En su departamento de Charcas y Gallo, Nikki Ortiz Castellano se lookea acompañada por Lean, Nati y Maca. “Soy una persona trans privilegiada en muchos aspectos. Tengo un passing privilege: me ves en la calle y por ahí no decís: ‘es trans’. Cumplo con los requisitos que demanda una sociedad patriarcal”, asegura mientras fuma un cigarrillo en la ventana de su departamento de techos altos y ventanas eternas. Son las tres de la tarde y el sábado se anticipa festivo.

“Me llamo Nicole. Tengo 28 años. Soy y vivo en Barrio Norte, Capital Federal. Trabajo como productora de moda y hago relaciones públicas. Mi escuela fue Tramando. Mi mentor: Martín Churba”, agrega para presentarse, minutos antes de que Lean empiece a bordarle el dobladillo del pantalón que lucirá en la Marcha del Orgullo. Es un diseño de Jazmín Chebar que la firma le regaló. “Me gusta que las marcas se sumen a comunicar con nosotros. Algunos van a decir que es marketing. No me importa. Que suceda. Mientras el mensaje esté”, señala con la clara intención de enseñar desde su experiencia.

“Nikki empezó desde que nací”, apunta al ser consultada sobre el proceso de descubrir su identidad. “El género debería ser revelado por cada persona. No por otros. Los padres pueden saber cómo es la genitalidad de sus hijes, pero no si es varón o es mujer. Una cosa no tiene mucho que ver con la otra. Yo más que descubrirme me revelé”, asegura Nikki.

Nikki tiene 28 años, se cambió el documento en el 2013 y entró al mundo de la moda gracias a su mentor, Martín Churba
Nikki tiene 28 años, se cambió el documento en el 2013 y entró al mundo de la moda gracias a su mentor, Martín Churba

Fue a los 13 años, cuando dejé de ir al colegio San Martín de Tours, que es católico y muy elitista. Es irónico, porque por un lado pertenecía, pero por el otro no: era un colegio de varones”, relata y le pone comillas a la última palabra porque “no saben lo que son”. Entonces sigue: “Yo no parecía un varón. Tuve un desarrollo hormonal bastante particular porque no tomaba ni inhibidores de testosterona, ni estrógenos. Era la más flaquita de la clase y tenía la voz aguda. Empecé a rendir libre los últimos años y me anoté en cursos de maquillaje. Pero el colegio no era el único problema, sino ese mundo elitista. Trataba de pasar por hombre gay. Que fuera homosexual estaba mal visto, pero que fuera mujer no era una posibilidad. Era inconcebible. ¡Como cuestionar la respiración! Me sentía muy observada. Vivía en un circulo que me traumó muchísimo. Y me encerré”.

Con un vaso de gaseosa light en la mano derecha, mientras sus amigas le planchan el pelo, Nikki no parece estar totalmente convencida de querer contar su historia, pero sí de explicar ciertos principios básicos de cómo se siente alguien de la comunidad LGTBI+. “Los medios de comunicación son un desastre, en general. Nadie transmite la información que tiene que transmitir”, apunta, pero de todas maneras se anima y cuenta su experiencia. Y, después de que nos subimos a un taxi y llegamos a la marcha, posa para las fotos, mira a cámara y sonríe cuando lo que queda de sol le ilumina la cara.

Son las seis de la tarde y Nikki baila durante el desfile con Nati y Lean, que junto a Emi fueron esos amigos que la salvaron.
Son las seis de la tarde y Nikki baila durante el desfile con Nati y Lean, que junto a Emi fueron esos amigos que la salvaron.

-¿Quién te ayudó en este camino?

-Busqué información. Nací en el año 1991… ¡Hace un montón! Sobreviví, básicamente. Porque los psiquiatras me sobremedicaban. Vi a más de treinta. Me sentía atrapada. No podía expresarme. Hasta que encontré a mi psicólogo, Mariano, justo antes de operarme. Porque yo decidí hacerme una vaginoplastía. Ahí vi el mundo de otra manera.

-¿Cuándo te hiciste las cirugías?

-No hay que dar por sentado que por ser trans uno se hace muchas cirugías. Hablé de la vaginoplastía, que me permitió sentirme libre, pero eso no tiene que ver sólo con mi identidad de género, sino con mi identidad sexual. La mía era vaginal, entonces la vaginoplastía me liberó. Las dos estaban vinculadas. Pero hay que entender que la identidad de género no pasa por el pene o la vagina. Hablar en términos binarios atrasa. Hay gente intersex. Además, siendo trans te asocian al trabajo sexual. Yo no soy feminista abolicionista, pero igual. Conozco los prejuicios que tienen con nosotras. Tenés que cuidar hasta el color del rouge que usás en los labios.

-¿Tu familia te acompañó en el proceso?

-Hoy me siento apoyada por mi madre. Me gusta ver cuando una persona que tenía un pensamiento distinto, lo cambia. Lo malo es quedarse en la ignorancia, no ser ignorante en algún momento. Yo no me creo la persona más reconstruida del mundo. De todas maneras, entender la igualdad no pasa sólo por un abrazo. Y tengo una hermana que es ocho años más chica que yo y es militante feminista. Tenemos una linda relación. Y el padre de mi hermana me ayudó mucho también. Crecí con él. Después hay una familia de amigos que elegí.

-¿Cuánto estuvieron tus amigos?

-Sin mis amigues yo hoy no existiría. Emilio, que hoy no vino acá, estuvo desde el principio. Él me presentó a Lean, que me ayudó a crear el look de hoy y está siempre conmigo. Además tengo a Nati, que me conoce desde la adolescencia. Y acá vino con su amiga, Maca. Es gente que cuento con los dedos de las manos. Gracias a ellos estoy viva…

-¿En el sentido literal?

-Tuve un intento de suicidio. A pesar de los privilegios, no estoy exenta de las estadísticas. Fue a mis 19 años, cuando estaba abriéndome. Estaba totalmente sobre medicada. Era todo un ir y venir. Tenés miedo de que te rechace gente que querés. Sentís que lo perdés todo.

Nikki participó de la marcha otras veces, pero esta es la primera que va con la bandera del orgullo
Nikki participó de la marcha otras veces, pero esta es la primera que va con la bandera del orgullo

-En algunos aspectos me decías que sos una privilegiada…

-Mi familia me ayudó mucho a nivel económico. Mi madre me regaló este departamento. Por eso lo digo. Las estadísticas dicen que en Latinoamérica el 90 por ciento de la población trans tiene una expectativa de vida de 35 años. Es muy fuerte. Y ni hablar del cupo laboral.

-¿Fue linda la experiencia de hacerte el documento?

-No sé si linda. No me parece la palabra.

-Decime vos entonces cuál sería la palabra. Estoy para escucharte.

-Fue gratificante, pero debí haberlo tenido desde siempre. Me lo hice el año después de que salió la Ley de Identidad de Género (2012). Fue el resultado de una lucha. Algo que me corresponde. Tuve que convivir con un sistema opresor. Y fui sola porque era muy cerrada. Todo lo hice sola.

"Elegí mi nombre porque a mi familia la quiero y la quise mucho. El nombre que me asignaron empieza con N", revela Nikki

-¿Cómo elegiste tu nombre?

-Lo elegí porque a mi familia la quise y la quiero mucho. El nombre que me fue asignado empezaba con N y no quise alejarme mucho de eso. No me gustaba demasiado Nicole, pero siempre me dijeron Naike o Nikita o Nikki. Fue como si siempre hubiera sido mi nombre de siempre. Mi papá murió cuando yo tenía 13 años y toda la vida me había dicho Niki. Nadie me llamaba Nicolás. Ahora figuro con mi nombre y mis tres apellidos: Ortiz Castellanos Esquiú. ¡Qué ridículo! Y además, el género. Que no debería ni estar en el documento.

-¿Qué te hace sentir orgullosa de vos como para venir a la marcha?

-Estoy orgullosa de mostrarme como soy. De poder salir a la calle. De bancármela en cualquier ámbito. Lamento que sea sólo una vez al año. Ya vine como tres veces, pero esta es la primera que me pongo un pantalón con la bandera. Y encima voy muy onda Britney. ¡Nada más gay! Pero soy muy yo, porque me maquillo de gris, como siempre. De eso se trata. Siento que algo bueno está pasando. En mi mundo, cuando era chica, todo esto era una aberración. Y si bien me da fobia ir a las marchas, trato de ser activista desde donde puedo. Me cuesta exponerme, pero tengo un mensaje para dar.

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