Facundo Arana (Foto: Mario Sar)
Facundo Arana (Foto: Mario Sar)

“¡Buenas noches a todoooos...!".

Cada noche, desde el cuarto día en que la cuarentena se tornó obligatoria, el grito de ese niño tronaba en todo el pulmón de la manzana. De unos seis años, no creo que tuviera más. Tengo muchas historias de la cuarentena. Como periodista, me tocó trabajar desde casa porque soy considerado de alto riesgo por cuestiones que no vienen al caso. La cosa es que cuando más hubiera querido salir a cubrir todo, ¡a trabajar!, me mandaron a casa.

Pero hay que decir que de a poco me fui acostumbrando a escribir mis columnas con sabor a balcón. Nunca me había dado cuenta de que ese mirador era un portal a unas quinientas historias posibles, que salían de cada una de las ventanas y balcones que dan al pulmón de mi manzana, en plena Recoleta. Vivo en Junín y Las Heras, al contrafrente. Desde el living tengo una vista amplia, luminosa. Y preparé un improvisado escritorio en la mesa ratona desde donde escribo con mis mates y mi soledad.

Como saben, pasaron muchas cosas que se vieron desde los balcones en general. Cantamos el Himno el 2 de Abril, aplaudimos a las 21 con emoción genuina a los profesionales de la Salud y a todo aquel que sale a jugársela con el virus, para que no se detenga la cadena de provisión de todo lo que necesitamos. Un par de recitales improvisados entre quienes tienen instrumentos acá y allá, y algunos chistes y comentarios que hacen reír a todo el mundo. Aplausos, gritos perdidos, música para compartir y el grito para que la apaguen. Y el niño, de las 21.30. Cada noche.

Ni sé por qué me siento a esa hora y apago todo esperando su “¡Buenas noches a todoooos...!". Un día, alguien le gritó de vuelta. “¡Graaaciaaas!”. Y unos días más tarde, se le sumaron otras voces. “¡Buenas nocheeees!”, “¡Hasta mañanaaaa!", "¡Buenas noches a vooos!”. Las voces se fueron sumando con el correr de los días. Como si extrañamente, con el encierro, todos nos hubiésemos aferrado al pequeño niño que daba las buenas noches.

Un día, entre todos los saludos que le devolvían al chiquito, uno preguntó: “¿Cómo te llamáááás?”. No se me había ocurrido. Y unos instantes después: “¡Fabiáááán!”, responde el chiquito desde quién sabe qué departamento..

Los días empezaron a sumarse y sumarse, y les juro, no había noche en que yo no esperase el buenas noches de Fabián. Aguzaba mi oído intentado saber de dónde salía la vocecita.

Hasta que un día, la cuarentena terminó. Y ese mismo día, el pequeño Fabián dejó de desear las buenas noches a las nueve y media.

Por mi problema de salud, tardé mucho más tiempo en ganar la calle. Y por alguna razón, muchas veces en mi encierro pensaba en ese niño y su hermosa costumbre de saludar. Cómo habría sido para él pasar todos esos días sin poder salir a ningún lado. Y pensaba en su madre diciéndole que salude antes de ir a dormir, seguramente sin saber qué mas hacer para distraer a su hijo.

Muchos meses después, cuando ya mi cuarentena súperextendida había quedado muy atrás y el mundo parecía haber olvidado ese principio de año cargado de virus, miedos y cuarentena, no lo puedo explicar porque me salió del alma. Me acerqué al balcón y abrí la puerta ventana. Salí. Tomé aire. Me reí un poco. Y grité muy fuerte: “¡Fabiáááán!”.

El tiempo pareció detenerse.

Y de golpe se me cayó una lágrima y el corazón me saltó del pecho cuando escuché: “¡¿Quééééé?!”.

Grité con toda mi alma: “¡Buenas nocheeeees!".

¿Me creen si les digo que todo el pulmón de manzana se puso a aplaudir y a saludar?

Gracias, Fabián.

...

Justo es decirlo: el cuento podría terminar ahí, y ya sería precioso. Pero soy periodista, así que entenderán que no pude evitar querer saber más. A veces no te conformás con la historia que el Universo te regala. Querés más. ¿Y qué más podría querer sacarle a esa historia tan redonda, preciosa?

Me llevó un rato averiguar la dirección del pequeño Fabián. Vivía hacia la esquina de Uriburu y Las Heras. Y averigüé el teléfono. Llamé. Pero no ya como el desdichado cuarentenoso, sino como el periodista que iba a buscar la historia. Me atendió una joven mujer que escuchó en silencio el relato de lo que había pasado. No me interrumpió ni una vez. Mi oficio de escuchar los silencios mientras hablo me decía que ahí había algo. Al terminar de hablar, ella me invitó a tomar un café a la confitería del Pilar. En Las Heras y Junín. Fui, pensando que ahí iba a conocer al pequeño Fabián con su madre inteligente que no invita al hogar a un desconocido, por más periodista que sea.

La madre se acercó a la mesa donde yo estaba, en la ventana junto a la puerta. Me saludó cordial. Se llama Teresa. Y me contó el motivo por el cual su hijo no la acompañaba, aunque mandaba saludos.

Fabián tiene una enfermedad que le impide salir de su casa. Cumple cuarentena obligatoria por tiempo indeterminado. Su mamá es diseñadora gráfica y trabaja desde casa. En ese departamento de dos ambientes al contrafrente, pasa todos los días el niño. Cualquier visita tiene que cumplir al pie de la letra un largo protocolo de precauciones para poder ingresar. Como si todo eso fuera una burbuja de la que Fabián no puede salir. La sola apertura de la ventana cada noche supuso un peligro inimaginable.

Cuando empezó toda esta historia de la cuarentena obligatoria, cumplía un año y medio adentro de su casa. En el momento mismo en que se enteró de la cuarentena obligatoria, miró a su madre a los ojos y le dijo que la gente del mundo no iba a poder aguantar la cuarentena en de sus casas. Que él quería hacer algo. Ayudarlos a todos, porque él sabe. Tres días tardó en convencer a su madre de abrir la ventana para desear las buenas noches. En su cabecita, Fabián dedujo que con eso todos iban a lograr ánimo para pasar los días, cada día. Y no se equivocó.

Me despido de la madre, a quien le dejo mi número para lo que pudiere necesitar.

A las 21.25, todos los días, en el pulmón de manzana de Junín y Las Heras cientos de personas saludan desde sus hogares. Aplauden, saludan, tocan instrumentos y gritan las buenas noches. Cada vez son más. No faltan nunca. Y de golpe callan todos. A las 21.30 en punto, en el más absoluto silencio, escuchan una ventana abrirse.

“¡Buenas noches a todoooos...!".

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