Susana Esmoris siempre sintió nostalgia por ciertas vivencias que marcaron su infancia. A menudo rememoraba la época en la que el lechero iba hasta su casa, dejaba la mercadería y recogía las monedas que su madre había dejado en el patio debajo de la jarra. El tiempo en el que las puertas de su casa quedaban abiertas todo el día.

Su añoranza se fue profundizando a medida que la vida y los barrios se fueron llenando de llaves, candados, rejas, alarmas y cámaras de seguridad. Pero lo que más le dolía a Susana era ir descubriendo cómo se depreciaba la solidaridad, el amor y el respeto por el prójimo.

La vida fue generosa con ella más allá de su infancia. Con Hugo, su esposo fallecido hace unos años, montaron de muy jóvenes una carpintería pequeña que con el tiempo se convertiría en una gran fábrica de muebles con muchos empleados y buenas ganancias. En un momento era toda una empresaria exitosa.

Susana Esmoris y Carolina Prat
Susana Esmoris y Carolina Prat

Pero en los años 90 la tristeza llamó a su puerta y un estudio clínico reveló que su hermano había contraído el virus del HIV, razón por la cual había que internarlo en el Hospital Muñiz. Fue muy duro. En una de sus visitas habituales a quien, además, se había convertido en su mano derecha en la fábrica, conoció a un niño de nueve años cuya madre también padecía el virus.

Esa mamá le pidió ayuda para poder atender al menor y ella no lo dudó: decidió hacerse cargo. Sería esa la acción que cambiaría su vida para siempre.

"Yo me sentía una empresaria exitosa, tenía 40 obreros en mi fábrica, vivíamos con mi marido en una casa grande. Y la vida me puso ante una circunstancia que me llevó a comprometerme. Sentí que me tenía que llevar a ese chico y así lo hice", rememora.

Camino abierto se convirtió en una granja orgánica
Camino abierto se convirtió en una granja orgánica

Poco tiempo después Susana decidió dejarlo todo y construir un hogar para chicos. "Decidí que todo ese potencial que ponía en mi empresa, lo iba a poner en otro proyecto", asegura. Así fue como vendió su empresa, hipotecó su casa, sacó un crédito y compró un terreno en Carlos Keen, un pueblito rural a 14 kilómetros de Luján. Allí creó la fundación "Camino Abierto".

Algo de su recordada infancia feliz reapareció al pisar las calles de aquel paraje. "Cuando vi este lugar sentí que tenía que ser acá: un pueblito chico, sin peligros, los chicos podrían salir al pueblo, jugar a la pelota", señala.

Al principio cobijaba a unos pocos niños pero luego fue recibiendo a muchos chicos que derivaban los juzgados de menores. Para poder solventar los costos Susana decidió aplicar todos sus talentos y conocimientos como emprendedora: abrió un restaurante que, como no podía ser de otra manera, también sería un éxito. Durante años todo fue amor, solidaridad y sacrificio.

Guillermo Andino en el restaurante
Guillermo Andino en el restaurante

Sin embargo el tiempo fue cambiando muchas cosas. Su hermano había fallecido. Muchos años después, sobrevino la pérdida de su esposo Hugo. Aquellos que eran niños en los 90 también habían cambiado: ya eran hombres y mujeres que se habían abierto camino merced al cariño recibido en aquel hogar que Susana había montado.

Aquellos que eran niños en los 90 también habían cambiado: ya eran hombres y mujeres que se habían abierto camino merced al cariño recibido en aquel hogar que Susana había montado
Aquellos que eran niños en los 90 también habían cambiado: ya eran hombres y mujeres que se habían abierto camino merced al cariño recibido en aquel hogar que Susana había montado

Todo siguió cambiando. Camino Abierto hace tiempo que ya no recibe niños. En cambio el restaurante y la granja orgánica que se anexó a éste, continúan su exitosa marcha.

En todos estos años Susana obtuvo muchos premios y reconocimientos, entre ellos el del Senado de la Nación como "defensora de la niñez". Cierta vez llegó a estar entre las 10 postulantes del famoso galardón "La mujer del año".

Tranquilidad, comida orgánica y solidaridad
Tranquilidad, comida orgánica y solidaridad

Fue elegida por cineastas de Estados Unidos para filmar el documental "Abriendo los ojos" porque consideraron al suyo como uno de los proyectos modelo que servían para mejorar el mundo.

Hoy Susana se considera una mujer que hace lo que le gusta. Que desarrolla a pleno sus capacidades y que sigue formando a chicos y a jóvenes en su granja y su restaurante.

Y dice ser muy feliz: "Río mucho, bailo tango y vivo el aquí y ahora muy intensamente", afirma sonriente.

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