Después de casi cuatro décadas, un Papa volverá a pisar suelo argentino. Ya habrá tiempo para hablar del recorrido, de las reuniones con las autoridades o de los detalles de la organización. Pero antes de preguntarnos dónde estará León XIV, quizás convenga hacernos una pregunta más sencilla: ¿estamos preparados para recibirlo?
En el lenguaje cotidiano recibir parece una acción pasiva. Alguien llega y nosotros simplemente abrimos una puerta. Sin embargo, en la tradición cristiana la palabra tiene una profundidad mucho mayor.
Cuando dos personas celebran el sacramento del matrimonio no dicen “te acepto”. Dicen: “Yo te recibo a ti”. Recibir significa hacer lugar. Significa abrir espacio para que otro pueda entrar en la propia vida. Y eso exige una preparación.
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Si esperamos una visita en casa, ordenamos una habitación, si va a quedarse a dormir; si viene a comer, pensamos qué vamos a compartir para comer. Pero hay otra preparación todavía más importante: disponer el corazón. Estar dispuestos a escuchar, a dejarnos interpelar, incluso a cambiar algo después del encuentro.
Quizás ese sea el verdadero desafío de estos meses que faltan hasta noviembre.
Mucho se habla sobre si el Papa se reunirá con el presidente Javier Milei. Seguramente lo hará. Es lo habitual cuando un jefe de Estado visita otro país. Habrá una ceremonia oficial, discursos protocolares y reuniones institucionales. Pero reducir la visita a ese momento sería perder de vista lo esencial.
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León XIV no viene principalmente como jefe de Estado. Viene como pastor. El centro de su visita no será la Casa Rosada sino el pueblo argentino, ese pueblo es mucho más amplio que cualquier gobierno o partido político. Está formado por personas que piensan distinto, que votan distinto, que incluso viven la fe de maneras diferentes. La Iglesia siempre fue una comunidad diversa y justamente por eso ningún sector puede apropiarse de la visita del Papa como si fuera un triunfo propio. Sería una pena convertir un acontecimiento espiritual en una discusión política. También quienes no profesan la fe católica pueden reconocer la importancia de esta visita. La llegada de un Papa siempre constituye un hecho histórico y cultural para un país. Representa una oportunidad para detenernos, escucharnos y preguntarnos qué sociedad queremos construir.
Durante años los argentinos convivimos con la frustración de que el papa Francisco nunca pudiera regresar a su tierra. Más allá de las razones, ese viaje quedó pendiente. León XIV, en cambio, eligió incluir a la Argentina y al Uruguay en su primera visita pastoral a Sudamérica, junto con el Perú, país donde desarrolló buena parte de su ministerio como misionero y obispo.
Podría haber elegido otros destinos marcados por conflictos o catástrofes, como Venezuela. Sin embargo, decidió mirar hacia ambas orillas del Río de la Plata.
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Tal vez esa elección sea una invitación: a volver a encontrarnos, a bajar el volumen de los gritos, a escuchar antes de responder y a descubrir que recibir no consiste solamente en organizar un acto multitudinario, sino en dejar que una palabra encuentre un lugar donde quedarse.
Ojalá que cuando León XIV llegue a la Argentina encuentre templos preparados, plazas llenas y una organización impecable. Pero, sobre todo, ojalá encuentre hombres y mujeres con el corazón dispuesto a recibirlo, a encontrarse y a escuchar.
Porque las visitas importantes no cambian un país por el simple hecho de ocurrir. Cambian cuando quienes reciben también están dispuestos a dejarse transformar y se enriquecen con la novedad del evangelio.
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