"La inestabilidad es parte de lo bueno de mi trabajo", dice Laura Oliva, que a solas con Teleshow cuenta que no podría sostener la clásica rutina de una jornada de oficina, de 9 a 18. Y por eso no reniega de los avatares de la profesión que eligió en el espectáculo: "Uno tiene que hacerse cargo porque no puede ser todo bueno".

Con dos obras en cartel —Cuerpos perfectos y Eye y yo—, la actriz encuentra en el teatro un hecho ceremonioso que implica repetición en los hábitos, pero escapa de aquello que pueda convertirse en una cábala: "No me gusta tenerlas. Cuando me encuentro haciendo ese tipo de cosas trato de romperlas, casi instintivamente. Porque después uno queda atrapado a eso y no está bueno", advierte.

En la pieza que comparte con Soledad Silveyra, Florencia Raggi y Andrea Frigerio, Oliva habla de la obsesión por el cuerpo, el exceso de intervención y una especie de insatisfacción permanente. Tematica que nunca pierde vigencia, y que hoy se ve magnificada por la mirada de redes sociales: "Antes, ese horrible privilegio lo teníamos los que trabajamos en los medios, donde todo el mundo opinaba de algo tuyo: de tu físico, de tu carrera, de cómo habías llegado o de qué sé yo. Era todo un laburo que teníamos que hacer los que trabajábamos ahí para que eso no entrara, no afectara".

Laura Oliva y sus compañeras en “Cuerpos perfectos” dirigidas por Manuel González Gil
Laura Oliva y sus compañeras en “Cuerpos perfectos” dirigidas por Manuel González Gil

"Las cosas que se dicen en las redes sociales no se dicen en la calle. Yo jamás tuve una persona que me increpe en la calle para decirme absolutamente nada malo, nunca", cuenta Laura, que si bien no tiene una cuenta en Twitter, Instagram ni Facebook, aun así "no zafa" porque se ve expuesta a los comentarios de lectores en las notas. "No me puedo quejar, soy una persona bastante mimada en ese sentido", agradece.

—Sos querida.

—Querida. Así y todo siempre está el comentario, ya te digo, que tiene que ver con eso, como con la insatisfacción. Si yo hubiera vivido agresiones en la calle, te diría: "Bueno, algo estoy haciendo mal, algo está pasando porque la gente…". Pero claramente tiene que ver con el anonimato.

—¿Cómo fue a lo largo de la vida tu propio vínculo con el cuerpo?

—Nunca tuve conflictos con mi cuerpo, ni con nada de mi imagen, hasta que empecé a trabajar en televisión y vino la respuesta del afuera. Hasta que empecé a recibir ciertas devoluciones tenía una imagen de mí misma absolutamente conforme: ni para un lado ni para el otro. No era mucho tema tampoco.

—¿Y con la mirada del otro empezó a ser tema?

—Empezó a ser tema, sí, claro, porque empezás a decir qué es lo que se ve.

—¿Y para dónde te disparó eso?

—Primero, para hacer un trabajo como para que eso entre hasta cierto lugar: entender que es una opinión y que es absolutamente entendible.

—No te obsesionó en ningún momento.

—Un poquito sí, pero cuando me veo entrando en ciertas obsesiones o en pensamientos recurrentes trato de cortarlo de cuajo, como con las cábalas.

—Trabajaste con algunos de los más grandes de la Argentina. ¿Pasaste por alguna situación incómoda?

—Con ellos no, pero situaciones incómodas en general sí. Antes se usaba hacerse el book de fotos para repartir el material, y pasaban muchas cosas. Gracias a Dios nunca me pasó nada grave pero me daba cuenta en aquel momento que no estaba bueno. Mi mamá estaba abajo esperándome, yo tendría 18 años, y el tipo me tocaba de manera rara solamente para ubicarme. Después me empezó a decir que "mejor que me saque, que me corra, que esto, que lo otro". En un momento se me acercó, me dio un beso en el cuello, una cosa medio rara. Yo bajé llorando. Nunca le dije nada a mi mamá porque uno tenía esa vergüenza. Yo en ese momento no dije: "Bueno, sí, esto suele pasar", sino: "Esto está mal". Calladita la boca. Y después de haberte hecho creer durante 20 años que eras una loca, después viene alguien que aquel día te había dicho que estabas híper sensible, que entendiste mal, y ahora te pone la mano en el hombro y te dice: "¿Sabés qué? Sí, estaba mal". Y uno vuelve con esa sensación de: "Viste que yo sabía que esto estaba mal". Por eso se vive como revancha. Pero no es revancha, es haber estado muchos años escuchando pavadas y una descalificación permanente.

—¿Y ahora? Todo este tiempo que te dijeron que estabas loca, ¿qué hacemos con eso?

—Exacto. Y se nos está empezando a entender cosas muy sutiles. Es emocionante escuchar por primera vez que alguien dice: "Che, la verdad, guarda con el piropo porque no es un halago per se". Ni hablar de los piropos guarangos que nos hemos tenido que bancar de las obras en construcción, las barrabasadas que nos han dicho. Pero esos sacalos, porque para todo el mundo son una barrabasada y no hay mucho que analizar. Un piropo, que venga algo supuestamente lindo de una persona que no te gusta, no es un halago.

“Eye y yo” se presenta en El camarín de las musas (Foto Sandra Cartasso)
“Eye y yo” se presenta en El camarín de las musas (Foto Sandra Cartasso)

—¿Cómo te llevás con el lenguaje inclusivo?

—Hace mucho tiempo, cuando discutía con amigos o con parejas en donde no encontrábamos la manera de ponernos de acuerdo, yo tenía una frase: "Lo que pasa es que vos pensás asa, yo pienso así, tendríamos que encontrar un asu". Me cuesta usarlo porque tengo casi 50 años, voy a tener que aprender, no es algo que me viene en los genes.

—¿Qué te genera que compañeros tuyos se manifiesten políticamente y pase lo que pasa con eso?

—El problema que nos ha pasado en estos últimos años es no poder encontrar el ase. No hay forma de llegar a un punto donde más o menos coincidamos. Todo es malo o bueno: ni el gobierno anterior hizo algo bueno y se equivocó en muchas cosas, ni el gobierno actual se equivoca en muchas cosas pero algo bueno tiene. No es "todo es una porquería" o "todo es maravilloso". Eso en la vida no existe. Entonces se corta el diálogo inmediatamente. Si el pedido de que vuelva una presidenta es "porque la extraño", no podemos estar hablando en esos términos de política. Yo te lo entiendo, está todo bien, pero ese no puede ser el motivo, un motivo tan emocional.

—O las cosas que hemos justificado los argentinos, como "robaban pero hacían".

—Lamentablemente no tenemos ningún referente de un gobierno pulcro. No nos sale y no lo tenemos. Entonces lamentablemente tenemos esa cosa de el mal menor.

—De la vuelta de la democracia a hoy, ¿con qué presidente te quedás?

—Tuve dos momentos, por eso también me abrí del tema político. Cuando se formó la Alianza compré el buzón de "no te quejes sin hacer nada, volcalo al voto, ese es el momento donde uno tiene la sartén por el mango y puede opinar de verdad". Fantástico. Entonces me senté en mi sillita de pensar como nunca lo había hecho y elegí. A los tres meses no quedaba nada, nadie se hizo cargo de ese proyecto, de quiénes eran los que lo habían formado, ideológicamente de qué se trataba, nada. Me quedé diciendo: "¿De qué poder me hablás, de qué poder de voto? Si una vez que uno los vota después hacen lo que quieren, o lo que pueden o lo que les dejan hacer. Entonces no me hables de que yo tengo el poder". El otro caso fue el ahorro en pesos. En el momento de los primeros tiempos del gobierno kirchnerista yo realmente creí que de verdad estaba bueno que si nosotros éramos un país que teníamos como moneda el peso, apostáramos al peso y dejáramos de pensar en dólares. Y ahorré en pesos, te lo juro. Argentino hasta la muerte, Roberto Rimoldi Fraga, totalmente. Y después dije: "Me están jodiendo". Te lo juro, hice todo un laburo, nunca más volví a comprar un dólar pero como dos o tres años, eh.

—Y por decisión, no por falta de capacidad de ahorro…

—Absoluta decisión. Dije: "Es verdad, ¿por qué estamos seteados en dólares si no somos Puerto Rico?".

—Es buenísimo, si se pudiera implementar, pero al final siempre terminás perdiendo.

—A mí me pareció un ideón. Claro, lo que pasa es que cuando me di cuenta de que ellos no lo hacían y que la única boluda era yo… Digo, igual, yo pagué el Incentivo Docente, yo soy de esas boludas. Lo pagamos cuatro. Bueno, entre esas cuatro yo tengo el recibo del Incentivo Docente (risas). Entonces ahora decís: "No me hablen de nada más".

—Sos de las que caen siempre.

—Claro, ¿viste? A mí me llegan de vez en cuando algunos premios, medio unas bonificaciones, porque yo te pago el impuesto antes del primer vencimiento. Ya si llega el segundo vencimiento, me híper ventilo.

—¿Te alcanza la plata?

—Últimamente tuve mucho trabajo pero hubo mucho en el circuito off, así que ahí no me voy a quejar, pero está armada la cosa.

—Es una profesión que tiene una inestabilidad con la que no cualquiera puede llevarse.

—Sí, pero en ese sentido yo la elegí la inestabilidad, yo no podría trabajar en un trabajo de 9 a 18 horas. En ese sentido uno tiene que hacerse cargo porque no puede ser todo bueno. La inestabilidad es parte de lo bueno de mi trabajo.

—Si hoy tenés una charla imaginaria con esa adolescente de 15 que decidió que este era el camino, ¿qué le decís?

—"Qué bien que estuvimos, no sé cómo nos salió pero nos salió perfecto".

—Y que el fotógrafo era un hijo de puta.

—El fotógrafo era un hijo de puta. Y que no subiera sin mi mamá y que si bajaba y mi mamá estaba abajo, se lo dijera, cosa que subiera y lo cagara bien a trompadas.

ENTREVISTA COMPLETA

Agenda: Laura Oliva se presenta con Cuerpos Perfectos de miércoles a domingos en el multitabaris y con Eye y yo los domingos a las 18 hs en el Camarin de las musas