Agregar Infobae enGoogle

Entre la aceleración tecnológica y la revolución demográfica

La inteligencia artificial, menos nacimientos y una población longeva obligan a rediseñar educación, empleo y previsión

(Imagen Ilustrativa Infobae)

La aceleración tecnológica imprime vértigo e incertidumbre a los días que corren. La escalada de la IA produce escalofríos. Hasta hace pocos meses la preocupación era cómo relacionarnos con el chat bot sin perdernos en el intento, ahora el estado de alarma pone en consideración la supervivencia misma de la humanidad.

La advertencia de los desarrolladores de los modelos más avanzados acerca de que los agentes se les están yendo de las manos y comienzan a tomar vida propia revive las más aterradoras de las fantasías.

PUBLICIDAD

Nos dicen que, descontrolados, los algoritmos podrían irse de madre y conducir la especie a la que pertenecemos al exterminio en unos pocos años.

Del debate acerca de los “Apocalípticos o integrados” que planteó Umberto Eco en los no tan lejanos 60, a las advertencias de Alvin Toffler en “El shock del futuro” ha pasado algo más de medio siglo.

Mientras Eco nos inspiraba a preguntarnos qué tipo de sociedad, relaciones de poder y formas de pensamiento estaban produciendo las nuevas tecnologías de la comunicación, Alvin Toffler avanzaba en el razonamiento para interpelarnos con otra inquietante cuestión.

PUBLICIDAD

¿Qué ocurre cuando la velocidad del cambio tecnológico y social supera nuestra capacidad de adaptación?

En El shock del futuro, el pensador norteamericano más viral de su tiempo se preguntaba: ¿Qué pasa cuando la tecnología avanza más rápido que la flexibilidad institucional para adaptarse a ella?

Corrían los 70 y estábamos a años luz de internet, las redes sociales, el enredo de los algoritmos y la inteligencia artificial. El futuro soñado lo encarnaban “Los supersónicos” y la telefonía inalámbrica estaba solo disponible para el “Superagente 86”.

La caja de herramientas que Eco y Toffler nos legaron para pensar ese tiempo cobra vibrante actualidad, pero resulta insuficiente para enfrentar este tiempo.

Los mass media comprometían nuestra cultura, la IA, nos dicen, amenaza nuestras vidas.

Pero no solo la disrupción tecnológica alimenta los fantasmas de la extinción. La “Revolución demográfica” lleva a muchos a preguntarse cuánto queda de vida humana sobre el planeta Tierra.

A la pregunta, tan recurrente en estos días acerca de ¿por qué son cada vez más los que deciden no tener hijos?, podríamos sumar una cuestión más inquietante aún: ¿por qué razón deberíamos seguir trayendo más gente a este mundo?

“El Gran Desajuste” fue el driver del Forum The Shift que este martes convocó a speakers nacionales e internacionales en Buenos Aires.

El tema central del encuentro fue pensar en común cómo enfrentar el momento de transformaciones sin precedentes antes que nos arrastre el tsunami.

La caída de la natalidad, aquí y en el mundo, el aumento de la expectativa de vida sumado a la aceleración exponencial de la IA, obligan a pensar estrategias urgentes para hacer pie en una realidad que nadie se atreve a predecir, pero que ya se hace sentir entre nosotros.

“La demografía siempre gana” es la verdad incontrastable sobre la que Rafael Rofman y Carola della Paolera proponen pensar lo que se viene.

Nacen menos chicos, la gente vive más años. El impacto en la vida y organización de nuestras sociedades es inevitable. Para los autores de “La Revolución Demográfica”, lejos de una mirada catastrófica, el desajuste supone una gran oportunidad. El libro aporta una mirada optimista, informada y profundamente humana.

Los datos duros permiten adelantarse a algunos escenarios. La tasa de natalidad en Argentina es de 1,22 hijos por mujer, muy por debajo de la tasa de reposición que está fijada a nivel planetario en 2,1.

La cantidad de nacimientos bajó en nuestro país un 50% en la última década. Un dato revelador, que admite una lectura positiva, es que el descenso fue cercano al 70% entre las mujeres menores y adolescentes.

La tasa global de fecundidad en CABA se desplomó: 0,99 hijos por mujer. El país en su conjunto pasó de 770.040 nacimientos en 2015 a 413.135 en 2024.

Los números dan cuenta de un mundo en el que la gente vive más, decide distinto y está obligada a aprender cómo prepararse para una nueva etapa. El desafío cuenta para los individuos y las organizaciones.

El dato es tan duro como contundente: el 57% de los hogares argentinos hoy no tiene menores de 18 años, lo que revierte por completo la composición familiar típica de los años 90. Esta sola cifra explica lo que la crónica diaria nos está mostrando. Maternidades, jardines de infantes y colegios están cerrando.

Según Argentinos por la Educación, si la tendencia continúa, hacia 2030 la matrícula del nivel primario podría reducirse un 27%, equivalente a 1,2 millones de alumnos menos en todo el país. El fenómeno arranca en los jardines y va escalando hacia primaria y secundaria.

Los que tienen la capacidad de mirar el mundo en prospectiva lo advierten. El tiempo apremia. La ventana de oportunidad está abierta, pero el bono demográfico tiene fecha de vencimiento.

El bono es la fase de la transición en la que hay más población en edad de producir y trabajar en comparación con aquellos que son económicamente dependientes. No es un beneficio automático, es un activo que se terminará cerrando cuando los que hoy están entre los 18 y los 64 envejezcan.

Hoy estamos en un punto de equilibrio, pero los analistas aseguran que inexorablemente a partir de 2034 el bono del que hoy disponemos empezará a perder valor.

Lejos de la visión apocalíptica de la cual Elon Musk lleva la delantera al asegurar que “el colapso de la natalidad es, con diferencia, el mayor peligro al que se enfrenta la civilización”, por encima, incluso, del cambio climático, mucho más lejos aún de la interpretación ideologizada de Martín Varsavsky para quien el gen destructor de la civilización es el “wokismo”, Rofman propone pensar los cambios demográficos como un desafío.

Argentina está en la fase favorable de la transición, pero el margen es limitado y no se está usando a fondo —la informalidad laboral, la baja inversión en primera infancia y las lagunas del sistema previsional aparecen como los puntos más señalados de “oportunidad desperdiciada” antes de que la ventana se cierre.

En la Argentina desesperada y desesperante de estos días, en los que los apremios electorales fatigan a la dirigencia obturando una mirada hacia el mediano plazo, nadie parece estar pensando en estos temas.

Es urgente optimizar los recursos para la educación. Los entendidos recomiendan concentrar los esfuerzos en elevar el nivel de educación de los chicos que están naciendo para hacerlos más productivos y competitivos para el mundo que se viene.

Ninguna jurisdicción argentina quedará fuera de la lógica de caída de alumnos, y sus efectos se miden en indicadores de todo el sistema: alumnos por docente (bajaría de 16 a 12 a nivel nacional), secciones a reorganizar (más de 50.000) y cargos docentes a reasignar (más de 71.000), tanto en escuelas de gestión estatal como privada.

Es ahora o nunca. La economía de los países ya no se mide por la mano de obra empleable, sino por las capacidades que se ponen en juego. No se trata de más recursos, sino de la reorganización y el cuidado de los existentes.

Desatendiendo todas las alertas, el proyecto de presupuesto que el Ejecutivo giró esta semana al Senado incluye un artículo que desengancha de una actualización automática la AUH y otras prestaciones por discapacidad y retacea fondos para las universidades. Estamos perdiendo un tiempo precioso.

El cruce de la llegada de la IA con la baja de la tasa de fecundidad le restará presión al mercado de trabajo. Se necesitará menos gente, pero mucho más formada, con capacidades blandas y extrema flexibilidad para adaptarse a lo que viene.

El acceso a la anticoncepción de última generación permite a las mujeres diseñar su proyecto de vida en un marco de libertad personal. Eso reportará féminas más empoderadas y preparadas para una demanda de profesionales de élite.

Las monsergas conservadoras que estigmatizan las cuestiones de género desconocen un patrón muy documentado en economía desde los años 60: existe una relación negativa entre el ingreso per cápita de un país y su tasa de fecundidad, lo que se conoce como la paradoja demográfica-económica. Cuanto más rico y desarrollado es un país, menos hijos por mujer tiene, en promedio. Está claro que la cultura pesa más que la economía.

La baja natalidad no es solo consecuencia de restricciones materiales, sino una decisión consciente y cultural. No estamos hablando de lo bueno y lo malo. Estamos frente a lo inevitable.

El impacto más duro de la transición demográfica es el relacionado con el sistema previsional. Pensar el futuro inmediato de quienes entran en la edad del retiro es urgente, especialmente en nuestro país, donde cae de manera persistente el ingreso registrado y crece la informalidad y el cuentapropismo. Importa saber quién está desde los poderes públicos diseñando la salida.

La convergencia entre la aceleración de la IA y la brusca caída de la natalidad nos obliga a repensarnos en un escenario íntimo y global disruptivo.

La articulación de la inteligencia artificial con la inteligencia humana es el desafío de la hora.

Se impone migrar de la inteligencia cristalizada a la inteligencia fluida, esa que nos permite razonar y resolver problemas nuevos sin depender de conocimientos o experiencias previas, detectar patrones, establecer relaciones lógicas, pensar de forma abstracta y adaptarse a situaciones desconocidas.

Siempre esperando que los agentes de la IA no adquieran la suficiente autonomía como para devorarse también nuestra inteligencia emocional.

PUBLICIDAD