La cuna china de la porcelana: de fuente de patrimonio milenario a 'escuela' de artistas

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Jingdezhen (China), 2 oct (EFE).- Mucho antes de llegar a las mesas de nobles o cruzar los océanos en manos de mercaderes, la porcelana china nacía primero en Jingdezhen, una ciudad del este de China donde los hornos aún no se han apagado, continuando una tradición de más de 1.000 años de historia.

En las montañas que rodean esta urbe -pequeña para los estándares chinos, pero con más de un millón y medio de habitantes- está el yacimiento que dio nombre al caolín: la arcilla que, sumada a la piedra de porcelana, permitió perfeccionar la técnica y convertir un pueblo alfarero en capital industrial de este material.

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Sus calles, declaradas en julio de este año Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, todavía guardan talleres donde el oficio pasa de generación en generación y que conviven con otros espacios, de aire industrial, dedicados a la creación contemporánea.

De sus hornos salía tanto la porcelana que sería transportada como un valioso regalo de Estado hasta mercancía que zarpaba a través de la ruta marítima de la seda o de la española del galeón de Manila, para llegar a Europa o América.

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Desde mediados de la dinastía Ming (siglo XV), la ciudad exportó en grandes cantidades la porcelana blanca y azul -típica de la ciudad-, pero también iba adquiriendo motivos de sus destinos finales, como inscripciones en árabe o escudos nobiliarios europeos.

La circulación mundial de estas piezas, uno de los símbolos más tempranos del 'Made in China', es fácilmente trazable gracias a la arqueología: el presidente del Instituto del Horno Imperial de Jingdezhen, Weng Yanjun, presentó en una visita a medios cómo algunas piezas fueron encontradas en Emiratos Árabes Unidos, Kenia o en las costas de Baja California.

"La porcelana fue realmente algo muy importante en el mundo antiguo para conectar diferentes culturas y países, e incluso diferentes formas artísticas”, enfatiza Weng, quien destaca la capacidad de las decoraciones pictóricas para transportar las historias de Oriente.

Su finura no tenía equivalente en una Europa que, por otra parte, no sabía como fabricarla, por lo que se convirtió en una moda que acabó representada por los artistas de la época y aparece en forma de los cuencos que sostienen las ninfas de 'El Festín de los Dioses' de Bellini (1514).

 

No tan lejos de las colinas que originaron este material, en 2016 nació Taoxichuan, el distrito creativo que reutiliza las naves, chimeneas y hornos industriales que una vez pertenecieron a la estatal Fábrica de Porcelana Yuzhou.

Por sus rincones se mezclan el dialecto local y de otras provincias chinas con el inglés, francés o español: todos atraídos por aprender en la "capital mundial de la porcelana".

Sun Lixin, artesano de Jingdezhen de cuarta generación, sigue formando aprendices de forma gratuita, tal y como le enseñó su padre, entre ellos jóvenes llegados de otras provincias del país, de India o Australia. Algunos, bromea, ya le han superado "en riqueza e influencia".

Los artistas internacionales encuentran aquí una cadena productiva completa -esmaltes, hornos o técnicas como la cocción con leña- y personal especializado que les permite materializar su visión creativa con más medios de los que tendrían en origen.

Unos acaban quedándose y abriendo su propio estudio; otros solo pasan por la ciudad como una etapa de aprendizaje.

La chilena Antonia Garrao, en plena residencia artística, percibe la urbe como espacio de intercambio con artistas de China y del mundo, y aprecia algunas características únicas del lugar, como la "importancia" que daban las dinastías chinas al diseño.

La joven santiaguina también valora poder "ver toda la historia de la cerámica desde un inicio” y el impulso que, a su juicio, el Gobierno otorga a los artistas y espacios culturales.

La ciudad afronta una nueva etapa con la declaración de la UNESCO, que reconoce el sistema completo de producción artesanal que se desarrolló durante más de un milenio, con sus hornos, yacimientos y talleres, y que hoy sigue vivo gracias a un oficio transmitido de generación en generación.

"Todos saben que este honor marca para Jingdezhen un nuevo punto de partida", indicó Sun, que opina que no habrá problema para que esta tradición se prolongue mil años más, mientras la gente siga fiel a su oficio.

Irene Morante