Los cuentos de Facundo Arana: “El pulgar de Daniela”

En esta nueva entrega de sus relatos, el actor nos comparte una historia que nos demuestra que, a veces, la ayuda viene cuando menos la esperamos pero más la necesitamos, y de quien no conocemos

Facundo Arana (Foto: Mario Sar)
Facundo Arana (Foto: Mario Sar)

Solo pensar en la palabra provoca justo eso con el correr de los minutos... Primero toma la razón, y el ánimo. Luego la templanza. Enseguida la tranquilidad. Y entonces va por la fuerza, y después por el sentido común. Y entonces toma la esperanza. Y quiere pulverizarla...

Daniela entró en el consultorio del doctor con la esperanza inflada como el globo más grande posible. Inflada por ella misma con mucho esmero, contagiada por cada uno de todos sus seres queridos que no se quedaron afuera y trabajaron mucho para inflar ese globo hermoso. Del color de amor verdadero. Color vida. Color fuerza, ganas. La esperanza hay que tenerla con toda el alma, que también tiene color...

Daniela viene de un diagnóstico de cáncer de mama que batalló con toda su alma y profundo convencimiento durante un año entero. Un año en tratamiento es duro, más por todas las preguntas que parecen tener respuestas horribles y son partidos que sieeeempre hay que ganar y que agotan a cualquiera. Y hay que decirlo: fue la paciente más aplicada que puedan pensar que existe.

Se enteró de todo un día, mientras se bañaba. Quien haya pasado por algo así lo sabe muy bien. Se tocó un bultito en su mama derecha. Hacía mucho había aprendido que la mejor forma de medicina es la prevención. Así que cada vez que se bañaba, recorría su cuerpo a conciencia. Incluso se sintió ese suave gusto a orgullo cuando descubrió ese bultito. “Bola de grasa”, pensó rápidamente, y le restó importancia.

A la mañana siguiente tenía un vuelo a San Martín de los Andes para participar de un congreso. Camilo, su novio, quedaría en Buenos Aires con el pequeño Lucas.

Había decidido que todo el tema de la consulta médica podía esperar una semana y se prometió que a la vuelta iría a ver al médico. Más aún, llamó al sanatorio para sacar turno con tiempo y, por falta de conocimiento, terminó en el conmutador hablando con la operadora. “Me descubrí un bultito en la mama derecha mientras me bañaba. Quiero sacar un turno para la otra semana, porque mañana viajo...”.

Hubo unos segundos de silencio del otro lado.

—¿A qué hora sale su vuelo mañana?

Daniela se sintió algo invadida por la pregunta.

—A la mañana...

—¿Puede venir ahora mismo al sanatorio, por guardia?—, le dice la operadora

—¿Por el bultito?

—Sí.

Todo le resultó tan extraño a Daniela... Con mucha pereza organizó el problemóóóón que implica la organización de todo a último momento. Dejó al pequeño con su papá (que por supuesto la quería acompañar) y solita fue a la guardia del sanatorio, ¡incluso ya medio tarde!

En la guardia... bueno, ya deben conocer cómo es: numerito, si no es urgencia te sentás y esperás que te llamen; a los 15 minutos sonó el ruido hilarante, “¡Dindúuun...!”, y la pantalla visualizó “42”. Daniela se acercó a la ventanilla. Del otro lado, una chica le dio la bienvenida y le preguntó en qué la podía ayudar.

—Me salió un bulto en la teta derecha, lo toqué cuando me bañaba...

—Ah, ¿llamaste hace un ratito?”

Daniela asintió.

—Hablaste conmigo. Sentate que ya te llaman.

Daniela obedece, pero por dentro no entiende nada... Piensa que está perdiendo el rato que había previsto para estar con su familia antes de ir al congreso en la guardia del sanatorio, siguiendo el consejo de blablablabla.... En fin.

El médico le dijo que Eso es lo que le salvó la vida.

En la guardia la vio el médico. Y luego hemograma, y análisis y punción, resultado, la novedad y mil trámites a toda velocidad, y un cambio de vida radical... Como si en ese momento mismo en que le dieron el diagnóstico se hubiera detenido el mundo tal como lo conocía. Como si todo se hubiese puesto en pausa. Una pausa en la que, si bien el tiempo parece detenerse, entran en tu existencia un montón de nuevos jugadores de los que parece que va a depender tu vida.

Nuevas enfermeras y enfermeros, especialistas. Una hematóloga. Olores, nombres de drogas. Que si hay ese medicamento, que si no hay, ¡que si están en falta! Todo nuevo.

A la bendición del heroísmo y reflejos de aquella telefonista que tiene nombre y apellido, se le suma la fuerza y el amor de su compañero, el profesionalismo y la eficacia de su médica.

Pero volvamos a Daniela. Por supuesto, prefirió no ir al congreso en San Martín de los Andes. Y un día, al comenzar el tratamiento en el sanatorio, quiso pasar por admisión, a ver si encontraba a aquella telefonista que la había traído a la tierra...

Ahí estaba. En medio de una llamada. Pero la vio... Le hizo la seña de “Dame un minuto”, y al terminar dejó su escritorio y se acercó a saludarla.

—No sé cómo agradecerte...

—¡Menos mal que viniste!—, le responde la joven, genuinamente contenta.

Aparecen tantas preguntas en Daniela.

—¿Cómo se te ocurrió pedirme que viniera?

—Me dijiste lo del bulto en la teta, y acá atendemos un montón de bultos en la teta...

—Hubiera jurado que era una bolita de grasa...—, le dice Daniela.

—Yo recé para que fuera eso... Mirá, a partir de ahora cambiá la ecuación...—, le responde la joven.

Daniela no entiende la ecuación.

—A partir de ahora no comés; te alimentás. No tomás líquido; te hidratás. No dormís; descansás.

Parece inaudito, pero no es lo mismo una cosa que otra. Ni hacer la misma cosa con una conciencia que con otra.

Daniela la mira incrédula..

—Y cuando llegue el momento, te vas a dar cuenta... Vos mirate de nuevo a los ojos y decí: “Voy a salir adelante”. Un día a la vez. “Voy a tener esperanza”. No se debe perder la esperanza.

Como les conté, pasó un año entero de quimioterapia, radioterapia, punciones, mil millones de preguntas precisas, mil millones de respuestas que nunca terminan de ser específicas.

“¿Pero voy a salir? ¿Voy a poder? ¿El pelo se va a caer? ¿Lo de la gorra de frío es verdad? ¿Voy a poder quedar embarazada? ¿Quién va a cuidar a mi chiquito si yo me muero? ¿Me voy a morir? Y si hago todo lo que me dicen y le pongo todo... pero todo de mí... ¿voy a vivir?”.

Y el espejo.

Por la mañana y por la noche.

Como si las cejas y las pestañas fueran un disfraz hermoso, en su ausencia aparecen preguntas terribles que la agarran en soledad. Y sin piedad. Daniela no puede saberlo, pero es en ese segundo que la enfermedad está en el punto justo dentro de su cuerpo buscando doblegarla, es ese momento en que el partido está a punto de definirse...

Daniela está frente al espejo. Es de noche. Se mira largamente a los ojos. En lo más profundo de su alma sabe que este momento es aquel... El tiempo, claro, se detiene.

Daniela se mira al espejo. Y una a una las palabras de esa joven vienen a su cabeza. Y Daniela no saca la vista de sus ojos en el espejo. " Voy a salir adelante... Un día a la vez... Voy a tener esperanza... La esperanza... no se debe perder...”.

Cada persona que ha transitado esos caminos en su cuerpo, o en el cuerpo de seres amados, sabe de la importancia de esta clase de certezas en el alma. Y quién las puede lograr...

Como cuando te encanta el fútbol y le pegaste mil veces a la pelota, y un día pasa eso y le pegás y hace la comba perfecta y se clava en el ángulo imposible. O el hoyo en uno en el golf. La ola perfecta en el surf. El beso soñado cuando encontraste a tu amor.

Daniela sonrió imperceptiblemente. Y se quedó contemplando su mirada al espejo.

Eso fue unos meses atrás...

Ahora está frente al médico. Le dio miedo preguntar por adelantado. Se convierte en algo como tabú, no tiene ganas de preguntar. No quiere tener que enterarse de algo feo, ¡¡y ya pasaron tantas cosas!!

Su compañero está junto a ella. Él no preguntó por prudencia y por terror. El pequeño Lucas está con ellos, dormido en sus brazos.

El doctor la mira directo a los ojos. No quiere dejar pasar ni un minuto de esta parte de la vida cuando todo parece convertirse en un estúpido reality show.

—Te la hago recontracorta para que ahorremos locura.... Tengo acá todos los resultados análisis que pedimos y mandaron por mail el resultado del último, el de ayer...—, y sin más, le da la noticia.

La telefonista se llama Julieta. Ve salir a Daniela y su familia del consultorio. Daniela la mira largamente. La señala. Y pone su pulgar en alto.

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