“Un canje me salvó la vida”, dice Costa, mientras se aferra a un “adminículo con un rociador para pasarle al piso” que le regalaron a cambio de un agradecimiento en sus redes sociales. La humorista detesta hacer las tareas de la casa pero ahora, como a todos los argentinos y otra gran parte del mundo, durante el aislamiento social preventivo y obligatorio no le queda otra opción.

La cuarentena le tocó en uno de los mejores momentos de su carrera. Ya afianzada en los medios y con un lugar ganado en el corazón del público, entiende que “en lo particular, quejarse sería obsceno”. No obstante, está preocupada por su círculo más cercano: “Casi todos mis amigos se dedican al mundo del espectáculo y tengo cerca de 30 allegados sin trabajo”.

La panelista de Cortá por Lozano sabe de lo que habla: recién llegada de Córdoba, a los 17 años, tuvo que hacer duro un recorrido que incluyó dormir en vagones y comer en la calle, hasta por fin encontrar no solo su vocación artística sino también amigarse con su propia identidad.

—Seguís con la radio y la televisión. ¿Lo hacés desde tu casa o salís a trabajar?

—En El club del Moro nos vamos turnando para que el programa siga en pie y podamos seguir trabajando todos. A veces voy y otras hago colaboraciones puntuales desde casa. Por ejemplo, el otro día, Maju (Lozano) hablaba de pestañas postizas y entonces salí por teléfono. ¿Quién va a hablar ahí adentro de pestañas postizas, si no era yo? (risas). En la tele se dividió: hay solamente cuatro en el piso, donde habitualmente eramos ocho o nueve, y hacemos dos días en piso y otros tres desde casa.

—Antes de la cuarentena también estabas dando conferencias.

—Estaba dando charlas y haciendo la gira del unipersonal A toda Costa. La última función fue el 13 de marzo, con la gente a un metro de distancia. El teatro no es para eso: estar a un metro de distancia es un sabor amargo. Se suspendió todo y eso nos sirve para pensar en tantas cosas que uno… Este año tenía preparada mi cirugía: iba a continuar con las reconstructivas después del bypass y del bajón de peso que hice.

—¿Cuánto bajaste en total?

—Lo máximo que llegué a pesar en mi vida fue 192 kilos, pero cuando decidí operarme pesaba 170 y ahora estoy en alrededor de 90 kilos. O sea que con el bypass fueron 80 kilos.

—¿Ahora se venía la reconstructiva, y la tuviste que posponer?

—El año pasado me hice la primera, que fue una abdominoplastía y también una pubisplastía. Como el bypass te achata todo el abdomen, te reconstruyen y te hacen un ombligo nuevo, pero la parte del pubis queda llena de grasa y te abren ahí para filetearlo como un ají de gallina (risas). Una cosa poco explicable. Este año me iba a hacer los brazos, las piernas y la espalda. Una operación bastante brava.

—Te cambió el cuerpo, ¿ya te reencontraste con esta que sos?

—De a poco me voy encontrando. Tengo mejores días que otros. Ahora, al estar un poco más en mi casa, hay algo de la ansiedad que apareció que lo tenía más elaborado con la vorágine del trabajo. Al estar más tiempo adentro, empezás a pensar cosas, porque la cabeza del adicto es para siempre, una lucha todos los días. Entonces, tengo más ansiedad y estoy comiendo más que antes, pero también compensé con gimnasia, que hago a veces en casa. Nunca había hecho en la vida.

—¿Te agarró la onda fit?

—No sé si es fit. Una chica amorosamente me escribió para invitarme a sus clases y después de hacerla me sentí tan bien que dije: “Hay que ayudar a la gente a través de la difusión”, y me enganché. Tiene que ver con hacer algo con una, con conectarse. Cathy Fulop me dice: “De tanto hacerlo vas a encontrarle placer”. Todavía no lo encontré; pero bueno, a lo mejor se transforma en un hábito.

—Tuviste un recorrido muy importante: viviste en pensiones, en la calle, la remaste mucho. ¿Eso dejó un aprendizaje a la hora de enfrentar una crisis como la que estamos viviendo?

Me dejó la alegría de valorar todo mi recorrido y la responsabilidad de estar donde estoy y poder ayudar a la gente que lo necesita. De mi círculo íntimo, mis compañeros artistas y amigos cercanísimos y a las chicas trans. Cerca de casa hay un hotel que lo fueron habitando de a poco y pude darles una mano. A lo mejor la gente dice: “Son prostitutas”. ¿Pero para qué las preparó esta sociedad si no es para eso?

—Sí, es una realidad muy difícil.

—Claro, no hay elección ahí. La gente cree que porque estamos Lizy (Tagliani) y yo en los medios, tan populares, amadas y adoradas, ya está. Y no está nada. Ojalá las chicas no tuvieran que estar en la calle, pero no tienen otro medio de subsistencia, no hay oportunidades, no hay acceso. Tampoco ellas están preparadas para muchas cosas. Una de las chicas está con prisión domiciliaria: está presa por pobre y por travesti, no por otra cosa. Ella se vino de Salta a los 12 años y se empezó a prostituir. ¿Esa chica pudo estudiar? No, no pudo.

—¿Vos estuviste presa alguna vez?

—Sí, estuve presa, y con mucho orgullo.

—¿Por qué?

—Por travesti, nada más ni nada menos. He sido demorada cuando andaba de acá para allá con los shows. Fui presa por defender a otras compañeras que se estaban llevando injustamente, por resistencia a la autoridad, pero esas cosas no las cuento. No está bien lo que digo, pero me parece que son parte de la anécdota. Pero una vez volvía de trabajar y me paró la Policía, me revisaron el auto sin testigos ni nada y me llevaron. Estuve un día en la (Comisaría) 50 de Flores, y después me llevaron a declarar en Tribunales. Ahí me enteré, después de más de 24 horas detenida, que estaba presa porque habían robado una librería y me agarraron a mí como la campana del robo. La policía que me detuvo se quedó con la plata que tenía encima, porque venía de trabajar, y con la plata del chico que había robado la librería.

—Terrible.

—Sí, pero para nosotras está en el ADN y es un horror que sea así. Por eso, desde mi lugar, volviendo a la pregunta que me hiciste antes, me agradezco y me felicito porque nunca tuve que vivir de esa manera. Yo pude, pero eso no quiere decir que puedan todos. Acá no se aplica la meritocracia, a las chicas les faltan oportunidades.

Costa en plena tarea de limpieza durante la cuarentena
Costa en plena tarea de limpieza durante la cuarentena

—¿Te hiciste tus propios barbijos?

—¿Sabés que no? Tengo amigos vestuaristas que, a todo esto, terminaron haciendo barbijos y les estoy dando una mano.

—Cuando volvés de la calle, ¿te sacás los zapatos y lavás todo o ya estás más vaga?

—Los primeros días me sacaba todo, ahora no. Entro a casa y lo primero que hago es lavarme las manos. Me di cuenta lo mugrienta que era antes porque si ahora me puedo lavar las manos una vez por hora, por más que no salga de mi casa, ¿por qué antes no lo hacía? Por mugrienta (risas).

—Es un momento difícil para la cuestión estética. ¿Cómo lo manejás?

Traté de hacerme las uñas y me sale fatal. Hay que tener talento para hacer esas cosas. Cuando volvamos a todo eso hay que valorar a la gente que nos ayuda a estar presentables.

—¿Vos te estás haciendo todo, sola?

—Sí, pero siempre me lo hice sola. Era un tema para mi sesión de análisis: el por qué no podía delegar y pedir ayuda con el vestuario, con el pelo, con el maquillaje. Cuando sos del under, sos del under para siempre. Nosotras estábamos acostumbradas: “Con un telón que es un palacio”, dice una canción.

—¿Cómo te llevás con las tareas domésticas?

Un canje me salvó la vida. Es un adminículo para pasar al piso que tiene arriba un rociador. Es buenísimo: le ponés la lavandina y el agua en la cantimplora. Esta mañana, como hice el programa desde casa, mientras escuchaba la radio iba acomodando, como la mayoría de la gente. Me llevo muy mal con las cosas de la casa, pero ahora no nos queda otra. Es vivir en un campo minado o que la casa esté decente, pero no me gusta. Gracias a Dios tengo un lavarropas de esos lindos que falta que te cocine el puchero, así que estoy lavando más que antes. Y ahora me hice fanática de Tik Tok.

—Estás a full con los videitos.

—Antes, era muy enemiga porque Tik Tok es lo que hicimos las transformistas toda la vida en los shows: no había novedad en hacer un playback. Pero me parece divertido. El otro día hice uno sobre Lizy. La Lizy había estado en teatro con un vestido azul y se cortó flequillo, entonces busqué mi vestido azul y la peluca que se parezca (risas). El fin de semana me ocupé de Tik Tok y me desocupé de las cosas de la casa.

—¿Cocina?

—Nada, nada, nada. Menos 20.

—¿Cómo te estás alimentando?

—Tengo las viandas.

—El saber, la cultura y el haber leído, te dieron poder. ¿Estás leyendo y formándote en este momento?

—Sí, volví a leer a García Márquez: El amor en los tiempos del cólera. Lo estoy releyendo por vez número 40, pero no sé leer para pasar el rato. Siempre tengo que leer algo que me construya. Me encantaría leer tonterías, algo pasatista. También vi muchas películas y series que nunca tenía tiempo para verlas.

—No estarás limpiando placares, pero estás incorporando contenido a lo loco.

—De esto tiene que salir algo de arte.

—La última vez hablamos tenías ganas de enamorarte, ¿cómo está eso?

—Con todo esto de la cuarentena, tengo un millón de propuestas pero ninguna concreción. Para mí, lo agarran de excusa (risas).

—¿Alguna propuesta que te haya interesado?

—Uno solo, pero hasta que no lo vea… Empezamos hablando por un equívoco, por una historia de Instagram. Los otros días me mandó un audio por primera vez, entonces le digo: “Nunca te había escuchado, pero yo no te mando audios porque mi voz ya estás harto de escucharla”. Mucha gente por las redes sociales me pide que mande un audio para comprobar si yo soy yo. Entonces yo no lo hago (risas). ¿Qué sos? ¿Policía? ¡Mierda!

—Hay que esperar a que se concrete esta historia...

—Hay que esperar. No sé si tengo mala suerte o es algo que atraigo, pero siempre el amor de mi vida vive en Tucumán, en Neuquén, lejos (risas).

—¿Este está lejos?

—No, este vive cerca, pero con la cuarentena vive muy lejos.

—Pero por lo menos estás apostando a algo que es factible.

—Una nunca sabe. El otro día volví a leer Boquitas pintadas y Manuel Puig dice: “El error es haberse ilusionado tanto”.