La calle Bernardo de Irigoyen al 1500, donde comenzaron los abusos. (Street View)
La calle Bernardo de Irigoyen al 1500, donde comenzaron los abusos. (Street View)

El jueves 9 de marzo, el Tribunal Oral de Menores N°1 de la Capital Federal firmó el fallo y cerró la historia. J.D.S, porteño, hoy de 27 años, comparecía por delitos gravísimos que había cometido años atrás, según la imputación en su contra: abusar de su propia hermana menor mientras él también era un menor de edad. Lo hizo, supuestamente, durante más de 5 años, desde 2009, cuando ella tenía apenas 12 años, hasta 2014, cuando ella ya tenía 16, primero en un departamento con el que vivían con sus padres en la calle Irigoyen en Constitución, luego en las torres de la calle Lacarra, cerca del viejo Parque de la Ciudad en Villa Soldati. J. No lo hizo solo. Su hermano mayor, B., fue el primero en abusar de ella, tres años antes, cuando tenía 9.

Los 7 años de ataques, dijeron los jueces, la hirieron para siempre. La imputación contra J. y su hermano fue larga en el papel: “abuso sexual gravemente ultrajante por haber provocado un grave daño en la salud mental de la víctima, y a su vez, por haber sido cometido contra una persona menor de dieciocho años de edad, aprovechando la situación de convivencia preexistente con la misma y por su condición de hermanos, en concurso ideal con corrupción de menores”, dice la calificación completa.

Para B., el hermano mayor, la historia estaba cerrada hace tiempo. El mismo Tribunal, integrado por los jueces Jorge Apolo, María Rosa Cassara y Roberto Durán, le dictó tres años en suspenso en octubre de 2017. Le impusieron un tratamiento y que se abstuviera de acercarse a su víctima. Varios de los abusos fueron cometidos cuando B. tenía 14 años, lo que para esos hechos lo volvía inimputable directamente por su edad.

Tres años después, el mismo Tribunal integrado ahora por Apolo, Cassara y Fernando Pisano, decidió la suerte de J. Qué pasaba en su mente era la preocupación principal. Su defensor oficial había pedido que se le realice un amplio examen psíquico para determinar si J. podía enfrentar un juicio o no. Dos psiquiátras lo analizaron y concluyeron: “estado paranoide”, “cuadro mixto compatible con trastorno límite de la personalidad", “retraso madurativo leve”, “debilidad mental”. Consideraron que no debía atravesar un proceso penal, sino un tratamiento.

Así, los jueces resolvieron sobreseerlo: lo consideraron no punible, inimputable.

Mientras tanto, la causa y el daño quedan en la memoria. La vieja a condena B. detalla todo, principalmente, el testimonio de la hermana, la víctima, sus dichos en Cámara Gesell.

Allí, contó cómo su hermano comenzó a lanzarse sobre ella en su cuarto, cuando J. tenía 14 y ella 9. Habría intentado violarla por última vez cuando él ya había cumplido 21, cuando la lanzó contra la pared en el cuarto de la madre y trató de forzarla: desistió cuando oyó la puerta de entrada abrirse. Era su propia pareja la que entraba, la madre de su hija.

J. la atacaba de formas similares: se lanzaba sobre ella, se frotaba. La aterraban para que se callara y que no contara. J. decía que si lo hacía se suicidaría con un trago de lavandina pura. No lo dijo una sola vez, sino muchas. Su hermano directamente le decía que si hablaba iba a arruinar a la familia entera.

Lo advirtieron primero en su escuela, en 2014, cuando los abusos todavía ocurrían. La vieron agresiva, huraña. Así, la enviaron al servicio de psicología del Hospital Ramos Mejía. Comenzó un tratamiento. Fue allí donde habló de lo que le pasaba. Y así comenzó la causa, con una denuncia. La joven le dijo a sus terapeutas que se sentía “aliviada” de que existiera una causa.

A B. lo detuvieron y lo indagaron. “Reconoció que todo había comenzado como un juego, negando haberla penetrado, manifestando un asentir de su hermana al mismo tiempo que se situó en los hechos cuando era menor de edad, negando haberse acercado a ella una vez que comenzó una relación sentimental con la que fuera la madre de su hija, cuando tenía diecisiete años”, asegura la condena en su contra. Es decir, lo admitió: dijo que su víctima le había dicho “que siempre iba a estar con él”.

Su defensor oficial habló en su alegato de “una relación consensuada, existiendo quizás un acuerdo tácito entre ambos".

Lacarra al 3500, donde los abusos continuaron.
Lacarra al 3500, donde los abusos continuaron.

Todo, aseguró una tía que declaró en la causa original, tenía una explicación, según ella: el padre de los acusados y la víctima, un hombre violento, un golpeador que sometía a su mujer y que forzaba a sus hijos a ver películas porno. El padre había decidido, por ejemplo, que B. y su hermana compartieran la misma cama. Compartieron el colchón en Villa Soldati, en una cama cucheta. "Cuando ya era más grande, en mi cumpleaños número catorce, B. me dijo que tenía novia, que salía con alguien y que me iba a dejar en paz. Fue un mentiroso. Hasta que cumplí dieciséis no paró”, declaró la víctima en el juicio. Su hermano J., continuó ella, siguió con el abuso.

Dijo también que “odiaba ir al ginecólogo”. Cuando tenía 14, "una ginecóloga me preguntó si yo tenía relaciones y le contesté que no. A los catorce con B. ya estaba. Le mentí a la ginecóloga. No quería que nadie se enterara ni que le contaran a mi mamá, menos así”.

Sin embargo, el término “acceso carnal” no fue parte de la imputación. “Si bien la víctima mencionó que durante su convivencia con su hermano B.N.S., fue accedida carnalmente por éste, lo cierto es que ello no fue acreditado en esta instancia, pues la descripción que realiza de tales sucesos (dolor, asco, líquido blanco en las piernas pero no dentro de su cuerpo, enrojecimiento y ardor en su zona vaginal) no resultan inequívocos para tener la certeza de que se produjera acceso carnal, o que ese fuera el propósito del encausado, máxime si se tiene en cuenta que las constancias de la historia clínica, que corren por cuerda, los dichos de la médica ginecóloga y el dictamen del Cuerpo Médico Forense dan cuenta de lo contrario”, dice la condena a B.

El padre declaró también en el juicio. Dijo que no le había enseñado a sus hijos “eso”.

Seguí leyendo: