Megaminería en la Patagonia: la cultura, la historia y el medio ambiente resistieron a la voracidad de los buscadores de oro

Pareciera ser que donde hay potencial de extracción de oro -es decir minería suntuaria sin demasiado valor para la humanidad- a la naturaleza solo le queda refugiarse en un parque nacional.

Donde hay población (y por ende posibles puebladas como en la riojana Famatina) a la minería a cielo abierto le cuesta un poco más hacer pie. No logra obtener licencia social incluso prometiendo espejitos de colores.

Pero en la árida y despoblada Patagonia austral en Santa Cruz, cierta falta de resistencia social había abierto la puerta para que la voracidad minera alcanzara la alambrada de un área protegida y golpeara, incluso, a las puertas de un tesoro arqueológico.

En Santa Cruz, la cultura, la historia y el medio ambiente resistieron a la voracidad de los buscadores de oro
En Santa Cruz, la cultura, la historia y el medio ambiente resistieron a la voracidad de los buscadores de oro

En efecto, el cañadón del Río Pinturas y la Cueva de las Manos estuvieron en peligro cierto de ser contaminados o destruidos. Hace unos años el Ministerio de Energía y Minería había otorgado un permiso de exploración a la británica Patagonia Gold en terrenos próximos a la Cueva de las Manos, cuyas pinturas rupestres, que datan de 7350 años antes de Cristo, constituyen la más antigua expresión de los pueblos sudamericanos de la que se tenga conocimiento.

Cuando se instalan las mineras a cielo abierto, sólo se llevan la riqueza del país para dejar contaminación y grandes pozos en las áreas trabajadas

Cuando trascendió aquella noticia distintas organizaciones defensoras del medio ambiente protestaron por la medida. El área que se le cedía a la minera era propiedad de la Fundación Flora y Fauna y estaban destinados a la ampliación del Parque Nacional Patagonia.

La minería a cielo abierto deja contaminación y el terreno con profundos pozos
La minería a cielo abierto deja contaminación y el terreno con profundos pozos

Estaba claro que no podía desarrollarse minería ni ningún otro tipo de actividad extractivista dentro de un área protegida. El problema que se planteaba era ¿cuán cerca de un área protegida podía estar un emprendimiento de estas características?. ¿Era posible que a pocos kilómetros de un patrimonio mundial de la humanidad y de un conjunto de lagos color turquesa alguien estuviese pensando en hacer desaparecer montañas, llenarlas de cianuro y convertirlas en un gigantesco hueco en la tierra?. Claro que sí. Los inversores lo veían factible y aceptable.

Ya se sabe que cuando la minería a cielo abierto se instala -a diferencia de un polo de desarrollo turístico sustentable- comienza a llevarse bien lejos la riqueza y cuando abandona el territorio solo deja contaminación y pozos.

Para no hacer extensa esta historia, digamos que finalmente la historia terminó bien. Aquella estancia Los Toldos en cuyo predio se encuentra la Cueva de las Manos, adquirida a fines de 2015 por la Fundación Flora y Fauna pudo pasar a manos del Estado hace pocos meses. Ese predio hoy ya forma parte del sistema de áreas protegidas. Las idas y vueltas políticas y el desgaste jurídico y emocional valieron la pena.

Hoy, la zona del cañadón del río Pinturas y la Cueva de las Manos -que había sido cedido a la británica Patagonia Gold- volvió a manos del Estado y forma parte de un área natural protegida

Pero el desgaste fue innecesario. Nunca debió haber sucedido. Jamás la avaricia y el afán de lucro debió haber puesto en riesgo el cañadón del río Pinturas y la Cueva de las Manos.

Hoy, que todo ha pasado, hay algo que se puede ver con mayor claridad: el debate que terminó no es sobre la megaminería.

Era sobre la ética en el capitalismo y los límites de la codicia.

La Cueva de las Manos hoy está dentro de un área protegida
La Cueva de las Manos hoy está dentro de un área protegida

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