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“La música que escuchamos define a una persona”. Tras casi una hora de show, Andrés Calamaro frenó las canciones, solicitó mates a un asistente y comenzó así un monólogo de casi diez minutos que, a contramano de la temperatura óptima de los cimarrones que se estaba tomando, entibio lo que venía siendo un encuentro caliente.

Palabras más, palabras menos, celebró las diferencias políticas y teológicas entre las personas, agradeció a la protección dada por “héroes paganos” como el Gauchito Gil y Osvaldo Pugliese, aplicó conceptos de la tauromaquia a la dinámica de un recital de rock, recordó su debut sobre un escenario porteño en 1978 de la mano de Raíces y Beto Satragni, contó que en su último paso por Montevideo fue bendecido por Jaime Roos y Rubén Rada…

Hasta que puso un punto y aparte para introducir a “la segunda parte de este concierto, la más frívola”, que comenzó con el sabor cumbiero de “Tuyo siempre”, saltó con el pogo de “El salmón”, bailó la rumba flamenca del enganchado “La milonga del marinero y el capitán / Sin documentos” y tocó el cielo con las manos -como una chica subida a los hombros de su pareja- en “Paloma”. Así fue el calor.

De vuelta a la frase de Andrés sobre cómo lo que oímos nos caracteriza -casi sin querer, estuvo en línea con la masiva revelación de los rankings personales de Spotify que plagaron las redes en las últimas 48 horas-, la multitud que agotó cada localidad del Movistar Arena estaba ahí para oír a la banda sonora de su vida.

Calamaro es un artista transgeneracional, un héroe de la canción argentina forjado en el calor blanco de los locos e idealizados años 80s. Y que aún perdura porque sigue creando obra cautivante: ahí estuvieron las canciones de “Cargar la suerte”, su último álbum (2018), que fueron el tótem y lo mejor de la primera sección del recital. También fue la excusa que lo embarcó en una gira de unos treinta shows a través de España, Argentina, Bolivia, Paraguay, Brasil, Chile y Uruguay.

Artesanal y técnica, la banda que lo acompañó durante este largo viaje fue un promedio de sus dos formaciones previas -aquellas con las que tocó por última vez en la ciudad, hace tres años-: ya sin los lujos de Baltasar Comotto y Sergio Verdinelli, fueron Germán Wiedemer (piano eléctrico), Julián Kanevsky (guitarra), Martín Bruhn (batería) y Mariano Domínguez (bajo) los encargados de darle forma al repertorio junto a Andrés, dedicado exclusivamente al teclado y a su encantadora entonación.

Entonces, música. Calamaro rompió las métricas de sus versos y se reversionó casi a la usanza de Bob Dylan, mientras el coro popular lo siguió como si estuviera escuchando las grabaciones originales. En ese ida y vuelta, fue de manera indistinta de lo más añoso a lo más reciente para mostrar algunas de sus múltiples facetas.

Rocks con distorsión al frente (“Alta suciedad”, “Falso LV”) mezclados entre esos sabrosos mid-tempo llevados por cálidos punteos de guitarra (“Tránsito lento”) o que atraviesan el aire como una épica marcha increscendo (“Cuarteles de invierno”). Varios de esos pops redondos que parecen caérseles de los bolsillos, pero que cualquier artista daría más de una vida por escribir, al menos, medio (“Verdades afiladas”; “A los ojos”, de Los Rodríguez).

Hubo rarezas para los acérrimos, como la inicial “Vietnam” (especie de doble haiku originalmente grabado en 1989 junto a Fito Páez y Gustavo Cerati) y “All You Need is Pop”, de los agitados días de “El Salmón”. El folkie “leonino” sugerido en “Algún lugar encontraré” se dio las manos con la matera & cannábica “Diego Armando Canciones”, que incluyó un saludo al eterno 10 y fue dedicada tanto a Pity Álvarez (“No quiero dejar de saludar a mi amigo, que va a pasar otras navidades en la cárcel”) como a Hebe de Bonafini (“Ayer fue su cumpleaños, le mandamos un beso”).

Ojos illuminati, hojas de chala formando la bandera argentina, ventanillas de aviones hacia las nubes, multitudes descamisadas, el “Napoleón” Gallardo junto al Maradona de “Live is Life” y guiños cinéfilos, entre las cosas que sucedieron en las “pantallas peronistas” de Vicente Linares, vj de Calamaro. El cantante explicó: “Además de mis canciones, estas visuales son parte de mi discurso”.

Eso terminó de quedar de relieve en dos momentos sobre el final de la noche: en “Los chicos” -que enhebró en un medley fragmentos de “Smells Like Teen Spirit” (Nirvana) y “De música ligera” (Soda Stereo)-, con dedicatorias a Carlos Gardel, Aníbal Troilo, Luca Prodan, Adrián Otero, Pappo, Luis Alberto Spinetta y Gustavo Cerati, entre otros “amigos que se fueron antes que yo”. Luego, en la definitiva “Flaca” con la luna y el sol flotando sobre la vía láctea, resaltando el carácter “universal” de ese entrañable, emotivo e inoxidable hit. El eco del “ooohhh, ooohhh-oooh” envolvió a los músicos y le sacó una última sonrisa a Calamaro, satisfecho con la faena.