Martina Gusmán y su compromiso solidario: "Cuando me reciba de psicóloga quiero armar talleres en las cárceles"

La protagonista de "La quietud", donde nuevamente es dirigida por su marido, Pablo Trapero, habla en una charla a fondo con Teleshow sobre la maternidad dividida entre un adolescente y una niña, el éxito de "El Marginal" y la militancia social

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"Lo social en mí estuvo siempre", sostiene Martina Gusmán, que nació en plena Dictadura de padres militantes. Y ella misma comenzó a militar a los 14 años en una villa. "Me sentía plena cuando la actuación que hacía tenía una connotación social e investigaba un año en una cárcel o seis meses en un hospital, y empezaba a involucrarme en función de eso. Hasta que dije: 'Quiero hacer algo que no sea solo en la ficción de lo social, sino que sea en la realidad'. Y ahí empecé", explica sobre la motivación que la llevó a estudiar psicología y colaborar en la Fundación Sí.

El trabajo solidario acompañó de manera perfecta su recorrido como actriz. Y hoy, ambos caminos van en paralelo. A una semana del estreno de la película La quietud, su protagonista habló con Teleshow sobre cómo fue interpretar a Mía bajo la dirección de su marido, Pablo Trapero: "Es hermoso trabajar con él, es un director muy exigente. Más allá de que sea mi marido lo admiro muchísimo, es uno de los grandes directores contemporáneos del mundo de este momento. Tiene una impronta muy personal".

En el filme, Gusmán interpreta a una de las hijas de Esmeralda (Graciela Borges) y hermana del personaje de la francesa Berenica Bejo. "La única fidelidad ahí es entre ellas dos. Hay una simbiosis que ellas generan y un deseo sublimado en otras cosas, de un incesto que no se animan a consumar", cuenta sobre el vínculo que une a las hermanas en un relato en el que los silencios inquietan, hasta desembocar en diálogos explosivos que desenmascaran verdades calladas durante años. "La película propone llegar a ese nivel de incomodidad de poder reflexionar sobre las verdades o las cosas ocultas que también están en los propios vínculos".

Martina Gusmán y Berenice Bejo en “La quietud”

—Hay un momento que tu personaje dice: "Hablar las cosas siempre es revelador". ¿Querés la verdad a cualquier precio?

—Ciento por ciento.

—¿Te puedo encontrar mintiendo en algún momento?

—Difícil.

—¿Sentís que algo te costó más por ser mujer?

—Convivir la maternidad con la profesión es algo súper duro. Las angustias, las culpas, las cosas de los tiempos. En el momento de ser madre fue como si algo se dividiera. Estoy acá, estoy haciendo la nota, estoy haciendo una película, pero hay algo que siempre va a estar ahí. El hombre puede dividirse un poco más.

—¿Sentiste mucha culpa al salir a trabajar con la maternidad?

—Más o menos. Es muy diferente la maternidad de Mateo que de Lucero. Mateo tiene 16 años; yo era muy chiquita, tenía 23 años cuando lo tuve. Lucero tiene dos. Son momentos muy distintos. Mateo me agarró en toda una etapa donde yo no estaba todavía actuando profesionalmente, sino más dedicada a la producción. Fui mucho más mamá canguro de trabajar con él todo el tiempo.

—También probablemente una etapa de poder elegir menos.

—Sí, exacto, también.

Graciela Borges, Pablo Trapero, Martina Gusman y Joaquín Furriel en el estreno de “La quietud”

—A las mujeres después nos empieza a jugar esto de: "Es mi profesión y es en uno de los aspectos en los que me realizo y lo estoy eligiendo, y también estoy dejando a mi bebé".

—Sí, más que de culpabilidad, de contrariedad, de dónde querer estar, porque siento que siempre fui una mamá muy presente, incluso demasiado según mi hijo.

—¿Cómo es ser tan joven y ser mamá de un adolescente?

—Está buenísimo. Ser mamá en las dos etapas fue algo muy buscado. Con Mateo, justamente porque lo tuvimos tan chicos, fue como esta decisión de bueno, familia rodante, ir viajando por el mundo los tres.

—¿Cómo juegan los miedos?

—Muy distintos. Cuando era más chica había algo como mucho más de inconsciencia sobre todo del paso: tenía la sensación de que siempre iba a ser chiquitito. Hoy lo veo a Mateo y digo: "No puedo creer este pibe…". Lo tengo que sentar para retarlo de lo alto que es. Con Lucero es una cosa de "No me quiero perder nada, no me importa nada". ¿Duerme conmigo? Duerme conmigo; no va a tener 15 años y dormir conmigo. Con Mateo era más estricta con la alimentación y las cosas de crianza.

—¿Con su adolescencia sos estricta o lo dejás experimentar?

—Soy un poco estricta en cuanto a ciertas reglas internas basadas en la confianza, en el diálogo, en la charla, en hablar mucho. Es una etapa de experimentación para él, pero las cosas tienen un tiempo: no es lo mismo dónde, cuándo, con quién. Entonces, cómo acompañar su exploración, su inquietud, su curiosidad que es natural de la edad que él tiene, pero con un borde. Esa división entre "Dale andá", y estar ahí; en ese sentido, requiere muchísimo trabajo. Tenés que soltar, tenés que dejarlo ir, confiando en todo lo que vos fuiste generando durante todos esos años, pero al mismo tiempo con la presencia suficiente para que sepa que estás ahí.

—¿Más hijos o ya estamos?

—Es algo que todavía no lo puedo decidir.

—Es una puerta abierta.

—Exactamente, es una puerta abierta. Me genera mucha angustia pensar en cerrarla, por eso no la cierro. Pero al mismo tiempo me siento muy satisfecha con dos hijos. Cuando tuve a Mateo tenía siempre muy claro que quería tener un segundo hijo, ahora que ya llegó Lucero me siento súper plena con los dos. Pero pensar en no tener más me genera angustia, entonces es algo que en principio lo dejo abierto.

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—No puedo dejar de mencionar el fenómeno que fue El marginal.

—Una locura, sí. Una sorpresa inmensa, superar a Canal 13, estar cabeza a cabeza con Telefe, una cosa histórica para la TV Pública. Lo único que lo logró fue el Mundial. Es una cosa muy fuerte, demuestra que la gente está esperando ficción de calidad.

—¿Te podés imaginar presa en alguna situación?

—La verdad que no. Después de mi experiencia en Leonera, que estuve un año recorriendo penales, entrevistándome con mujeres presas, si hay algo que aprendí es que me siento incapacitada para juzgar la vida de nadie. Hay algo donde todas las historias que yo escuché y que fui transitando con eso, decía: "Bueno, yo soy una privilegiada". Si yo hubiese nacido en cualquiera de los zapatos de estas mujeres, no sé qué hubiese sido de mi vida.

—Hay algo de lo aleatorio de la vida: cuando uno ve a su hijo durmiendo tapadito, calentito, que comió, y hay otro chico no tan lejos, de la misma edad, que tal vez tiene un futuro tan distinto, es muy fuerte.

—Es muy fuerte. Me acuerdo que una vez venía con Mateo, que tenía 4 años en ese momento, y paramos en un semáforo. Había un chico pidiendo monedas, entonces me dice: "¿Qué hace ese nene?". "Está pidiendo plata". Y me dice: "¿Pero no tendría que estar en el colegio, en el jardín?". "Bueno, sí, pero le toca…". Y me dice: "¿Pero por qué? Mamá, es muy injusto". Entonces yo le digo: "Y sí, la verdad que sí". Y me hizo una pregunta que me dejó helada: "¿Y quién elige quién tiene y quién no?". No tengo un pensamiento religioso en ese sentido y le digo: "Mate, la verdad no sé…". Por eso uno tiene que ser un agradecido de la vida que le tocó, entender cómo puede ayudar desde el lugar donde está. Siempre intenté fomentar desde ese lugar. Trabajo muchísimo para la Fundación Sí, soy referente de una zona de un proyecto de acompañamiento de gente en situación de calle. Es ese granito de arena lo que uno puede hacer y fomentar en tu hijo para que haga con la esperanza de que pueda haber un mundo más lindo.

Martina Gusmán y Gerardo Romano, dos de los protagonistas de “El marginal”

—Te quedan pocas materias para recibirte de psicóloga. ¿Querés ejercer en algún momento?

—Voy a ejercer en psicología comunitaria en la Fundación. Ya estoy con distintos proyectos involucrándome un poco más, pensando los talleres para armar en cárceles.

—Le ponés un montón a eso. ¿Cómo se hace para que no se te estruje el alma?

—Es al revés: se me estruja el alma si miro y no hago. Eso es lo que me pasa.

—El tema es mirar. Hay a quienes les resulta más facil dar dinero que mirar a la cara a un chiquito pidiendo plata y hacerse cargo de esa realidad.

—Exactamente. En el proyecto de acompañamiento de gente en situación de calle cuando hago las recorridas y me siento al lado de la persona a charlar y conversar, miro desde su perspectiva cómo pasa la gente por la calle y es muy fuerte, porque la gente no mira. Lo que a mí me gusta de ser actriz es esa posibilidad de visibilizar muchas cosas que para mucha gente son invisibles.

—¿Sentís que el camino es hacia lo solidario?

—Es hacia ese lado, totalmente. Sin dejar la actriz porque me complementa el alma, es una parte creativa, me encanta poder representar historias de situaciones que mucha gente desconoce. Es una parte mía que me complementa y que me encanta y que me gusta. Pero eso solo es como que digo: "¿Qué más en el sentido de la vida?".

—¿No volvés rota de las recorridas?

—Sí, pero a mí me pasa al revés: me potencio. Donde uno pone la acción al servicio, es diferente. Ahora estuve con Manu (por Manuel Lozano, director de Fundación Sí) recorriendo escuelas para un proyecto de las residencias universitarias, cuando escucho a los chicos y los sueños que tienen y la idea de seguir estudiando, es algo conmovedor.

—¿Creés que puede haber un mundo diferente?

—Totalmente.

—Porque a la vez, mirás el noticiero, la situación actual, el escándalo de los cuadernos…

—Exactamente. Cada vez yo estoy más descreída de la política y creo más en las personas. Desde mi lugar decidí internamente salir de un lugar de la queja o de esperar. Prefiero ponerle más energía en ir a la recorrida, ir a recorrer las residencias para que los chicos estudien; ahora voy a empezar a coordinar una de las residencias. Ponerle el cuerpo para ese deseo de un mundo mejor, por lo menos decir: "Yo intenté mi granito de arena para que eso suceda". Siento que si todos ponemos un granito, hay algo que creo que sí se puede modificar.

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