Sean Connery en la Argentina: arribo accidentado, encuentro cumbre con Carlos Menem y partidos de golf con De Vicenzo

El célebre actor escocés que falleció hoy estuvo varios días en el país a principios de los 90 para rodar la secuela de Highlander

La fotografía del libro “Babilonia Gaucha”, de Diego Curubeto, muestra el saludo de Connery con Menem
La fotografía del libro “Babilonia Gaucha”, de Diego Curubeto, muestra el saludo de Connery con Menem

Aunque siempre se le recordará por haber sido el primero en dar vida a James Bond -papel con el que conquistó la fama-, Sean Connery construyó una carrera plagada de éxitos, con más de 60 filmes y múltiples reconocimientos a su labor. El actor escocés, que murió hoy a los 90 años, deja un extenso legado cinematográfico a sus espaldas. Las muchas producciones de las que participó lo llevaron a rodar en distintos rincones del mundo. También en Argentina, en una visita de lujo que revolucionó la ciudad de Buenos Aires a principios de los 90.

Connery vino al país para grabar la secuela de Highlander, la película de acción y ficción histórica que se había estrenado cuatro atrás y que narra la historia de los inmortales. Protagonizada junto a Christopher Lambert y Clancy Brown, el artista británico interpretaba al noble español Juan Sánchez Villalobos Ramírez, uno de los personajes ficticios de la raza de hombres especiales que solo pueden morir mediante la decapitación.

El mítico agente 007 aterrizó en Ezeiza en un vuelo de Pan Am el sábado 5 de mayo de 1990. El arribo fue accidentado porque el aeropuerto estaba cerrado por la niebla y su vuelo se desvió a Montevideo, provocando tres horas de demoras. Luego se hospedó en el Alvear Palace Hotel y a los pocos días fue recibido en la Casa Rosada por el entonces presidente Carlos Menem. Dada su fama, todo el tiempo estuvo custodiado por la SIDE.

Durante las dos semanas en las que pisó suelo argentino, Connery se dio tiempo para disfrutar, incluso practicando golf, una actividad que lo apasionaba y que cultivó en Marbella. Jugó tres veces y hasta se dio el lujo de tener un mano a mano triunfante frente a Roberto De Vicenzo, uno de los más destacados deportistas de la historia argentina que ganó 230 abiertos de golf y que también se consagró como campeón mundial representando al país en 1953.

El filme fue rodado en el Abasto antes de que fuera un shopping, y en los galpones de Puerto Madero antes de que se convirtiera en el barrio más caro de la Capital Federal. También en una unidad de la línea E de subte. El despliegue fue muy importante: en el puerto se montó una escenografía de 200 metros de largo en la que se reproducía la hipotética ciudad del futuro donde transcurría la historia. Un artículo de El País por aquel entonces recalcaba que, “de los 22 millones de dólares presupuestados para el rodaje de la película, unos 13 millones fueron a parar a manos de empresarios, técnicos y obreros argentinos que estaban desocupados”.

La secuela fue mal recibida por la crítica
La secuela fue mal recibida por la crítica

La misma nota comentaba que los actores estaban encantados con Argentina. "En Europa habría sido necesario recorrer cinco países para encontrar escenarios naturales. ¿En qué otro lugar existe un puerto como el de Buenos Aires, a dos pasos del centro de la ciudad, que permite construir un plató como éste?”, se preguntó Lambert.

Los planes, sin embargo, se complicaron. En todo el tiempo que duró la estadía en suelo argentino, la producción debió hacer frente a un sin número de dificultades: un tornado destruyó los decorados, un par de técnicos murieron en los preparativos de tomas, Sean Connery perseguía asistentes de producción y Christopher Lambert aprobaba en la noches de juerga el master de “porteño afrancesado”. Este último, además, perdió la falange de un dedo durante el rodaje.

El contexto económico tampoco ayudó mucho a una secuela que en ese entonces -sin que nadie lo imaginara- ya se encaminaba al precipicio. La hiperinflación hizo estragos en el presupuesto de la producción. El descontrol del dólar hizo que hizo que los costos se elevaran día a día y las filmaciones terminaron anticipadamente.

El resultado, al cabo, no fue el esperado. Highlander II: The Quickening (“Highlander II: duelo final”, en español) pasó por los cines sin pena ni gloria. Fue vapuleado por la crítica y marcó el inicio del descenso en la carrera de Lambert. La secuela destruyó todo lo que la original había logrado. Mismo elenco y director no fueron suficientes para replicar el éxito de la cinta original. Una de las mejores pruebas de aquel dicho que indica que las segundas partes nunca fueron buenas.

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