Se reconoce como músico frustrado, pero es un exitoso empresario del rock. José Palazzo logró hacer de su provincia natal, Córdoba, el centro de escena gracias a su creacion: el Cosquín Rock, el festival que congrega a miles de personas durante el verano mediterráneo.
Es la cabeza de shows multitudinarios como el de La Renga y colaborador de grandes artistas, como Charly García. Trajo a la Argentina a Bob Dylan, Madonna, Paul McCartney y Guns N’ Roses. Tiene título de abogado pero nunca lo usó, porque desde su primer recital, a los 13 años, y desde que su madre le regaló su primer bajo -creyendo que era una guitarra-, supo que se dedicaría a la música. Arriba o abajo del escenario, pero a la música.
Este año, después de 18 años, internacionalizó el Cosquín Rock (lo llevó a México, Perú, Colombia y Bolivia) y no paró de tocar con su banda Los Mentidores.
—¿Qué nos podés adelantar del Cosquín Rock 2019?
—La verdad es que, para nosotros, cada vez que presentamos la grilla es como que rendimos una tesis. Tenemos ahí a todos los profesores que nos están viendo si hacemos bien o mal las cosas. Y el trabajo es el trabajo de un grupo al que yo le pongo la cara, pero hace ya varios años que la programación y el lanzamiento del festival lo hacemos en conjunto. Este año creo que es una de las ediciones más heterogéneas que hemos tenido porque hay mucha variedad, desde trap pasando por música electrónica, reggae, heavy, blues, de todo. Va a haber una carpa, que me ayudó Mufasa a armar, con hip hop y pelea de gallos. Hay un escenario de música alternativa. Está la casita del blues que se hace desde hace tres años y se está transformando en una cosa muy interesante. También hay un hangar de heavy metal. Hay mucha variedad y para todos los gustos. Trabajamos mucho en esos detalles.
—¿Y cómo se dio ese cambio?
—La realidad es que es un festival de cultura rock. Arrancó siendo Cosquín Rock porque como se hacía en la Plaza Próspero Molina, y para diferenciarlo del folclore se llamó así. Tiene 19 años el festival, no es el mismo el rock actual que el de hace dos décadas, cuando tocaban Divididos, Los Piojos, Las Pelotas… era como muy poca variedad la que había en ese momento… Pappo, Spinetta, Charly, Fito, y después fue creciendo hacia otras tendencias. Y el Cosquín Rock salió por Latinoamérica, hicimos Colombia, Perú, Chile, Uruguay, Bolivia, México, y mis socios que fueron programando artistas que yo no hubiera puesto ni loco acá en el Cosquín. Y eso de ir rompiendo los prejuicios, por cómo programaban allá, me abrió un poco la cabeza y este año invité a colaboradores que agreguen otros estilos. La verdad es que quedó muy heterogéneo y muy bueno, son siete escenarios.


—¿Cómo empezaste en este oficio?

—Por el escaso talento que tenía mi banda de rock (risas). Y porque además me gustaba mucho la producción. Yo era como el manager del grupo, era el que pegaba los carteles con engrudo, el que arreglaba con el dueño del bar, todo. Entonces después me empezó a gustar. Trabajé mucho tiempo en la televisión, hice programas y tenía una productora. Ahí hacía los shows que utilizábamos como complemento de nuestras actividades. Como me empezó a gustar mucho, me largué y profesionalicé mi compañía. Hoy tenemos 70 conciertos al año, nueve Cosquín Rock entre Argentina y Latinoamérica y trabajo con Charly García, con La Renga y con Don Osvaldo.

—¿Pensaste que ibas a llegar tan lejos?

—No, nunca. Cuando hice el primer Cosquín creí que el segundo no iba a existir. Por el estrés que había pasado dije 'esto no lo vuelvo a hacer más'. Imaginate que lo hicimos en donde está el festival nacional de folclore, y es algo que hicimos todo a pulmón, Los Piojos se sumaron porque les encantó la idea, Divididos fue la primera banda confirmada porque acababa de sacar un disco que incluía un tema de Atahualpa Yupanqui, "El arriero", y el escenario de la Próspero Molina se llama Atahualpa Yupanqui, o sea que para Divididos era todo un honor. En la primera edición éramos seis personas para ocuparnos de todo, la logística, la llegada de las bandas, todo, y a partir de ahí fuimos aprendiendo sobre la base de toda esta presión de cosas que salían mal, porque no hay un manual para hacer un Cosquín Rock. Entonces el manual estaba en 'error-corregir', 'error- corregir', 'error-corregir'. Y eso de ir corrigiendo sobre los errores a veces tenía costos muy elevados ¿no?

—¿Sentís la misma energía, la misma pasión que antes?

—A veces es como las parejas que están casadas mucho tiempo, hay momentos buenos y momentos malos, entonces me va pasando con el festival que por ahí me estresa tanto y me agobia tanto que digo 'estaría bueno pararlo un tiempo', pero después pasan los meses y vuelvo a extrañar.

— ¿Cuál es el mayor desafío que tiene este proyecto?

— El mayor desafío es seguir enamorando a la multitud de gente que va a verlo en la Argentina. Seguir propagándose por Latinoamérica para que la gente sepa que hay un festival argentino que le da posibilidades a bandas latinoamericanas. Y uno de los mayores desafíos es que la gente no se aburra del festival, porque pasaron muchos años y nosotros seguimos proponiendo variedad y cosas nuevas. Y ahí están las pesadillas que uno tiene, ¿no? El insomnio se genera a través de eso, cómo hacer para seguir innovando, cómo hacer para que la gente lo siga viviendo como una nueva experiencia, que lo es. Es un festival que tiene nueve hectáreas en el medio de la montaña, rodeado de árboles y de ríos con siete escenarios simultáneos y con muchas actividades que hacen que uno pase un día inolvidable. Pero hay que lograr que la gente vaya y pase ese día inolvidable.

—¿Y hubo algún momento donde dijiste 'estoy desencantado de hacer esto, ya me quiero dedicar a pasar música o a hacer otra cosa'?

—No, el día que pase eso, lo voy a hacer, no lo voy a pensar dos veces. Hoy estoy feliz con este proyecto. Nosotros tenemos una compañía grande en Córdoba que hace un montón de shows.

—Contame tu relación con Charly. ¿Cómo fue que lo conociste?

— Yo lo conocí hace mucho tiempo a Charly, Primero como fan, fui cuando tenía 13 años a ver su concierto "Yendo de la cama al living" en Atenas, que es un lugar clásico de Córdoba, lo vi con mis primos. Creo que a partir de ahí me di cuenta de que la música era una cosa que yo quería tener como medio de vida. Después produje shows de él en los que algunos salieron bien y otros fueron un sufrimiento total.

—¿Por qué, qué pasaba?

— Y qué sé yo, en Jujuy pasamos muchos sufrimientos. Yo hice como 30 shows de Charly García como productor de él y fueron pasando distintos managers y yo seguía produciendo sus shows, y algunos eran caóticos como todo el mundo sabe, y otros no. Entonces he pasado por mucho de eso. Y hace unos cinco años, seis años atrás, Charly me propuso que trabaje con él y empecé a trabajar como productor, una especie de manager. No es la palabra manager porque soy muy amigo de Charly, ha pasado la navidad en casa y todo. Pero durante mi gestión estuvo mucho tiempo parado, por así decirlo, por problemas de salud y hemos seguido viéndonos todo el tiempo. Y cuando él quiere tocar me llama y toca. Y de alguna forma lo armamos.

—¿Qué es lo que más disfrutás de esto?

—Aprender, todo el tiempo se aprende. Es muy lindo el éxito pero también hay que sacarle provecho al fracaso. Si en el espectáculo vos aprendés a fracasar, hay un paso muy grande que diste. Porque en el éxito no sabés bien qué hiciste bien, creés que es así, no te das cuenta. Y les pasa mucho a los artistas exitosos. En cambio cuando la sala está vacía, cuando los números no cierran, cuando va menos gente de la que esperás es donde tenés que aprender. Y lo tenés que aprender con una sonrisa, porque ya te va a tocar ganar. Esa es una enseñanza que me dio esta industria. La industria me enseñó que si vos aprendés a fracasar, lo sabés sobrellevar, y sabés que el fracaso no es el fin del mundo sino una de las  tantas cosas que te van a ir sucediendo, le tenés que sacar mucho aprendizaje. Yo aprendí mucho de los fracasos y creo que las mayores enseñanzas y las mayores virtudes que tiene mi compañía fueron fruto de aprender de los fracasos.

—¿Recordás algún fracaso que no te haya dejado dormir?

—Mucho más que los éxitos. El principal fracaso fue mi primer show. Mi debut fue Marky Ramone and The Intruders, fueron 29 espectadores. Mi mujer me dijo: "¿Vos estás loco? ¿Vamos a vivir de esto? Dos de estos y vendemos la casa" "¿No tenés otro plan en la cabeza que no sea éste?", y yo le dije: "Quedate tranquila que nos va a ir bien". Y fueron 29 personas. Después durante varios años busqué a Bob Dylan hasta que lo conseguí, lo contraté, no me acuerdo qué empresa de Buenos Aires lo trajo al Estadio Córdoba. Fueron 1.500 personas. Perdí 250 mil dólares. Tengo la remera, la remera más cara de la historia del rock que dice "Bob Dylan en Córdoba".

—Y en esas situaciones, ¿qué te motivaba a seguir para adelante?

—Primero que había que pagar las deudas (risas). La motivación pasa porque yo hago lo que me gusta. Porque lo hago de manera profesional. El aprendizaje de esos fracasos fue que si vos hacés esto de manera profesional siempre tenés una revancha, porque detrás de un Bob Dylan a lo mejor venía un Arjona, un Maluma o un Luis Miguel que a lo mejor generaban un ingreso importante para la compañía y hacían que nosotros podamos vivir de esto. Y por ahí pasa también un poco el trabajo. Hoy me río de los fracasos, pero en su momento la llevaba muy mal. Y la realidad es que hay muchos artistas que si hubieran tenido más contacto con el fracaso serían mucho más humildes.

—¿Creés que hay mucho divismo en los artistas?

—Está bien el divismo porque a lo mejor está bueno que el artista tenga todo ese divismo y, cuando se para en el escenario, vos sabés que estás frente a una persona que es distinta a los demás y por eso está arriba de un escenario, por eso brilla. Y por eso tiene un determinado talento. Y el problema es que muchos sufren, porque el fracaso no es una cosa que la puedan llevar bien, y eso los hace sufrir mucho. En mi caso particular, yo no soy artista pero los productores también sufrimos cuando se pierde. No solo porque perdés económicamente sino que a veces es incómodo ver al artista en una sala vacía. Yo siempre digo: "Hay dos cosas en las que se sufre mucho, cuando queda mucha gente afuera y cuando la sala está muy vacía", son momentos de mucho sufrimiento.

—¿Nunca te dio miedo que te suceda algo como lo que pasó al Indio en Olavarría o cuestiones así?

—Mira, yo he hecho La Renga en lugares para 70 mil, 80 mil o 100 mil personas, hice La Renga con gente afuera tratando de entrar, que generaron momentos de tensión. Lo hice también en la vuelta de Callejeros en el Estadio Córdoba que se agotaron las entradas en un día, hice conciertos de Don Osvaldo, produje un montón de cosas muy grandes. Siempre está el temor, pero lo importante es ocuparse, no preocuparse. Hay que tratar de minimizar el riesgo optimizando todo lo que uno puede hacer, la mayor cantidad de seguridad posible, hay que prever todo lo que uno pueda. Después existen los imprevisibles que son el comportamiento del público, que a veces uno no lo puede dimensionar, pero todo lo que uno pueda prever hace que los espectáculos sean  más seguros.

—¿Esto de la vuelta de Callejeros no lo viste como algo arriesgado?

—Fue hace muchísimos años, fue el primer concierto que dieron después de Cromagnon. Y por supuesto que fue muy arriesgado, a mí me tuvieron que poner custodia policial porque tenía amenazas de muerte. En la puerta de mi casa había un patrullero y hubo un fiscal que tuvo que ordenar protección. Y la realidad es que tenía que ver con factores externos. Y fue muy importante porque después que sucedió la banda siguió un poco más y cada uno continuó por su camino. Ellos después tuvieron su condena y cumplieron. Hoy Pato (Fontanet) y Christián (Torrejón), que son los únicos dos originales, tienen su propia banda que se llama Don Osvaldo, que yo también sigo haciendo sus conciertos.

—Y en las amenazas de muerte, ¿te llamaban?

—Sí, me amenazaban con que me iban a matar o que iba a salir en una bolsa de nylon. No sé qué, una serie de amenazas. Y también las hicieron públicas en los medios. Amenazaron al intendente creo también, no me acuerdo bien. Pero bueno, tenía que ver además con el sufrimiento de los padres. Entonces la verdad es que en su momento yo no lo dimensioné y hoy mucho menos.

—¿Te importa lo que digan de vos, te googleás en internet?

—No. Me divierte Twitter, pelearme en Twitter, porque el tipo que te agrede en Twitter es muy genial y creativo. Y la verdad es que esa creatividad me encanta porque yo también soy medio así ácido y de humor negro y me divierte. Pero no, las críticas no. Yo me dedico a producir espectáculos y los productores de espectáculos no somos las estrellas del rock, entonces por ahí tenemos relaciones de amor y odio con los fans de las bandas que nosotros representamos.

—Pero te han inventado romances…

—Sí, pero esos son verdaderos. Esa parte de mi vida fue un mundo que yo no conocía, que sufrí mucho y que no lo quiero explorar más porque la verdad es que no lo supe manejar y no me gusta nada. Mi mamá me dice que me veía en la peluquería, qué sé yo, en las revistas. Esa parte no estuvo muy buena. Pero no es que me preocupe o no, no me gustó, no me pareció copada. Fui 'el novio de' (Juana Viale) durante un tiempo largo, ¿no?

— Sí. En Google sale eso (risas)

— ¿Vos me googleaste y sale 'el novio de'? Bueno, hace 19 años que hago Cosquín Rock, debuté a los 18 años produciendo shows, hice programas de televisión, me recibí de abogado, escribí un libro, se hicieron cinco películas de la historia del festival de las cuales participé en cuatro, trabajo con Charly García, con La Renga, con Don Osvaldo y soy 'el novio de'… dejate de joder.

¿Como vivís la actualidad del país?

—A mí me gusta mucho lo que hago. Me preocupa muchísimo la coyuntura que vive nuestro país para lo que es el desarrollo. Pero te voy a contar una cosa, porque lo viví en el 2001. En aquella crisis el rock argentino retomó un bastión muy importante. Existían siete u ocho bandas que llenaban estadios y que convocaban miles de personas porque se disminuyó la cantidad de artistas internacionales que vinieron. O sea, esa crisis del 2001 potenció al rock argentino y lo transformó en una cosa muy importante. Yo siempre veo en las crisis una oportunidad. Soy un optimista igual ¿no? Pero en cada crisis veo oportunidades. Y acá yo creo que hay una oportunidad para que todo este talento genial que tenemos en la Argentina vuelva a recuperar mercado, que a lo mejor la llegada de tanto número internacional se lo quitó. Así que ojalá que supere la crisis lo antes posible pero que durante esta transición, si es que es una transición, el rock argentino vuelva a gozar de buena salud.

— ¿Cuánto gastaron en este Cosquín Rock?

—Imaginate que gastamos 75 millones de pesos y todavía faltan las variables para hacer esta nueva edición del Cosquín, que nunca dudamos en hacerla. Pero cuando nosotros la armamos en mayo y la terminamos en junio de esbozar, empezamos a trabajar la programación y estalla la crisis, este temor del salto del dólar y todo. Si nos agarraba produciéndolo, capaz que no lo hacíamos.

—¿No tenés miedo de que te agarre esa corrida de nuevo?

—Lo máximo que puede pasar es que perdamos. No sería la primera vez. El Cosquín no es uno de nuestros mejores negocios, uno de los emprendimientos que nosotros tenemos. Y a veces se gana y a veces se pierde. Yo creo que esta es una edición muy difícil para nosotros porque la gente no tiene recursos, pero creo que va a ser una edición muy importante porque hemos tratado de mantener un precio súper barato para lo que es un festival. Imaginate que tocan casi 30 bandas, varias internacionales como los españoles Ska-P, Istal, La Pegatina, mexicanos como Machingón, Sigue la Vaca, hay chilenos, colombianos como Diamante Eléctrico… Y en ese marco de inversión y todo la entrada cuesta 2.800 pesos para los dos días, que son 1.400 pesos por día. Arrancó con 2 mil, o sea mil pesos por día y volaron las entradas. Así que yo le tengo fe, creo que va a ser un año muy difícil para todos, pero que va a ser un buen año.

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