Cuando explotó la bomba, a las 9:53 de la mañana del 18 de julio de 1994, Luis Czyzewski estaba en el cementerio de La Tablada, a kilómetros de la capital, trabajando en una auditoría. De repente sonó un teléfono y del otro lado salió un grito de alguien diciendo "¡una bomba en la AMIA!". Se cortó rápido (no sería la última vez en el día en que sonara un grito a través del teléfono y se cortara). Al instante, prendieron el televisor y vieron la noticia.

"Nos levantamos y tomamos el coche para volver. En la autopista había un embotellamiento fenomenal. Logré bajar en Callao y más no pude hacer. Veníamos mi hijo, yo, y otra persona. Le dejamos el auto a esa persona y nos bajamos. Empezamos a caminar primero y a correr después. Estábamos como a 30 cuadras. En el medio me sonó el celular, uno grandote que tenía entonces, y era Ana, mi mujer. Atendí y escuché un grito que dijo '¡Paola!', e inmediatamente se cortó el llamado".

Lo recuerda Luis con lágrimas en los ojos, aunque no se permite llorar. Las lágrimas se suspenden ahí, detenidas.

Paola era su hija. Ana su esposa. Las dos estaban en la AMIA al momento de la explosión: Ana porque también trabajaba ahí, Paola porque había ido a ayudar a su madre con unos papeles.

"Fue el primer día de su vida que pisó la AMIA, y fue el último día de su vida", relata su padre hoy, 25 años después. En ese momento él también trabajaba para la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), pero no siempre en el edificio. Eso fue parte de una combinación del azar que no elegirían, y que marcó el rumbo de su familia.

“De pronto me sonó el celular, uno grandote que tenía entonces, y era Ana, mi mujer. Atendí y escuché un grito que dijo ‘¡Paola!’, e inmediatamente se cortó el llamado” (Adrian Escandar)
“De pronto me sonó el celular, uno grandote que tenía entonces, y era Ana, mi mujer. Atendí y escuché un grito que dijo ‘¡Paola!’, e inmediatamente se cortó el llamado” (Adrian Escandar)

A la altura del Congreso Luis notó que en el piso había desprendimientos que habían caído de algunos edificios. Mientras más se acercaba a la zona, más cosas pisaba. Cuando llegó a Viamonte y Callao, la policía había cortado el acceso y no dejaba entrar a nadie. Luis se identificaba, explicaba que ahí estaba su familia, pero lo empujaban para afuera. Entró a los golpes. A los pocos metros, todavía a varias cuadras del lugar, ya sentía vidrios en el suelo.

"Cuando logré verla a Ana… Su cara no me la voy a olvidar nunca. Tenía los ojos hacia afuera, prácticamente fuera de la órbita, y toda la parte de abajo como negra. Era una especie de moretón gigante en la cara, y no había recibido prácticamente ningún golpe. Era de la tensión y de gritar 'Paola, Paola, Paola'… No podía decir otra palabra".

Luis ahora está en su oficina de la calle Paraná. Es contador. Ya no trabaja en la AMIA, tampoco su mujer. No dejaron de ir a partir del atentado sino mucho después, en el 2010. "Por decisión de Ana". Hoy tiene 75 años, sigue casado con su mujer, es padre de Marcelo y Andrea -el primero mayor, y la segunda menor que Paola-, y es abuelo de siete nietos.

"Siempre decíamos en casa que nuestros hijos eran una V, porque Marcelo y Andrea son altos, y Paola era chiquita, con lo cual cuando se ponían los tres parecían una V", dice.

Cuando falleció, Paola tenía 21 años, era estudiante de Derecho y había terminado el primer cuatrimestre de su tercer año. Hoy tendría 46 años. Quería tener dos hijos a los que iba a llamar Kevin y José: "Kevin porque le gustaba a ella, José porque no nos gustaba a nosotros. Así era, de carácter fuerte, altanera".

Cuando falleció, Paola tenía 21 años, era estudiante de Derecho y había terminado el primer cuatrimestre de su tercer año. Hoy tendría 46 años. Quería tener dos hijos a los que iba a llamar Kevin y José
Cuando falleció, Paola tenía 21 años, era estudiante de Derecho y había terminado el primer cuatrimestre de su tercer año. Hoy tendría 46 años. Quería tener dos hijos a los que iba a llamar Kevin y José

-¿Cómo fue ese día?

-Nos despertamos temprano. Yo tenía un trabajo para hacer en uno de los cementerios que tiene AMIA en la zona de La Tablada, y Paola había quedado con mi señora en ir a la sede. Había terminado su cuatrimestre y nosotros teníamos que hacer un trabajo adicional que era verificar unas escrituras públicas y le pedimos que nos diera una mano. Como ella no tenía nada que hacer nos dijo que sí, pero nos costó mucho despertarla. El día anterior habíamos estado todos reunidos, era el último día del mundial de fútbol que ganó Brasil. Vimos todos la final y nos quedamos hablando. A Paola le gustaba bastante el fútbol. Cenamos, cada uno se fue a su habitación a dormir y al día siguiente no había forma de despertarla. Que no quiero, que no quiero, dejame, voy más tarde… Hasta que finalmente se despertó. Yo me fui temprano al cementerio y Paola y Ana llegaron a AMIA a eso de las ocho y media de la mañana y le pusieron un escritorio a Pao en la parte central, donde estaba la administración, porque el lugar donde trabajábamos nosotros era muy chiquito. Ahí se puso a trabajar.

-¿A qué hora habrán entrado al edificio?

-A eso de las ocho y media. En un momento Paola le pide a Ana un café. En ese momento la AMIA estaba en refacciones, por lo cual la cocina no funcionaba, y había solo café de filtro, pero a Paola no le gustaba, no tomaba nunca café de filtro. Así que pidió un café en un bar que estaba en la esquina. Lo último que supimos fue que la llamaron de la custodia de entrada diciéndole que estaba el chico con el café para ella. Supimos que Paola tomó el ascensor en el segundo piso y la bomba explotó justo cuando ella bajó y abrió el ascensor de la planta baja. Prácticamente el coche bomba explotó a pocos metros de donde estaba ella. Falleció Paola, falleció el chico que le había llevado el café, fallecieron todos los de seguridad de la entrada.

-¿Y Ana dónde estaba?

-Ana estaba en la oficina de secretaría de Presidencia porque me tenía que mandar un fax y había un solo aparato en el edificio. Ella es sobreviviente porque la oficina de Presidencia estaba al fondo, en el primer piso. El edificio no se desplomó completo, fue como una especie de corte donde la mitad de adelante se derrumbó y la mitad de atrás no quedó nada salvo la loza, por lo cual la gente que estaba atrás en general no falleció. Nosotros pasamos dos días y algunas horas hasta que supimos que Paola había fallecido.

-Dos días eternos, imagino.

-La encontraron prácticamente de inmediato en realidad, porque los primeros cuerpos que detectaron eran los que estaban adelante. Llevaron el cuerpo a la morgue con los demás cuerpos pero lo identificaron como el de una persona de 35 años, por lo cual durante un tiempo descartamos que fuera el de ella. Hasta que empezaron a pedir a los familiares si teníamos identificación bucal, si habían ido al dentista y había un registro. Conseguimos la ficha de Paola y ahí fue cuando lograron identificarla, dos días después del atentado.

“La encontraron prácticamente de inmediato en realidad, porque los primeros cuerpos que detectaron eran los que estaban adelante. Llevaron el cuerpo a la morgue con los demás cuerpos pero lo identificaron como el de una persona de 35 años, por lo cual durante un tiempo descartamos que fuera el de ella”, recuerda Luis el horror (AFP)
“La encontraron prácticamente de inmediato en realidad, porque los primeros cuerpos que detectaron eran los que estaban adelante. Llevaron el cuerpo a la morgue con los demás cuerpos pero lo identificaron como el de una persona de 35 años, por lo cual durante un tiempo descartamos que fuera el de ella”, recuerda Luis el horror (AFP)

-¿Cómo fueron esos momentos?

-La primera noche la pasamos en la AMIA, despiertos esperando novedades. La segunda noche nos dijeron que nos vayamos a casa. El cuerpo no resiste determinadas cosas de forma permanente, pero la tensión de no saber si Paola estaba viva nos mantenía despiertos.

-¿Qué pasó en su casa después de todo esto?

-Yo digo algo que a veces puede sonar rígido o molesto, pero es verdad: no es lo mismo que muera un hijo a que muera un hermano. No es lo mismo. ¿Qué nos pasó a nosotros? De golpe perdimos el lugar que cada uno tiene que ocupar en su casa. El lugar de padre, el lugar de madre, y el lugar de hijos. Ellos pasaron a cumplir la función de padre y nosotros la función de hijo. Nos cuidaban, nos decían qué hacer… Además mi casa fue invadida por familiares, amigos… Todos querían ayudar, pero mucho no había para hacer, solo acompañarnos. Y uno no puede decirle a alguien que está acompañando que se vaya.

-¿Cómo siguió el matrimonio? ¿Cómo la vida?

-Ana tiene una carga emotiva inmensa porque fue ella la que le pidió que la acompañe a AMIA. Todavía hoy sigue teniendo esa carga emotiva, la guarda, no la habla, pero que la tiene la tiene. Siempre digo lo mismo: uno aprende a convivir con las tragedias. Es un aprendizaje. Es como cargar una mochila que uno sabe que la tiene que cargar por lo que le queda de la vida pero bueno… acepta que hay que vivir de esa manera.

-¿Lo lograron? ¿Vivir de esa manera?

-Nosotros lo logramos. Yo sé que hubo familiares que no pudieron convivir con la tragedia. Una vez me tocó dar una charla, junto con otros familiares, a chicos de 16 o 17 años. Los chicos cuando preguntan lo hacen sin anestesia. Me acuerdo que una nena me preguntó: "¿Y vos fuiste feliz en algún momento después del atentado?". Fue como un misil. Y yo le contesté que sí, que porque uno podía ser feliz en algún momento que le toca. Y me dijo: "¿Y cuándo fuiste feliz?". Le contesté que cuando se casaron mis hijos, cuando nacieron mis nietos… Y cuando terminó esa charla, esta chica se levantó, se acercó y no tuvo la fuerza de decirme que quería abrazarme... Me dijo: "¿Te puedo tocar?". Yo me quedé duro. Me quería pedir un abrazo y no se animó. Y le dije sí, y me abrazó, y me dijo gracias. Lo recuerdo como si hubiese pasado ayer.

“Yo no lloro. No me sale. Salvo cuando de golpe se me pasa Paola. La veo. De golpe se me pasa y digo: la estoy viendo”, confiesa (Adrián Escandar)
“Yo no lloro. No me sale. Salvo cuando de golpe se me pasa Paola. La veo. De golpe se me pasa y digo: la estoy viendo”, confiesa (Adrián Escandar)

-De ese entonces a hoy, ¿en algún momento dejó de llorar?

-Yo no lloro. No me sale. Salvo cuando de golpe se me pasa Paola. La veo. De golpe se me pasa y digo: la estoy viendo.

-¿Qué siente cada vez que escucha la sirena en cada acto aniversario?

-Es fuerte. Creo que del acto es lo más fuerte. Yo me quiebro cuando escucho eso. Tal vez me quiebro más cuando escucho eso que cuando escucho el nombre de mi hija. Pero bueno, es así… Es algo que uno siente. Si me preguntás por qué, te digo que no sé.

-¿Sigue la causa de cerca?

-Sí. A veces nos preguntan a los familiares por qué seguimos peleándola, si ya pasaron 25 años. Pero para muchos de nosotros es una especie de mandato que tenemos. Pelearla, señalar a la gente que no hizo lo que tenía que hacer, acusarla, porque corresponde… Es una especie de mandato, sí, aunque uno está cada vez más convencido de que no se va a saber quiénes fueron con nombre y apellido. Pero, ¿por eso hay que bajar los brazos? No. Yo viví en una Argentina donde sucedió dos veces eso y yo no quiero que mis hijos y mis nietos tengan un país como el que tuve yo. Ojalá tengan un país mejor.

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