Hoy en día ya no podemos decir que los niños viven en un mundo paradisíaco o ideal, libre de conflictos, o que no experimentan angustias y frustraciones que los atormentan.
Por el contrario, transitan la infancia invadidos por sus propias emociones y pensamientos que no siempre logran ordenar y expuestos a la influencia que el entorno ejerce sobre ellos (padres, familiares, escuela, medios de comunicación, etc.).
Junto al crecimiento, van desarrollando su carácter, su modo de sentir, su personalidad y, al mismo tiempo, suelen manifestar trastornos y enfermedades.
Desde la teoría psicoanalítica comprendemos que los trastornos o enfermedades son un modo de comunicación, tienen un sentido y un significado que en la vida cotidiana no siempre puede ser reconocido. Por eso, es relevante admitir que el padecer de un niño - sea psíquico o físico - no es una falla o defecto para eliminar, sino que es una expresión afectiva que “pide” ser oída.
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Las identificaciones que van logrando durante su evolución, dependen en gran medida de los hábitos y de las enseñanzas recibidas. Tienen la capacidad de identificarse con rasgos y conflictos familiares que, a su vez, forman parte de las identificaciones que han realizado sus propios padres.
Es en el apego a los progenitores y en el anhelo de ser valorados y queridos, en donde se consolidan sentimientos que los acompañarán a lo largo de la vida. Observamos muchas veces que en el mundo adulto, las motivaciones y actitudes se entraman con la vida infantil.
La historia del psicoanálisis dejó un legado teórico que sentó la convicción de que es posible comprender las emociones conscientes e inconscientes de la infancia y dejó además una teoría de la técnica que permite afirmar que es posible acompañar psicoanalíticamente a los niños desde muy temprana edad.
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El juego y el dibujo ocupan en la tarea analítica un lugar privilegiado para expresarse, son un equivalente de la palabra hablada y a través de ellos “cuentan” su historia, transmiten sucesos de la vida cotidiana que les resultan traumáticos, fantasías, miedos, enojos y deseos que pueden ser interpretados.
A lo largo de la práctica clínica, es posible observar que el paciente tiene la capacidad de revelar su visión acerca de sí mismo, de su entorno y transmitir la curiosidad que tiene por saber qué le pasa, por qué se enferma?
Que un niño, a través de una intervención terapéutica pueda ampliar su conocimiento, hacer conscientes sus conflictos y relacionar los motivos por los cuales sufre o se enferma, constituye una nueva impronta, un modelo diferente para su proceso madurativo. Aprende a darse cuenta, aunque sea muy pequeño, de su participación anímica en aquello que le sucede.
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Habitualmente se subestima el padecer en la niñez, argumentando, por ejemplo, que las dificultades desaparecerán con el tiempo o que son demasiado pequeños para tomar las cosas “en serio”. Sin embargo, es necesario reconocer que sus trastornos son en sí mismos una demanda y constituyen una búsqueda de alivio.
La experiencia clínica muestra que el tratamiento psicoanalítico - como un diálogo profundo con el niño y su complejo mundo interno - aporta al proceso evolutivo en la infancia.