentos distintos.
— Exacto.
— ¿Y esa dinámica qué es? ¿Por las dudas? (risas)
— No, de hecho, uno lo dejamos de habitación, el otro lo dejamos de living, cocina, comedor. O sea, está dispuesto de esa manera.
—¿ Y en el pasillo están abiertas las puertas?
— Están abiertas las puertas porque son los únicos departamentos del piso. Entonces, cada tanto, hay un portazo y uno se va al otro departamento, eso pasa. O a la noche porque uno no puede dormir o por lo que fuera. Está lo de habitaciones separadas y esto es departamentos separados (risas).
— ¿Cuándo fue el momento, si es que hubo uno en el que dijiste: “Esta es la mujer con la que quiero compartir toda mi vida”?
— Sí, me acuerdo alguno particular. A mí me agarran momentos, como ahora, por ejemplo, que estoy casi dos meses sin tomar alcohol. Capaz tiene que ver con bajar de peso y a veces es un poco una excusa porque “che, tengo que aflojar un poco”, porque a veces no termino de controlarlo bien. Y en un momento en el que venía en eso y me estaba costando...
— ¿O sea que en algún momento fue un problema para vos?
— Sí. De vuelta, a veces no del todo consciente, ¿viste? O no te das cuenta...
— Cuán grave es el problema.
— Claro.
— ¿Y ella te ayudó a darte cuenta?
— Sí. Y es una boludez, pero es como de esos momentos que me venía costando eso y cumplí un mes sin tomar alcohol. Hasta yo medio que había perdido la cuenta, pero venía en eso, obviamente con mal humor, con ansiedad, con lo que fuera. Y de repente ella tenía cuenta en la cabeza y me esperó con una chocotorta para festejar un mes de no tomar alcohol. No hacía mucho que salíamos. Y ese fue uno de esos momentos. Así con un montón de otras cosas. Te decía antes que en lo profesional me fue mejor porque me pude enfocar más. Yo empecé a estudiar mi carrera en comunicación cuando terminé el colegio, 2009, y la dejé, volvía, la dejaba. La pude terminar recién cuando estuve con ella. Me volví a sentar, fui a la facultad de vuelta a terminar de estudiar, que por supuesto también me recibió y me esperó con toda una sorpresa en casa. Son pequeños ejemplos de eso, digamos, de cómo mil veces lo escuchás, pero hasta que no lo vivís no te das cuenta que es así, sobre todo después de haber tenido experiencia en las que no era del todo así, cómo ese empuje es real para la vida, ¿viste? El empuje de una pareja, de alguien que te acompaña en la vida en serio.
— Sí, que en el fondo de todo ese empuje o de las palabras que podamos querer buscar, hay un profundo amor y de una entrega que no siempre encontramos en un otro.
— Obvio. Por eso te digo la toma de conciencia también en un momento, identificar que no es ni común ni fácil. Cuando te das cuenta de todo eso, queré hacer todo lo posible para cuidarlo también.
— ¿Tuviste temor en algún momento de que algo de todas esas cuestiones que te acompañaban o por momentos te atormentaban, te llevaran a perderla?
— Sí o a desenfocarme en general de vuelta. Con todo lo que había conseguido, logrado desde el punto de vista de la relación, pero también desde el punto de vista de mi vida, de todo lo que se ordenó. Lo que te pasa muchas veces con eso es que siempre sentís y tenés la sensación de que está todo bien, de que lo controlás, de que todo lo controlás, ¿viste? Y ahí es donde pifiás o donde volvés a morder banquina o lo que fuera. Pasa un poco eso. Pero te atraviesa, es algo que te pasa tener ese miedo y me parece que está bien que aparezca.
— Igual está bueno poder ver el contraste entre eso que ya conocés de memoria, porque lo viviste y sabés que está a la vuelta de la esquina y no te conecta tanto con esa versión luminosa que sí encontrás al lado de ella o que construís con ella, ¿no?
— Sí, totalmente. Después también me pasa, en parte gracias a ella, a amigos, a un montón de cosas, empezar a identificar los momentos en los que uno puede “liberarse”. No sé si es una buena palabra liberarse, pero hay algo de eso.
— Es que una cosa es divertirse y otra cosa es ser preso o necesitar ciertos medios para divertirte, que en definitiva por ahí ocultan algo que no estás pudiendo decir, compartir o expresar y lo manifestás o te apoyás ahí.
— Vuelve a tener que ver con lo que hablamos al principio de lo que cuesta a veces abrirse o hacerse cargo de las cosas. A mí también me pasó muchas veces que alguna charla profunda, incluso con mi esposa o con amigos, solamente las pude tener estando borracho. Porque si no me cuesta, me hago el boludo, porque prefiero no encarar determinado problema o no decir algo. Es un peligro, por supuesto, también.
— No me quiero imaginar las cosas que se puede llegar a decir, pero bueno, sí.
— Es un peligro, pero sí, me ha pasado. Me pasó.
— ¿Y al otro día cuando estás sobrio y hablás del tema?
— No, después hay momentos en los que percibís que te desubicastes, al día siguiente es una pequeña tortura que atravesás todo el día, merecida, por otro lado. Y también está este juego de empezar a decir: “Che, me merezco esta pequeña tortura porque soy un barrilete”.
— Me lo dijiste al pasar, pero ¿alguna vez pensaste: “Bueno, soy un barrilete”, y lo relativizaste? ¿O hubo un momento en el que dijiste: “Che, esto realmente es un problema, me tengo que enderezar y enfocar en encontrar una solución”?
— Lo de relativizarlo todo el tiempo. Fue la mayoría del tiempo, siempre.
— O sea, ¿cuándo te diste cuenta que era realmente un problema?
— Hubo momentos específicos, pero te puedo decir más de uno. Ahí hay algo también de reincidir. Para mí fue clave en la relación con ella, con mi esposa, pero también para darme cuenta de algo: “Che, estoy tratando de atravesar este proceso o tratando de ‘limpiarme’ o de ‘emprolijarme’ o lo que quieras, y me cuesta”. Y más allá de entender que está bien, me cuesta hacerlo por el solo hecho de hacerlo. Siempre me resultó más fácil cuando el año pasado, por ejemplo, encaré un proceso de entrenamiento para una pelea de boxeo a fin de año. Y claro, con un objetivo es fácil hacerlo en algún sentido.
— Claro. Ahí tenías que estar limpio, entrenar, comer bien.
— Y tenés esa motivación. Obviamente, el día después, me volvía a escabiar la vida. O sea, cuando terminó la pelea y al día siguiente...
— ¿Te desbarrancaste?
— Sí, volví a mi casa a cualquier hora y también digo: “Che, no puede ser que sea así, ¿no hay algún punto medio?”
— ¿Y ahí Agus qué te dijo?
— Lo hablamos un poco también. Esta idea de: “Che, ¿por qué no podés? ¿Por qué no podés administrarlo?”.
— ¿Y encontraste las respuestas o todavía las estás buscando?
— Las estoy buscando, por momentos.
— A veces es una búsqueda de toda la vida.
— Sí, puede ser. Y a veces vuelvo al lugar también de decir: “Che, es grave, pero no es tan grave”. Como que esa cosa del relativizarlo volvés a ese lugar a cada rato y al mismo tiempo te da una urgencia de cuando podés. Esto de pude salir con amigos, me tomé dos cervezas y listo. Y me volví a mi casa. Eso está bueno ver esos pasos o esos logros. Pero sí pasa mucho que no termina de tomar dimensión a veces, ¿viste?
— ¿Te imaginás papá?
— Sí.
— ¿Lo charlan?
— Más que imaginarme lo recontradeseo medio que desde siempre. En esos escenarios imaginados me pasó mil veces. Obviamente que, de más chico, sobre todo cuando no tenés amigos que haya tenido familia y demás, ves o en tu cabeza te lleva toda la parte más romantizada. Esto de “qué lindo, llevo a mi hijo a la cancha” (risas). Y después ves...
— Está buenísimo llevarlo a la cancha. Yo lo llevo a la cancha.
— Obviamente. Y ojalá que suceda.
— Pero hay otras cosas después también.
— Totalmente. O por lo menos es lo que veo por amigos. Pero también me pasó, por ejemplo, cuando empezamos a salir y hablar el tema, incluso cuando empezamos a hablar del casamiento con Agus, mi esposa, ella me decía que no quería ser madre. Y yo ahí también tomé una decisión y dije: “Bueno, está bien, no me importa”. Después con el tiempo lo fuimos hablando y ella después de un momento me dijo que parte de mi deseo construyó el deseo también.
— ¿Estabas dispuesto a resignar ese deseo que tenías de toda la vida en pos de que tu vínculo con Agus funcione?
— Sí, un poco sí.
— Bueno, es un gran acto de amor también.
— Sí, ni hablar. Es una estupidez muy de hombre, muy de varón, pero por la otra cosa que yo siempre... Yo soy de Quilmes, familia de Quilmes y viví toda la vida en Quilmes hasta que conocí a Agus. Y no es tan lejos de la ciudad. Venía a laburar y no pasa nada y tenía un poco más de viaje. A veces puteás más o menos en la autopista porque hay más gente o en el tren o lo que fuera, pero lo tenía asimilado, asumido y recontrajurado que no me iba a ir de Quilmes por nada del mundo. Aparte los quilmeños tenemos una cosa medio particular con el vínculo con nuestra ciudad. Todos mis tatuajes vinculados a Quilmes, somos muy arraigados con mucho sentido de pertenencia. Y tenía como muy jurado y medio asumido que no me iba a ir nunca. Y esa fue una conversación. Al principio cada uno vivía en su departamento, su casa y fue una conversación y se hizo todo lo posible y...
— Cediste.
— Y no tuve alternativa un poco (risas). Pero es eso mismo. Para mí fue una entrega en pos de la relación o del vínculo.
— ¿Me contás el momento en que le pediste casamiento?
— Sí.

— Yo siempre me imagino cómo arman esas propuestas por esto que hablamos antes. ¿Con quién lo habla? ¿Hablan con los amigos de esto? ¿Cómo lo gestan? ¿Cómo funciona en la cabeza de ustedes?
— Sí, con algunos amigos y amigas. Obviamente habíamos hablado del tema un montón de veces. No es que me tiré a la pileta sin ideas, sabía que la respuesta iba a ser sí.
— Sabías que ella se quería casar.
— Sí, sabía que se quería casar. También mil veces te cruzás, no demos nombres por las dudas, pero alguien que arriba de un escenario le pide a la pareja casamiento y lo hace en un megaevento. Esos momentos que se viralizan y mil veces de ver esos momentos juntos y el comentario de ella era: “Vos hacés algo así y te mato”.
— Sabías que las excentricidades no eran el camino.
— Sabía que no era por ahí. Capaz que aparte a mí me surgía más hacer algo de eso, pero medio de que a veces me sale. Y ella me acuerdo que un día, mostrando alguno de estos videos virales, ella me dijo: “Yo prefiero que sea un martes cualquiera, como si no me diera cuenta”.
— ¡Mirá cómo registraste esa información!
— Aparte nosotros en el momento en que justo teníamos un hueco los martes a la noche, ninguno de los dos laburaba. A veces los horarios de los periodistas son medio como un Tetris. Entonces, justo en ese momento íbamos a comer a algún lado los martes o en casa. Entonces, me dijo eso de un martes cualquiera y lo registré y reservé un lugar que nos gusta ir a comer mucho un martes cualquiera. Aparte éramos nosotros solos y dos mesas más en todo el restaurante.
— ¿Fue con anillo?
— Fue con anillo.
— ¿Y cómo es el momento de la medida del anillo? ¿Cómo gestaste eso?
— Fue preguntarle a amigos ya casados. No tenía ni idea. ¿En una joyería? No sé. ¿Dónde compro anillo? (risas). ¿Cómo se hace esto? ¿Cómo funciona? Le pregunté a amigos, amigas.
— ¿Te llevaste un anillo de ella? Porque la medida es todo un tema.
— No, no llevé. La medida es todo un tema. Pero me asesoré ahí en la joyería, medio a ciegas. Después ya con el anillo comprado, lo medí con uno de ella y estaba más o menos parecido. Pero salió bien.
— ¿Y se lo pediste un martes cualquiera?
— Un martes cualquiera me arrodillé, no sé si hacerlo o no en el restaurante (risas). Aparte había dos mesas comiendo, uno se dio vuelta así y la moza se puso a aplaudir toda emocionada. Y eso fue todo.
— ¿Inmediatamente te dijo que sí?
— Sí.
— ¿Se emocionó?
— Sí, se emocionó. Aparte, yo venía como medio nervioso por eso. Y no me importaba ninguna otra cosa, cualquier cosa que me contara. Y justo estábamos por entrar y la llama creo que una amiga y se pone a hablar y medio que le baja toda una data mala onda, medio bajón. Y yo estaba esperando adentro del restaurante y ella seguía hablando y como que vuelve medio drenada por la conversación. Y digo: “Ya está, listo, no le puedo decir ahora”.
— Claro, no es el momento.
— Y yo sentí que tenía un socotroco en este bolsillo y pensaba: ahora cómo disimulo que tengo esto acá. Pero después encontré hueco y se lo propuse. Y fue muy lindo todo el proceso de preparación. Fue casi un año todo el proceso de prepararlo, de pensarlo. Quería que tenga la identidad de ambos y que estuviera representado eso en el evento, en el show.
— Antes dijiste: “Fue uno de los momentos más lindos de mi vida, pero sobre todo por esto de que todo el mundo te tira linda energía”. Dicen que el casamiento lo hacen los invitados y tiene mucho que ver con la gente que fue parte.
— Yo, Luli, estoy muy acostumbrado a que me puteen. No te digo que lo disfruto, pero me divierto con eso en las redes sociales, el concepto de hate, que aparte muchas veces por lo que hago está más vinculados a la política partidaria o lo que fuera, de un lado, del otro. Y hasta juego con eso, me río, si me putea uno de un lado y uno del otro, junto los dos tuits, los publico juntos.
— Sí, pero sos receptivo a eso y estás, lamentablemente o no, más allá de que te divierta, habituado a eso.
— Claro. Y de repente ese día me acuerdo que publicamos una foto del casamiento y uno de los que siempre me putea, me dijo: “Siempre te puteo, pero hoy te deseo todas las felicidades”.
— ¡Hasta el hater te dio buena onda!
— Me pareció como un resumen de lo que es ese día, más allá de que por supuesto el día es espectacular por un montón de otras cosas, por la gente, por los amigos, por cómo se cruzan los mundos y cómo terminan tu vieja bailando con una conductora de canal en laburate siempre, lo que fuera, que está espectacular. Me pareció un gran resumen eso, que me lo había dicho un amigo antes. Me dijo: “Es uno de los pocos momentos en donde todo el mundo está tirando buena energía”. Y es verdad, que es muy poco habitual en la vida.
— Pero es verdad que uno normaliza algo que no debería ser normal. Vos te iniciaste en el periodismo deportivo, hoy estás dedicado a lo que es el periodismo político. Y esto de naturalizar, la bardeada, la puteada, es algo que viene con la profesión. ¿Te lo imaginaste cuando empezaste a ejercerlo?
— No era tan así tampoco. No había tantas redes, era como medio incipiente o era la red social más abocada a otra cosa, a la vida personal de cada uno. No había creación de contenido, no había nada de eso que ahora está muy en auge. También yo me fui desarrollando profesionalmente medio que a la par de eso, o sea que vi todo el proceso. después, por un lado, tomás dimensión de que no del todo real. No caigo en esa de son bots, troll, no caigo en esa. Pero sí que es una charla que tuve con algunos amigos, colegas, compañeros que sufrieron más esos procesos, esas puteadas o ese hate, de pensar: che, yo conozco mucha gente en la vida, como conocés vos, como conoce cualquiera. De toda la gente que conocés, ¿cuántas de esas personas se pasan puteando a otros que no conocen en redes? La verdad es que nadie. Entonces digo, hay gente por ahí, pero no es lo que uno percibe en la vida real, en la calle. Y si a lo sumo alguien te viene a decir algo en la calle, te lo viene a decir de una manera educada.
— ¿Te pasó una vez vivir alguna situación medio incómoda?
— Sí, pero más vinculado a cubrir eventos determinados, marchas, manifestaciones, esas cosas, donde entendés que no es que es un señor que te está reclamando algo a vos, es como un clima enrarecido en el que hay...
— Más hostilidad.
— Claro, de mayor hostilidad puteando a la prensa, al periodismo en sí mismo, y vos ahí sos la representación de eso, o de un canal, de medio.
— ¿En algún momento dijiste: “Cierro las redes”?
— A veces sí. Mil veces me lo recomendaron. Lo que pasa es que hay un día que tal vez me levanto un poco más cruzado por lo que fuera y respondo, a veces con la misma agresividad, a veces menos, pero pasa.
— Sí, uno es un ser humano.
— Yo siempre estuve más acostumbrado, primero por habitar ese mundo de las redes y después por la profesión. Pero en un momento empezaron a agarrársela con Agus, con mi esposa, y ahí sí que te sacan. Porque además lo que pasa es que son recontra violentos, misóginos.
— Es que tampoco tenés mucha forma de detenerlo. Lo más inteligente creo que es tomar distancia. Porque no va a haber nada que digas o que puedas hacer para controlar eso. No tiene sentido pelearse.
— Como en el colegio primario. Un truco que a mí sí me funcionó es reírme de eso.
— Pero es difícil reírte cuando están agrediendo a alguien que querés.
— No, ahí es imposible. En mi caso el truco que funcionó es reírme de eso o retrucar con un chiste. Y a veces se desactiva al que te hatea. O contestar entre buena onda e irónico. Pero cuando se metieron o empezaron a bardear a mi esposa con una carga de violencia tremenda, medio que no sabés qué hacer. En un momento llegué a sacar las fotos compartidas porque terminan bardeándola porque dije una cosa de un político, por ejemplo.
— ¿Y ella eso cómo se administra?
— Es un tema porque cuando la conocí, yo todavía laburaba más en producción detrás de cámara. Capaz que algo hacía pero más marginal. Entonces ella me acompañó en todo el proceso de haber tenido más visibilidad y más repercusión. Y lo hablamos muchas veces porque hubo una serie de cosas a las que ella tuvo que acostumbrarse. No es que soy famoso ni nada, pero en un mundillo puntual, que es a lo que nos dedicamos, porque ella también es periodista, aprendimos los dos a cómo llevarnos con eso.
— Un proceso de crecimiento juntos.
— Sí.
— Si pudieses tomarte un mate con el Manu de hace 10 años atrás, ¿qué te dirías?
— Paciencia. Es lo primero que le diría. Porque a los 22 o 23 años estaba como desesperado por llegar y ni siquiera tenía claro dónde. Estaba como medio desesperado y muy ansioso, obviamente soy de una generación en donde todos lo somos un poco. Pero me preguntaba: ¿cuándo va a llegar el momento en el que...? Y no tenía tanto que ver con estar adelante de pantalla, pero sí quería laburar más para mí que para otros. Y en algún me frustré mucho y probablemente eso se trasladaba a relaciones en otros ámbitos: con amigos, parejas o en familia. Después cuando me relajé un poco más con eso, empezaron a darse las cosas. Y, de vuelta, me pude relajar porque una parte mía se ordenó mucho con ella, que era la parte vincular.
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