Hay acciones que además de colaborar con el ambiente nos ayudan a nosotros mismos, a nuestra salud y al bienestar de la ciudad en la que vivimos. Viajar en bicicleta es una de ellas.

Por un lado la propia producción de una bicicleta demanda de una escasa cantidad de energía y por ende deja una huella de carbono muy pequeña en comparación con la construcción de cualquier otro medio de transporte.

Igualmente, la construcción de los carriles para bicicletas, hoy presentes en muchas ciudades de la Argentina, insume poco espacio y material.

Sumado a todo lo anterior, si un número significativo de personas cambiara su medio de transporte contaminante por una bicicleta -que tiene cero emisiones de carbono- se estaría facilitando la posibilidad de reducir esa contaminación, con lo cual se mejoraría notablemente la calidad del aire en las ciudades.

Asimismo, una ciudad con más bicicletas es una ciudad con menos ruido. La contaminación acústica -muy seria en las grandes ciudades del país- no solo es molesta sino que daña gravemente la salud y provoca un incremento notable del estrés.

Por eso, si una gran ciudad tiene bicisendas, andar en bici es una gran alternativa. Y si no las tiene está bueno que sus habitantes promuevan que el municipio las instale.

Andar en dos ruedas y sin motor es mejor para todos.

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