"La felicidad hoy pasa por estar tranquilo", dice Juan Leyrado (65), que tras 40 años de convivencia con María sigue igual de enamorado. Padre de tres hijos, Luciano, Manuel y Victoria, disfruta el rol de abuelo: "Me encanta ver a mis nietos, observarlos y jugar con ellos", confiesa con emoción sobre Agustín, Mía y Francisco.

Leyrado también vive un gran momento en lo profesional. Acaba de comenzar el rodaje de La Caída, el nuevo unitario de la TV Pública. Y el 12 de Abril estrena Un enemigo del Pueblo en el Teatro Regio. Lejos de huir del desafío de componer dos personajes complejos en simultáneo, le hace frente: "Es parte del juego. Son trabajos con uno mismo y personajes distintos, pero no me traumatiza mucho. Sí energéticamente: uno se cansa más. A veces me da como miedo decir 'un día se va a desconectar la cabeza por tanta información'".

—¿Te acordás de la peor función de tu vida?

—Sí.

—¿Cómo fue?

—Estaba haciendo El burlador de Sevilla, en España. Y no estaba bien, era una responsabilidad muy grande. Lo dirigía un director español muy importante, muy duro, muy poco amable con el trabajo del actor. Estaba lejos de mi casa porque me llevó tres meses estar por España. Hacía temporada en el Teatro Clásico de Madrid, que era un teatro muy importante. Y recuerdo que estaba en el escenario, la obra era muy larga y tenía dos actos. Lo pasé muy mal, no me encontraba, me veía desde arriba actuar, estaba desdoblado. Termina el primer acto, voy al camarín, me visto con la ropa de calle y salgo a la calle. Cuando paso por el lobby del teatro veo que hay mucha gente todavía, digo: "Qué raro, no se fueron". Estaban esperando para entrar al segundo acto. Y me fui. Estando en la esquina me empieza a gritar el asistente: "¡Leyrado! ¡Leyrado! ¡Leyrado!". Y me di cuenta que me estaba yendo; tuve que volver y hacer el segundo acto. Me quería ir, si no me hubiese visto el asistente yo no seguía el segundo acto en un teatro lleno. Porque lo había pasado muy mal, un horror. Hice el segundo con lo que tenía.

—¿Y al día siguiente?

—Al día siguiente, otro día. Después otro día. Después en Sevilla. Fue largo. Después, me fui componiendo. Pero estaba muy solo en esa gira.

—Ahora, a la distancia, esa imagen tuya yéndote con la gente esperando para el segundo acto, ¿qué te genera?

—Es una escena temida, es un ataque de pánico. En esa época no se había inventado el ataque de pánico; no sé si era angustia o susto mío. Pero era eso, sí. Era no estar bien. A mí me hace muy mal no estar bien.

—¿Cómo es este momento para el teatro?

—Extraño, raro, cambiante. Se está modificando mucho. Hay una oferta variada. No se apunta mucho a obras de teatro de texto, historias; sí hay muchas comedias. Y hay muchos teatros donde hay muchas propuestas en la misma sala, con distintos horarios. Creo que se perdió una forma, un color del tipo de teatro, y se está buscando, se está viendo cómo es, supongo. Hay propuestas interesantes, hay cosas que a mí me gustaron. Pero creo que es muy parejo todo lo que se hace, apunta casi a lo mismo. Sería lindo que haya también más obras de texto, que nos planteen otro tipo de cosas. Que podamos meternos en otro tipo de historias. Mirando la cartelera creo que todo más o menos se asemeja bastante, el tipo de comedia.

—¿Qué te enoja? ¿En qué momento sos cabrón?

—Fui muy obsesivo con el trabajo pero un poco intolerante, y tengo una velocidad de encontrar cosas. A veces sentía, más que nada cuando el otro no me acompañaba en eso, necesitaba que me acompañe, que lo vea y que me serene. Creo que profesionalmente estamos también en un momento donde se va perdiendo el rigor y la profundidad que necesitan el actor y la actriz para trabajar.

—¿Falta profesionalismo?

—Falta un interés verdadero y profundo de crear y trabajar ese universo que uno tiene que transmitir, y donde de pronto aparece más la energía puesta en todo lo que lo rodea. Cuándo, cómo, con quién, qué teatro, las luces, en qué época; cosas que son importantes pero que en realidad tienen que suceder cuando está el producto trabajado. Es un cambio de paradigma en el tipo de trabajo, como tantos cambios que vivimos.

—¿Recibiste algún planteo al ir a trabajar a la Televisión Pública y al Teatro San Martín, por tu ideología?

—No. Sería totalmente desubicado, pero no ideológicamente, sino a nivel humano. No, ni lo pensé. Aparte me cayó muy bien que el Teatro San Martín haga Un enemigo del pueblo. Es una obra fascinante, profunda. Nosotros vamos a hacer la versión original. Siempre la obra cuando se dio planteó al Doctor Stockmann como una especie de Che Guevara en contra de la corrupción, de la burocracia y de todo eso. Y en realidad, si bien pasa eso, puede tener muchas lecturas. Lucha por algo personal de él que tiene que ver con el pensamiento, con la idea, con la evolución de la gente a partir de la educación. Después votás a quién sea, pero que votes sabiendo a quién votás, teniendo una educación. Me pareció extraordinario que en el San Martín produzca en el Teatro Regio una cosa así. Y de lo que vos me decís, no me imagino que puede ser así.

—En la temporada de verano Arturo Bonín dijo que le levantaron una obra de teatro por manifestarse, por su ideología.

—Terrible. A mí también me parece extraño eso, por eso digo. Eso no ayuda ni obedece absolutamente a nada. Mi opinión, ¿qué daño puede hacer? Aparte, ¿qué opinión? La opinión va creciendo, decreciendo, van apareciendo cosas. Yo tengo una idea desde siempre, más allá de los partidos; no milito en los partidos políticos.

—Estamos en una época donde todo es blanco o negro.

—Sí. Perdemos algo muy importante que es el crecimiento. Es muy loco que todavía se piense que uno realmente tiene una forma de pensar y de ver las cosas, y se cierra ante todo lo demás. Me parece importante intercambiar: yo crezco con el otro también estando en desacuerdo. Cuando ocurren estas cosas como le pasó a Bonín, me descorazona, me entristece. Desde cualquier lugar; inclusive, a lo mejor desde un tipo de política o de partido político que yo pueda tener un poco más que ver.

—En referencia a quienes dicen que se van del país por este gobierno, o por los que plantean que el gobierno se parece a una dictadura, en una nota dijiste: "Si yo no me fui del país con la Dictadura, no me iría por esto".

—Es mi país también, no tengo por qué irme. ¿Por qué me van a echar y por qué voy a irme? Además, realmente no es la Dictadura. No estamos en una dictadura, estamos con un gobierno que tiene una visión de lo que tiene que ser la Argentina que yo no la comparto. Ni desde mi sensibilidad ni desde lo que puedo entender económicamente, que no es mucho. Me parece que no es bueno para nosotros. Podría inclusive plantearse si se quiere una forma parecida de gobierno pero desde otro lugar, cuidando cosas éticas, formas de hablar, mensajes, gente, jubilados. Pero no, no me iría del país. No siento que me están echando, siento que estamos en democracia y que es un gobierno elegido por el pueblo y que tiene que cumplir su mandato. Las cosas con las que yo no estoy de acuerdo y no me gustan las puedo plantear porque tengo todo el derecho, pero siendo también respetuoso y cuidadoso.

—Como ciudadano.

—Sí. No tenemos una cultura ciudadana ética, tenemos un desconocimiento muy grande de lo que son nuestros derechos y nuestras obligaciones. Entonces, se nos hace muy difícil entender. Repetimos lo que escuchamos y leemos.

—¿Alguna vez manifestarte te trajo un dolor de cabeza?

—No. De ningún tipo, en ningún lado. No me trajo ni problemas ni me trajo no problemas. Yo no he trabajado en la Televisión Pública, no he trabajado en el San Martín, hace muchos años no trabajo en el San Martín. La obra Un enemigo del pueblo trata de esto; en realidad yo creo que va a ser muy importante esta obra porque habla de esto.

—¿Cómo estás viendo la tele?

—Tengo 258.248 canales que paso y nunca termino de pasarlos todos, y no me engancho absolutamente en uno, a no ser algún reportaje.

—¿Sos muy del zapping?

—Soy bastante: no me engancho. Me gustan los reportajes cuando veo que hay pensamientos, que hay tiempos. Y generalmente en las ficciones no veo muchos pensamientos y tiempos, hay una estructura de trabajo donde generalmente uno no escucha lo que dice el otro. Es medio raro eso. Cuando eso ocurre, paro y me veo todo el capítulo, sea de donde sea.

—Pero El maestro te gustó.

—Mucho.

—¿Y por qué no hay más de eso?

—No será negocio, supongo. Porque está la parte artística y la parte de negocio: sin la parte del negocio lo artístico no puede funcionar. A veces se piensa que con la parte del negocio puede funcionar lo artístico y es un error porque es importante, fundamental, el tema de la inversión y demás, pero se pone toda la energía en conseguir la plata, la inversión, y nada de energía en la preparación de un producto, llámese ensayos, cuidados…

—¿Qué te pasa con todas las denuncias de situaciones de acoso que están apareciendo en la televisión?

—Me parece demasiado, no me gusta. Me parece importante, me parece interesante, me parece bueno para aquella persona que tuvo un acoso que pueda decirlo, que pueda largarse, que pueda blanquear una situación que la oscureció tanto tiempo, y me parece importante que eso ocurra. Pero de pronto hay un despliegue de acosos que no los sigo porque no sé hacia dónde apuntan, qué valor tienen.

—A lo largo de tu carrera, ¿alguna vez te pasó ver que una mujer podía estar incómoda, o estar sufriendo cierta desigualdad?

—Desigualdad, sí. Pertenezco a una generación donde los directores eran muy duros con las mujeres, muy maltratadores. He participado de novelas -te estoy hablando de hace muchos años, eso cambió totalmente-, donde había mucho maltrato al actor y a la actriz.

—¿Era más hacia las mujeres que hacia los hombres?

—Era más hacia las mujeres no protagonistas y hombres no protagonistas. Había mucha diferencia entre el protagonista o la protagonista y los que hacían otros papeles. Eso también era un poco responsabilidad de los protagonistas: parar un poco la mano, que a veces sucedía. Pero había mucho maltrato. La sociedad maltrataba. La sociedad maltrata. Entonces, sorprendernos al maltrato… ¿Qué era la mujer en esa época? En la época donde veíamos y era fantástico ver esos programas cómicos, ¿en qué lugar estaba parada la mujer? ¿Y cómo le llegaba eso a la cabeza del hombre con sus posibilidades culturales por ahí no tan profundas para un poco darse cuenta de todo eso? Si en realidad lo que se mostraba en televisión es que era normal que le toquen el culo a una, que le digan: "Nena, mirá qué…". Entonces, la televisión se hizo de esa manera. La gente trabajó de esa manera y los espectadores "espectaron" de esa manera. Es una cuestión cultural.

—Es un aprendizaje para todos: hay muchas cosas que las mujeres naturalizamos, y ahora nos vamos dando cuenta que están mal.

—Me parece bárbaro que esto ocurra. El tema es cómo se usa esto, ¿no? Porque todo se usa, todo lo que aparece se le hace un uso más allá de lo que realmente importa. Y eso es lo que a mí me pone extraño. Y me preocupa.

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