Así despidieron a un recuperado de coronavirus en el hospital de San Andrés de Giles

Jorge Ferretti aguardaba en la sala de espera del hospital cuando borró todas las fotos del crucero. Fue un arrebato inspirado en el más puro instinto, una decisión irascible que obedecía a una razón: su mujer estaba internada en terapia intensiva con insuficiencia respiratoria.

El coronavirus no le había dado tregua desde su llegada al país. Habían regresado de un viaje de placer por Punta Cana, República Dominicana. Ahorraron seis meses para, con 67 años los dos, embarcarse en un paseo por playas paradisíacas. Elizabeth, su esposa, no sobrevivió al virus. Él sí. Y cuando lo hizo, el cuerpo médico y de enfermería lo celebraron con una ovación.

Su egreso del Hospital Municipal de San Andrés de Giles convocó a decenas de personas. De remera negra, pantalón rojo y zapatillas oscuras, con barbijo y guantes, llevaba su bolso en la mano izquierda y su teléfono celular preparado en la mano derecha. Quería conservar ese momento porque sabía que habían preparado una despedida especial. Jorge puso la cámara pero se olvidó de apretar “rec”. Durante su despedida creerá que estará filmando, pero no. Para su fortuna, hubo otros que documentaron su alta médica.

“¿Tenés todo bien? ¿Qué te falta?”, le preguntó una enfermera. “No te vayas a olvidar el celular”, le advirtió quien filmó su retirada. Antes, una foto para el recuerdo con dos enfermeras. Le preguntaron, también, si se animaba a irse caminando hasta la ambulancia o si prefería que le trajeran una silla. “Jorge, cuidate mucho. No andes por la calle”, le recordó, sentida, otra enfermera. Mientras agradecía con timidez y creía estar filmando el instante, Jorge se dirigía de regreso a su casa. Había llegado al hospital dos semanas atrás con su esposa. Volvía solo y acompañado por aplausos.

Antes me preguntaron:'¿A usted lo incomoda que lo aplaudamos cuando salga?'. ‘No, al contrario’, les dije. Si yo me sentía más agradecido por lo que habían hecho ellos. El que quería aplaudirlos a ellos era yo -relató en diálogo con Infobae-. No tengo palabras para agradecerles a las enfermeras y al grupo de médicos. Nos atendieron muy bien, de primera. Se preocuparon muchísimo por nosotros, no hubo otra forma. Hicieron todo lo mejor para que saliéramos adelante. Yo pude salir y mi mujer no".

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Un equipo de seis enfermeras se dedicaron a atenderlo a él y a su pareja. Un día después de haber recibido el alta, dos profesionales ya lo habían llamado para preguntarle cómo estaba, cómo se sentía y para recordarle que mantenga los espacios ventilados, para que lave su ropa y desinfecte su hogar. Hacía un mes que su casa estaba deshabitada: a las dos semanas de reclusión en el hospital debían agregarse los catorce días de sus vacaciones.

Jorge está seguro que ambos se contagiaron de coronavirus en el crucero. Salieron desde Buenos Aires el 29 de febrero cuando en Argentina no había infectados y España no registraba ninguna muerte a causa del Covid-19. Dos días en Punta Cana y después diez días arriba de un crucero que los depositaba en cinco islas del oasis dominicano. “Por suerte no hay ningún chino en el crucero”, le dijo su esposa: el coronavirus era, por entonces, un problema de asiáticos.

El viernes 13 de marzo por la madrugada, cuando regresaron al país, la situación era otra. Durante el vuelo, Elizabeth ya presentaba los primeros síntomas. Cumplieron con las medidas de aislamiento de entonces, Se recluyeron en su casa. Por poco tiempo: a las cuatro de la mañana de ese mismo viernes, la mujer tenía 40 grados de fiebre.

Por la mañana, una ambulancia la trasladó al Hospital Municipal de San Andrés de Giles. Estuvo cuatro días con fiebre alta. El lunes, Jorge empezó a levantar temperatura. Los reactivos le dieron positivo por coronavirus a ambos. Los pusieron en piezas separadas y les asignaron una dotación de seis enfermeras. Les realizaron las mismas curaciones, el mismo tratamiento. Jorge evidenció mejorías. Elizabeth empeoró: sus pulmones empezaron a fallar. La entubaron, con suero pudieron regularle la fiebre y la derivaron a terapia intensiva. Y ya no pudo hablar nunca más con su esposo.

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Elizabeth murió el sábado 21 de marzo a las 6:30 de la mañana por una falla multiorgánica. Fue la cuarta víctima fatal de coronavirus en el país. Tenía antecedentes de enfermedades respiratorias: había padecido una neumonía severa en su juventud y una más leve hace cuatro años. “Era una mujer resistente. Pero atravesó muy mal la enfermedad, nunca pudieron bajarle la fiebre. Sufrió mucho esa semana de internación”, recordó su esposo.

“En el crucero había un montón de italianos y de españoles -dijo Jorge-. Y los dos tuvimos mucho contacto con ellos. Con los españoles porque lógicamente nos unía el idioma, pero hasta alcanzamos a conversar con tres parejas que provenían del norte de Italia”. Cuando tuvo tiempo, ingresó a los grupos de redes sociales que habían compartido el mismo viaje. Notó, con un sabor amargo, que no eran los únicos que se habían contagiado de coronavirus.

"Ahora me tengo que quedar en mi casa. No tengo que volver más al hospital. Me hicieron dos hisopados nuevos que seguramente me darán negativo. Ahora estoy solo en casa, limpiando y ordenando", confesó. Sus dos hijos lo ayudan con los mandados y las urgencias. En su memoria, intenta borrar las escenas de una vacaciones con final traumático. En la memoria de su celular, ya no quedan rezagos de aquel crucero.

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