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La ruleta rusa de la fragmentación

El toqueteo de las reglas electorales tiene impacto en la oposición, pero también puede alterar al oficialismo

Javier Milei y Axel Kicillof

Javier Milei y Axel Kicillof libran dos campañas en simultáneo.

Mientras Milei delega en la brigada karinista la estrategia con la que busca ser reelecto, emprende en primera persona el diseño de un liderazgo regional de la nueva derecha global, tributario de los sueños trumpistas.

Apenas horas antes de la cadena nacional en la que se presentó la Reforma del Banco Central, Milei firma el DNU que calza a presión en el asunto de la “campaña antiargentina”.

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El Presidente libertario acicatea el nacionalismo prohibiendo el ingreso de los que promuevan sentimientos de odio contra el país. Una disposición tan vasta como imprecisa que permitirá filtrar el ingreso de extranjeros quién sabe con qué criterio y discrecionalidad.

Mucho ruido y pocas nueces para recuperar espacio en la conversación pública tras el saludable impasse que impuso el Mundial.

El espíritu del flamante DNU contradice el más elemental sentido común. Un gobierno que pregona la libertad individual a ultranza reprime la libertad de expresión que corre en redes y plataformas digitales. Contradice su propio sesgo ideológico.

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Cuesta compatibilizar la urgencia de cerrar el paso a eventuales “odiadores” foráneos cuando se bajan con reiteración mensajes xenófobos, homofóbicos y discriminatorios desde el corazón mismo del poder y las más connotadas cuentas del oficialismo.

La decisión de impedir el ingreso y eventualmente expulsar a los que manifiesten consignas antiargentinas puede que tienda a catalizar los sentimientos remanentes de identidad nac and pop que dejó el Mundial, pero viaja en paralelo con un brutal revival de la versión más agresiva del discurso mileísta.

Tras la final mundialista, Milei salió con los tapones de punta a retomar agenda echando mano a sus peores modales discursivos.

Javier Milei y Flavio Bolsonaro

En el mismo predio de La Rural donde fue acogido con las mejores vibras por la gente del campo, el libertario no se privó de escrachar en vivo y en directo a Ignacio de Mendiguren, a quien expuso sin reparos ante el público que circulaba por el lugar acusándolo de ladrón a viva voz. De Mendiguren, más allá de sus responsabilidades políticas, venía de recibir una premiación por la presentación de un caballo Cuarto de Milla de su Estancia San Rafael. Del evento participó el Embajador de EEUU en la Argentina, Peter Lamelas.

El mismo Jefe de Estado que clausura las fronteras a los haters anti argento interviene en procesos políticos de otros países con una intensidad poco habitual para un presidente argentino.

La andanada de insultos y humillaciones que Milei le propinó a Lula —a quien también calificó como ladrón, delincuente y basura socialista— y la categorización como “basura calva” con la que se refirió al juez Alexandre de Moraes, desataron un conflicto diplomático con escasos precedentes entre nuestro país y uno de los principales socios comerciales de la Argentina.

Milei está intentando construir dos legitimidades de manera simultánea y lo hace escalando con audacia en sus peores modos. Cabe preguntarse si las estrategias que despliega para afianzar esas identidades se retroalimentan o entran en contrapunto. Cuanto más se presenta como actor de una batalla ideológica regional, más expone a Argentina a tensiones diplomáticas evitables.

En sus incursiones regionales, Milei construye otra lógica para la política exterior. Sus alianzas no son con Estados, sino con proyectos ideológicos. No se relaciona con gobiernos sino con dirigentes, oficialistas u opositores. Construye una diplomacia de afinidades ideológicas más que de equilibrios estatales.

La presentación en sociedad de la reforma al BCRA también dispuso de una puesta “sanguinaria”, así se la categorizó desde el oficialismo.

Con el concepto de “casta” desgastado, esta vez Milei recurrió a la expresión “alta política”, a la que acusó de “voracidad y pasión por robar”.

Al anunciar el “grillete fiscal”, versión criolla del shutdown, el león libertario la emprendió contra los legisladores en particular y todo el Congreso en general.

La plataforma interna que le permitirá a LLA avanzar hacia la reelección presidencial demanda, por el contrario, un Milei capaz de garantizar compromisos, de avalar acuerdos y consensos. Un Milei previsible.

Más allá de las buenas intenciones y recomendaciones, el libertario necesita mantener un nivel muy alto de intensidad porque su construcción política se apoya en la existencia permanente del conflicto y el enfrentamiento.

¿Puede un presidente librar al mismo tiempo una campaña para gobernar Argentina y otra para liderar la derecha continental sin que ambas estrategias friccionen entre sí?

El clima mundialista impuso una tregua, un clima emocional dominado por la narrativa de la Selección basada en la cooperación, el liderazgo sereno y el trabajo en equipo. Un espacio de convivencia que escapó a la polarización, que disolvió diferencias y permitió disfrutar de una experiencia compartida.

No está claro si el regreso a la crispación impostada esta vez funcionará. No es una cuestión ideológica sino de fatiga emocional.

El descenso post mundial a la cruda realidad fue como un aterrizaje de emergencia, brusco y traumático. Sumar nuevos frentes de batalla no ayuda. Son otras las preocupaciones y emergencias que abruman al votante de a pie.

Axel Kicillof

Quien también se ha puesto al hombro dos campañas es Axel Kicillof. El gobernador bonaerense la tiene bien difícil. Para poder construir su candidatura nacional debe antes resolver su situación en la interna del kirchnerismo.

Solo posicionándose en el liderazgo del peronismo, Kicillof logrará legitimidad para postularse. Una encerrona que lo tiene maniatado. Para ganar la interna necesita consolidarse en la Provincia sin romper del todo con el kirchnerismo, a la vez que para ser un candidato atractivo a nivel nacional necesita despegarse de Cristina Fernández de Kirchner y La Cámpora.

El gobierno apuesta a eliminar las PASO. Esto impediría a la oposición ordenarse. Si la oposición llega muy dividida y Milei mantiene un piso cercano al 40%, la fragmentación podría beneficiarlo, pero es al mismo tiempo un arma de doble filo.

Si en un escenario de dispersión aparece una alternativa de derecha, las posibilidades del libertario de ganar en primera vuelta se alejan. En un balotaje, las chances mileístas de un segundo mandato son altamente improbables.

El toqueteo de las reglas electorales tiene impacto en la oposición, pero también puede alterar al oficialismo. Apostar a la fragmentación es jugar a la ruleta rusa.