Siete años después, el marino argentino de Greenpeace que estuvo dos meses preso en Rusia recuerda la pesadilla

Hernán Pérez Orsi es uno de los dos activistas argentinos del Arctic Sunrise. El 23 de septiembre de 2013, junto a Camila Speziale, fue detenido a bordo y remolcado hasta el puerto de Munmarsk, acusado de piratería. El frío en la cárcel, la fe como sostén, la lectura, los aprendizajes y ¿volvió a encarar una misión en alta mar?

Hernán pasó dos meses preso, primero en Munmarsk y después en San Petersburgo. (Greenpeace)
Hernán pasó dos meses preso, primero en Munmarsk y después en San Petersburgo. (Greenpeace)

“Manoteé un libro de la biblioteca para matar el tiempo mientras declarábamos. Se suponía que volveríamos al barco en tres horas y, como mucho, nos deportarían”, cuenta Hernán Pérez Orsi (47) a siete años de aquel 23 de septiembre de 2013 cuando quedó detenido en Munmarsk, Rusia.

“Agarré El arte de viajar, de Manuel Mujica Láinez. ¡Hermoso! Si algún día vas presa, llévate un libro de viajes”, me sugiere hoy, entre risas, desde su casa del barrio Zacagnini, en Mar del Plata. Ahí vive, creció y se enamoró del mar para formarse como piloto de ultramar y ser parte de Greenpeace.

Arctic Sunrise, el buque de Greenpeace.
Arctic Sunrise, el buque de Greenpeace.

Es la misma casa dónde lo visité a fines de diciembre del 2013, cuando llegó de Rusia después dos meses detenido, acusado de piratería y vandalismo. Me contó que estaba esperando su segundo hijo y que desde la cárcel le propuso casamiento a quien hoy es su esposa.

Yo había volado a San Petersburgo para entrevistarlo un mes antes; dos días después de que le dieran la libertad bajo fianza. Estaba con su mujer, Margarita (46, psicóloga) y con Julia, su beba de un año. Sostenía un Rosario de tela y fósforos que le confiscaron dos veces y recuperó. “Sí, claro que lo conservo”, me cuenta hoy.

En ese entonces, en el lobby del hotel, hablamos de las pesadillas en la celda, del frío de los primeros días y de las implicancias de no ver el sol.

Los argentinos: Camila Speziale, que en ese entonces tenía 21 años, y Hernán Pérez Orsi, que tenía 40.
Los argentinos: Camila Speziale, que en ese entonces tenía 21 años, y Hernán Pérez Orsi, que tenía 40.

Siete años después, Hernán es papá de Juan y Jerónimo, de 6 y 3 años, además de Julia, de 8. Margarita sigue siempre a su lado. “Trabajo de lo mismo y me preocupan las mismas problemáticas: la explotación petrolera off shore. Últimamente me embarco menos o en misiones más cortas, pero estoy igual de comprometido que en esa época. Ya no tengo tanto tiempo para leer. Siempre digo que para leer todo lo que quisiera, ¡tendría que ir preso de nuevo!”, ríe para descomprimir y que el aire gélido de las noches en Rusia no entristezca el relato.

–Te hacía bien leer…

Era un momento de escape total. Leía de todo. Porque al principio, además del libro de Mujica Láinez, tenía 1984, de Orson Welles. Lo había manoteado Anthony, el galés. A las apuradas, vio los números y pensó que estaría en inglés. Mientras hacíamos la fila para declarar, se dio cuenta que estaba en español y me lo dio. Así que yo tenía dos libros. ¡Era un afortunado! Me los devoré. Más adelante, cuando pasaba el carrito con los libros me decían que se podían agarrar tres y yo agarraba seis. Por suerte había libros en inglés. Leí también Zapatos italianos, de Henning Mankell, que donó un chico de soporte de Greenpeace. Y The house of de dead and the gambler, de Fyodor Dostoevsky, que me lo llevó mi traductora. Además, tenía una biblia que me regaló un cura polaco que hablaba algo de español.

–Me quedé pensando en el libro de viajes… Muy gráfico.

–Tal cual. Me lo traje. ¡No lo devolví a la biblioteca del barco! A ver si lo tengo acá… Sí acá está. Me despejaba la cabeza. Habla de Londres, Grecia... Y hay más. Cuando hace referencia a las islas griegas, en un pasaje Mujica Láinez dice: “Me recuerda los cielos felices de Mar del Plata”. ¡Imaginate! Me tele trasportaba. Lo leía una y otra vez, con la luz bajita que había de noche. Hoy no podría por mi presbicia… Me acuerdo y me emociono. Ahora que lo miro, tengo anotaciones. Marqué las celdas de mis compañeros: “Alex, 219. Cami, 218”. Al principio no tenía anotador, ni nada. Acá veo que además escribí el alfabeto ruso. Siempre me gustaron los idiomas y aquella era una oportunidad de aprender.

–Y la Biblia, ¿siempre fuiste una persona de fe?

–Soy espiritual. Creo que todos los que tenemos vida espiritual en los momentos de crisis la fortalecemos. Fui criado católico y por eso tendí ese puente con mi interior. Puedo valorar lo que vivo.

LA VÍSPERA

Todo empezó cuando Greenpeace, a bordo del Arctic Sunrise, emprendió una acción en el Mar de Pechora para denunciar la explotación petrolera en el mar. Viajaban 30 tripulantes de 18 países. Entre ellos, dos argentinos, Hernán Pérez Orsi y Camila Speziale, de 21 años. “Las fuerzas especiales hicieron el abordaje el 19 de septiembre. Ya venían amenazándonos con cañonazos. Bajaron en helicópteros, nos secuestraron los teléfonos, dispositivos y cortaron la radio. Quedamos incomunicados. Nos remolcaron hasta el puerto de Munmarsk durante cuatro días", relata Hernán.

Los activistas, en plena misión, en el mar de Pechora, al noroeste de Rusia. (Greenpeace)
Los activistas, en plena misión, en el mar de Pechora, al noroeste de Rusia. (Greenpeace)

"El 23 empezó el proceso administrativo. Allí nos encontramos con las autoridades locales y con el cónsul argentino. Se suponía, según le habían dicho, que declarábamos, volvíamos al barco a buscar nuestras cosas y nos deportaban. El consulado se haría cargo de la repatriación. ¡Nos metieron a todos un gran verso! Tenían todo orquestado para acusarnos de piratería y darnos prisión preventiva. En Rusia no había una justicia independiente”, rememora Hernán.

“Por eso bajé del barco con lo puesto –campera, buzo, gorrito, pantalón y las zapatillas–, una botella de agua y el libro. Empezaba el otoño… Los primeros días pasé mucho frío preso. Me envolvía en una frazada y tomaba tecito. Después el consulado y Greenpeace me llevaron abrigo”, agrega.

El 19 de septiembre, cuando fueron abordados en el buque por las fuerzas de seguridad rusas. (Greenpeace)
El 19 de septiembre, cuando fueron abordados en el buque por las fuerzas de seguridad rusas. (Greenpeace)

–¿Cuándo y cómo te diste cuenta que no sería sólo un rato declarando?

Cuando me leyeron los cargos de piratería –que negué–, me esposaron y me llevaron a una celda común. Me metían un cargo penal serio que era plausible de prisión preventiva. Pero hasta ahí, todo era con la policía. A los dos días teníamos una audiencia con un juez. Pensé que sería justo… Pero mis compañeros declaraban y cuando salían, nos gritaban a los que esperábamos en las celdas: “¡Nos están dando preventiva a todos!”. Fue un sacudón.

Los 30 del Ártico, ya abordados e incomunicados, en el comedor del barco, mientras los remolcaban a puerto para detenerlos.
Los 30 del Ártico, ya abordados e incomunicados, en el comedor del barco, mientras los remolcaban a puerto para detenerlos.

–¿Cuál dirías que fue el momento más difícil?

–El rechazo de la apelación de la preventiva, a mediados de octubre. Estábamos todavía en la primera cárcel, en Munmarsk. Teníamos una única certeza: íbamos a pasar presos todo el proceso. Otro momento duro fue, ya trasladados a San Petersburgo, cuando empezaron las audiencias y a los rusos les daban domiciliaria, pero a Colin, que era australiano, le dieron tres meses más. Pensé que así iba a ser con todos los extranjeros. Fue una sorpresa cuando la jueza determinó la domiciliaria para mí. Es decir, que, en general, los momentos más duros tuvieron que ver con la incertidumbre. No saber si voy a salir, ni cuando. Si me condenaban a dos años, yo me organizaba: establecía una rutina y sobrevivía… Pero no saber qué va a pasar es muy duro.

Durante la declaración en la audiencia antes de que lo liberen, en San Petersburgo. (Greenpeace)
Durante la declaración en la audiencia antes de que lo liberen, en San Petersburgo. (Greenpeace)

–¿En qué ponías tus esperanzas?

Tenía fe en la amnistía. A esa altura nos habían cambiado los cargos de piratería a vandalismo… Podría aplicarse una amnistía. Los abogados y Greenpeace eran cautos. Pero yo tenía que ponerle fichas a algo. Por ahí pasaba mi motivación… En aquel momento nadie tenía la percepción que tenemos ahora de lo que es el régimen de Vladimir Putin. En ese entonces, él era parte del G8 y estaba en coqueteo con Europa y con Latinoamérica. Mostraba una cara que nunca tuvo. Después le cerró el gasoducto a Alemania, empezó la escalada verbal con Estados Unidos y la crisis con Ucrania… Hasta ese entonces, se mostraba como un líder positivo con buenos aliados geopolíticos.

APRENDIZAJE

Desde su casa en Mar del Plata, Hernán trabaja remoto para la oficina de Greenpeace que incluye a Colombia y Chile, además de Argentina. “Siempre ligado al agua”, me aclara. “Apoyo todas las acciones vinculadas a los mares en los tres países. Ahora, de hecho, estamos atentos a la explotación petrolera off shore. Igual que en el 2013, en Rusia… Después de eso, participé de varias misiones por el mismo tema en Canadá, Estados Unidos y Australia. Estuve también en Chile, en la zona de Magallanes, dónde tenemos una campaña fuerte por la salmonicultura. El salmón de criadero es un producto lleno de colorantes, colágeno y soja trangénica que se cría en el mar en condiciones de hacinamiento. Son bichos del Atlántico de Noruega que llegan al Pacífico dónde la colonia de bacterias es otra. Les dan todo tipo de antibióticos. Y dejan el mar hecho un chiquero… El fondo marino no puede soportar esa terrible carga. Es una problemática muy grande”, asegura.

Junto al buque Esperanza, en una de las otras tantas misiones de las que participó Hernán.
Junto al buque Esperanza, en una de las otras tantas misiones de las que participó Hernán.

–¿No sentís miedo cuando volvés a encarar una misión?

–No, la experiencia te marca un proceder. Siempre vas a tener en cuenta lo que viviste. Lo comparto con mis compañeros para evaluar las situaciones y tomar decisiones. Trasmito los aprendizajes para que lo que vivimos no sea simplemente una anécdota.

–¿Qué significa para vos ser un hombre de mar?

–En el agua tenés otro modo de vida. Te generan satisfacción cosas que en tierra no valorás. El mar cambia la percepción del tiempo y del entorno. De todas maneras, ahora, con Internet a bordo, todo eso cambió bastante… Cuando yo empecé, hace 25 años, embarcarse era otra cosa.

–¿Hablás con Julia de lo que pasó en Rusia?

–Cuando llegan las fechas, rememoramos y repasamos fotos. Julia tiene memoria reconstruida. Sabe que conoció la nieve en Rusia cuando tenía un año.

Después de dos meses, la libertad bajo fianza, y la foto de Julia. (Greenpeace)
Después de dos meses, la libertad bajo fianza, y la foto de Julia. (Greenpeace)

–¿Qué contacto tenés con tus compañeros de Greenpeace que fueron detenidos con vos?

–Mucho. Con varios me cruzo por trabajo. El año pasado, en noviembre, hicimos una campaña en áreas marinas protegidas en alta mar y varios de la tripulación eran compañeros de la experiencia en Rusia. Siempre es lindo encontrase y charlar.

–¿Con Camila?

–Sí. Hablamos cada tanto. Está viviendo afuera.

El abrazo con Camila, ya libres, en las calles de San Petersburgo. (Greenpeace)
El abrazo con Camila, ya libres, en las calles de San Petersburgo. (Greenpeace)

–Y ¿con tus compañeros de celda?

–Intercambio mensajes por redes sociales. Con el que más contacto tengo es con un compañero ruso de Munmarsk. Es con quien más tiempo pasé. Él quería aprender inglés y yo, ruso. Así que establecimos una forma de comunicación. Salió un año y medio después que yo. Lo declararon inocente. Estuvo preso injustamente. Como yo. Nos unía esa misma sensación de injusticia... Estábamos a merced de un sistema que permite que eso pase. Yo tenía más esperanzas que él. Por suerte, finalmente, hubo justicia.

–¿Te cansa hablar del tema Rusia?

–No me molesta. Ahora me preguntan menos que antes. Pero no me incomoda para nada. Ya pasó.

A Hernán lo habían acusado de piratería y vandalismo. (Greenpeace)
A Hernán lo habían acusado de piratería y vandalismo. (Greenpeace)

–¿Volverías a Rusia?

–No me deja la organización. El proceso legal terminó y está cerrado desde mediados de 2014. Podría... Pero ha habido cosas con colegas Arctic 30 –"los 30 del Ártico"– que no la pasaron bien... Como Denis, el fotógrafo ruso, que estaba acreditado para el Mundial y no lo dejaron entrar a la cancha por que había estado acusado de vandalismo. O al cocinero ucraniano, Faiza Oulahsen, que tenía un cambio de vuelo que incluía una escala en Moscú, lo interrogaron en una oficina y la pasó mal. Por trabajo, no me van a mandar. Y de vacaciones, no iría… ¡definitivamente no! Antes tengo una lista con muchos otros lugares pendientes.

–A siete años, y con todo más digerido que cuando te vi a dos días de la liberación o al mes, en tu casa de Mar del Plata, ¿en qué cambiaste después de Rusia?

Soy esencialmente el mismo, pero me permito estar más en contacto con mis emociones. Ya no careteo nada. Antes me adaptaba y era más formal. Ahora si algo no me interesa o no me gusta, no pierdo el tiempo. Soy más abierto a demostrar lo que me pasa. Y no me conformo. Por eso continué con mi laburo. Lo de Rusia fue una trompada que me hizo mirar de costado, pero que me enseñó a levantar mejor la guardia. No me sacó de la pelea. Es una piña que, de ese lado, no me la van a volver a pegar.

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