Hay libros que no pretenden cerrar una discusión, sino abrir un espacio en el que sea posible escucharse. “Larrabure, voces para el reencuentro”, escrito y compilado por el General de brigada (R) José Luis Figueroa, pertenece a esa clase. Reúne cuarenta y ocho testimonios en torno a la figura de mi padre, el Coronel Argentino del Valle Larrabure, quien fue secuestrado durante el ataque del ERP a la Fábrica Militar de Pólvoras y Explosivos de Villa María, el 11 de agosto de 1974, y hallado muerto el 23 de agosto de 1975, tras trescientos setenta y dos días de cautiverio.
El libro, publicado por Vertientes Editorial bajo el sello “Argentina Puede”, lleva prólogo de Monseñor Santiago Olivera, obispo castrense, e introducción y conclusiones del propio Figueroa, presidente de la Asociación Amigos del Siervo de Dios Argentino del Valle Larrabure. Fue presentado el 22 de septiembre de 2026 en el auditorio “Dr. Raúl Alfonsín” del Congreso de la Nación. Su convocatoria, sin embargo, no se agota en el acto. El subtítulo que organiza la obra —“Una invitación a escuchar”— señala el gesto que la sostiene: no imponer un relato único, sino poner en diálogo voces que, en otro tiempo, se habrían considerado irreconciliables.
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Entre esas voces están la de mi hermana, mi tía, mis primos, la mía, compañeros de estudio y de trabajo de mi padre, dirigentes y periodistas, como Julio César Saguier, Eduardo Feinmann, Eduardo Menem y Agustín Monteverde; militares; exintegrantes de organizaciones guerrilleras, entre ellos Mario Montoto y Luis Labraña; hijos y hermanos de desaparecidos; y referentes religiosos de distintas confesiones. La lista no busca la simetría política. Busca otra cosa, y en eso coinciden todos: hablar del perdón y de la necesidad de mirar hacia adelante para lograr finalmente un país grande y unido, respetando las diferencias.
Figueroa lo formuló con claridad al presentar el libro. No se trata de decidir quién tenía razón. “Lo que pasó, pasó. Hay que mirar hacia el futuro. Basta de brecha, basta de estar peleándose, basta de odio.” El argumento es simple y, por eso, exigente. Si quienes combatieron, o perdieron a un padre de uno y otro lado, piden que se deje de echar nafta al fuego, el llamado deja de ser una consigna y se vuelve un dato moral. Lo notable no es que cada testimonio cuente lo mismo. Es que, viniendo de sitios tan distintos, todos terminen en el mismo lugar: el perdón como condición para seguir, y el futuro como el único territorio en el que todavía es posible encontrarse.
El eje no es la polémica judicial ni la disputa historiográfica, aunque ambas existan. El eje son las 8 cartas y el diario personal que mi padre escribió durante el cautiverio, en ellas se leen tres mensajes que el libro toma como herencia. El primero es el perdón: pedirnos que no odiemos, que sepamos perdonar. El segundo es el límite: rechazar la libertad ofrecida a cambio de pasarse de bando. “La libertad a este precio, no.” El tercero se dirige al conjunto de la población del país, dirigentes y dirigidos: “que la sangre inútilmente derramada, nos conmueva a la reflexión, para dilucidar y determinar con claridad que somos hombres capaces de modelar nuestro destino, sin amparo de ideas y formas de vida foráneas totalmente ajenas a la formación del hombre argentino. “
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Ese tercer mensaje es el que la obra intenta prolongar. Monseñor Olivera lo dijo en el prólogo y en la presentación: el libro no es solamente una historia del pasado, sino una invitación a no quedar atrapados por las divisiones de ayer. Mi padre no aparece en el libro como bandera de un sector sino como testimonio de una fe llevada al extremo; privado de libertad durante más de un año, nos pidió que no sigamos el camino del odio, sino el del perdón. La causa de beatificación abierta ante la Santa Sede forma parte de ese recorrido, pero el libro no se reduce a ella. El verdadero perdón, se lee en uno de los testimonios recogidos, es el que nos hace mirarnos como hermanos en una patria de todos. Y la reconciliación no puede ser selectiva: o abarca a todos, o no es reconciliación.
Por eso importa el cruce de las voces. No es lo mismo que se expresen quienes nunca pagaron un costo, que lo pidan los hijos del secuestrado, un exmilitante que revisó su propia historia, el hermano de un desaparecido, la hija de una desaparecida y de un militante del ERP, un obispo, un periodista, un compañero de armas. El libro no les exige que renuncien a lo que vivieron. Les pide, y ellos aceptan, que eso no se convierta en programa de odio para las futuras generaciones. Mirar para adelante no es olvidar. Es negarse a que el pasado siga administrando el presente.
En un país donde la memoria se ha usado tantas veces como campo de batalla,” Larrabure, voces para el reencuentro” propone otra mirada: escuchar primero, juzgar después, y no convertir el dolor en patrimonio de un solo sector. Cuarenta y ocho testimonios no alcanzan para suturar una historia. Alcanzan, sí, para demostrar que el reencuentro no es una ingenuidad de quienes no sufrieron, sino una decisión de quienes sí lo hicieron y, aun así, eligen el perdón y el camino hacia adelante.
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