(Matias Baglietto)
(Matias Baglietto)

Siente dolor pero no puede ver las heridas: sus piernas están atrapadas bajo vigas y escombros. Hasta hace unos segundos, hasta las 9.52 del lunes 18 de julio de 1994, Jacobo Chemauel estaba en el subsuelo del edificio de su trabajo, en la AMIA. Un minuto después el lugar no tiene puerta, no tiene ventanas. Tampoco pisos: el edificio entero acaba de explotar y derrumbarse. Los cincos pisos de la AMIA son una montaña de cascotes. Debajo de todo, Jacobo respira.

Arriba de todo, sobre la montaña de ladrillos, cada tanto piden silencio: los sollozos guían a los rescatistas hacia los sobrevivientes. Luego de más de un día de trabajo los bomberos logran crear un estrecho túnel para llegar hasta él. Jacobo, que es diabético, necesita especial medicación.
Afuera, sobre la montaña, preguntan qué médico se anima a entrar con ellos. Un hombre de campera roja, cabello negro ondulado y barba espesa se ofrece. Es médico del Pirovano y está de guardia. Caminando, agachado en varios tramos, llega a Jacobo.

Atrás, a la derecha, de campera roja, Carlos Russo en la AMIA (NA)
Atrás, a la derecha, de campera roja, Carlos Russo en la AMIA (NA)

Veinticinco años después, en su oficina de Dinesa (Dirección Nacional de Emergencias Sanitarias), Carlos Russo recuerda el rescate: "Era un tunelcito debajo de la AMIA derrumbada. Caminaba y se escuchaba 'cling, cling',eran piedritas que caían y 'rrr': ruiditos, temblores. Jacobo, Cacho, como le decían, estaba un baño. Había quedado en una bañera, con las dos piernas atrapadas. Los bomberos estaban sacando los escombros y la viga que lo tenían atrapado".

-Llegaste hasta él. ¿Te preguntó algo?

-No preguntó nada. Hacía chistes con nosotros y nos daba aliento a los bomberos y a mí: "De acá vamos a salir todos", nos decía. La indicación médica era amputarle las dos piernas porque después de un día de estar atrapado lo que queda es un tejido muerto, necrosado. Eso en circulación provoca una intoxicación del organismo. En una persona diabética todo esto se agrava. Cuando lo sacamos pusimos torniquetes en las piernas para evitar esa circulación. Así se fue hasta el Hospital de Clínicas. Luego la decisión médica fue no, ver cómo podía seguir.

-¿A él se le había dicho?

-No. La idea era sacarlo de ahí.

El atentado a la AMIA dejó 85 personas muertas y 300 heridos (AFP)
El atentado a la AMIA dejó 85 personas muertas y 300 heridos (AFP)

Dos días después Jacobo falleció en el hospital. Fue una de las 85 personas que murieron en la voladura de la AMIA y que marcaría una decisión en la vida de Russo: ser emergentólogo. Un año después ingresó a SAME, donde trabajó como médico, coordinador y director de emergencias hasta 2012. Luego fue subsecretario de salud porteño y desde 2015 está al frente de la Dirección Nacional de Emergencias.

La AMIA fue un lunes. LAPA, un martes. Russo puede no recordar con exactitud el año de una catástrofe, pero sí el día de la semana. Ese martes, dice, se trabajó mucho mejor que en AMIA. En LAPA se pudo asegurar la zona, blindarla y hacerla segura para el trabajo de los médicos. "De cada cosa hemos aprendido: en LAPA no entró gente, no se metieron en la escena. Eso mejoró respecto de AMIA", explica.

-AMIA, LAPA ¿Soñás con las cosas que viste?

-No sueño, pero de tanto en tanto vuelven imágenes. Y olores. El olor es lo que muchas veces vuelve. El olor por ejemplo, del avión de LAPA. Tenía un olor especial. La AMIA, abajo, tenía un olor especial. No puedo explicarlo bien es un olor sui géneris. El nervio olfatorio es el primer par craneal, es el más viejo de los sentidos que tenemos. ¿Viste que muchas veces decís: "Uy, acá hay olor a la pipa de mi abuelo"? Bueno, es el olor a la pipa de mi abuelo.

-¿Volviste a encontrar ese olor, a AMIA, a LAPA?

-Sí. Me ha pasado de oler y pensar "Uy, esto es olor a la AMIA".

-Tu cerebro lo guardó así. ¿Qué otro olor guardó?

-Olor a Haití. Ni lindo ni feo, así: a Haití.

-Cuando vienen esos olores, ¿trabajás para sacarlos?

-Viene, va y pasa, como todo. Seguís tu vida y seguís haciéndolo.

En el terremoto de Haití en 2010 murieron más de 360 mil personas
En el terremoto de Haití en 2010 murieron más de 360 mil personas

El 12 de enero de 2010 un terremoto de 7 grados en la escala de Richter sacudió a Haití. Más de un millón y medio de personas perdieron sus casas, 350 mil sufrieron heridas y 360 mil murieron. Como cuando se inicia la poda de árboles y las ramas se amontonan en las esquinas de los barrios, así se apilaban los muertos en Puerto Príncipe. Cuando Russo llegó, y en medio de remezones, aún estaban.

-¿Por qué fuiste?

-Porque soy voluntario.

-Estás eligiendo fotos y olores de los que cualquiera escaparía

-Es que creo que sirvo para esto.

-¿Y por qué fuiste a Franja de Gaza?

-Porque pidieron que fueran voluntarios

El 6% de la población del mundo trabaja de lo que le gusta. Solamente 6% trabaja de lo que quiere. Si yo no devuelvo esto, algo se pudre adentro.

Un año antes de Haití, en diciembre de 2008, estalló el conflicto en Franja de Gaza. Según el informe de Amnistía Internacional, por la Operación "Plomo Fundido" murieron 1400 palestinos. Muchos, dice, porque las tropas israelíes impidieron la atención médica.

A pesar de que la familia no quería, Russo fue con los Cascos Blancos. "Me siento útil en algo y eso me reconforta. Me hace poder transmitirle amor a mis hijos. Es un circulito. Hace poco leí que un 6% de la población del mundo trabaja de lo que le gusta. Es un número de mierda. Solamente 6% trabaja de lo que quiere. Si yo no devuelvo esto, algo se pudre adentro. Como decía Piero, "hay que sacarlo todo afuera, como la primavera".

Hoy reparte los días entre su casa de Quilmes, su consultorio de homeopatía en Villa Pueyrredón y el trabajo en Dinesa, por el que recorre las provincias. Por estos días el foco está puesto en las inundaciones del litoral. Se habla de las millonadas de cosechas perdidas por las lluvias –y bastante menos sobre el desmonte y la soja que ha cambiado los suelos-. Sucede que, a diferencia de un incendio, el agua "mata menos, la inundación es el desastre natural más común, no genera tantos muertos pero daña muchísimo", dice Russo.

Carlos Russo durante un operativo por inundaciones en la provincia de Salta, en 2018
Carlos Russo durante un operativo por inundaciones en la provincia de Salta, en 2018

La espectacularidad del desastre natural, los miles de heridos, los cientos de muertos; con eso, Russo, puede. El olor, así como viene, se va. Lo que queda con él es la intimidad: La de un túnel con Chemauel, la de una ambulancia con una embarazada.

Sucedió en los 80. La mujer, que ya estaba en el último mes de embarazo, tuvo una crisis hipertensiva. Russo llegó a asistirla. De camino al hospital Pirovano, "hizo un edema agudo de pulmón" en la ambulancia. Russo, con las manos sobre el pecho, comenzó las maniobras de reanimación. Al cabo de unos minutos y aunque sabía que ella había fallecido, continuó. "El chiquito salió vivo. No me olvido más".

(Matias Baglietto)
(Matias Baglietto)

Sólo una vez fue tan insoportable una escena que abandonó la guardia. Cree que fue 2002, quizás 2003, cuando se incendió un conventillo en el barrio de La Boca. "Ya estábamos terminando de trabajar en el lugar cuando uno de los bomberos me dijo: 'Doctor, creo que hay un chiquito que está vivo en el fondo'. Fui con la protección de ellos, los bomberos, con el equipo para rescate, con oxígeno, con todo. Y no; el chiquito estaba quemado. Estaba muerto. Me quede muy mal. Me fui a casa".

-¿Qué hiciste al llegar?

-Me quedé con mi hija. Han pasado ya casi 20 años y aún está eso. Ella tenía cuatro años, como el nene.

Sólo una vez me tuve que ir de la guardia. Fue por el 2002, creo, 2003. Un incendio en un conventillo en la Boca.

En el mundo somos 7350 millones de personas. Con más de 300 millones de afectados, la depresión es la principal causa de discapacidad. Lo dice la Organización Mundial de la Salud (OMS). Hacía fines de la década del 90, llegaron las primeras ambulancias psiquiátricas al SAME, que trabajaban "poco y nada", recuerda Russo. "Después no paraban -y no paran- en todo el día. El Tobar García, que es el hospital infanto juvenil psiquiátrico de la ciudad, trabajaba con 10 pibes internados. Ahora tiene 60 camas a full todo el tiempo. Hay una mezcla de droga, de chicos con problemas psiquiátricos y la situación social. Son pibes, de 12, 13, 14 años. Duele muchísimo porque los ves destruidos".

-Estuviste mucho tiempo en el SAME, ¿es el domingo el día de la depresión?

-Sí. Domingos a la tarde. Y si llueve, más. Hay mucha relación en todo eso. El contexto hace a la cosa.

-¿Llama mucha gente que se siente sola?

-Mucha, también con hipocondría. Incluso hay algunos números telefónicos que ya sabemos quiénes son. Pero esto pasa como con el cuento del pastorcito: hay un día que el lobo viene en serio. Entonces hay que contenerlo por teléfono, hay que ir, hay que hacerlo.

Más de una vez, recuerda, le preguntaron cómo hacía para unir la emergencia con la homeopatía. Russo sonríe: "No la junto. No se puede juntar el culo con la memoria. En el consultorio me encanta hacer homeopatía porque es un tipo de medicina en donde le pregunto un montón de cosas a la gente, hay una 'sensación holística', de verlo en general. Son formas médicas, son maneras de manejar la medicina. No están enojadas la una con la otra, es mentira eso".

-¿Creés que te equivocaste muchas veces?

-Por ahí sí, no lo sé. Lo que sí saqué como conclusión, chiquitita, a lo largo de los años, es que hay que tener un equilibrio entre tres cosas: inteligencia, sensibilidad y voluntad. La inteligencia te da el conocimiento, la sensibilidad te da la actitud y la voluntad la capacidad de trabajo. En el medio, el amor a la tarea.

-La idea de que los médicos son témpanos…

-Para esta tarea no camina.

-Viste morir a mucha gente. ¿Pensás en tu muerte?

-No. Y no me da miedo. La muerte en sí no es tremenda; el sufrimiento es lo horrible. Todos los médicos que trabajamos en esto decimos: "Yo quiero un infarto e irme en cinco minutos mientras duermo".

-Hablaste del cordón de seguridad de LAPA. ¿En Cromañón falló?

-En Cromañón fue muy complicado porque se mezcló mucho toda la alta valencia emocional que había en el lugar. Los chicos que salían adentro tenían a su amigo, su novia, su novio, su hermano, su primo. Eso complicó mucho la posibilidad de bloquear la escena, de aislarla por completo. Entonces, muchos chicos entraron y salieron varias veces. Muchos podrían haberse salvado o no hubiera pasado nada con ellos si no hubieran vuelto a entrar. Pero era muy difícil manejar la situación. Se tendría que haber hecho una represión para evitar que vuelvan a entrar y salir, lo cual hubiera generado también un despelote gigantesco.

Esa noche Russo estaba en Buenos Aires pero de vacaciones, descansando en su casa. Entonces, vivía con dos de sus hijos. Uno tenía 24 años y el otro, 18.

-¿Pensaste que alguno podía estar ahí?

-Los llamé. De camino al lugar los llamé. Ninguno había ido a ningún lado.

En septiembre de 2011 uno de los hijos de Russo estaba viviendo en España. El 11 de septiembre encendió la tele y vio cómo un avión se estrellaba contra una de las torres gemelas de Nueva York. Y no dudó:

-Me llamó al ratito y me dijo: "Pa, no se te va a ocurrir ir, ¿eh? Porque vos siempre estás en estas pelotudeces. Por favor, quedate en la Argentina". Le dije que se quedara tranquilo. Yo pensé, "¿me llamarán?"

-¿Hubieses ido?

-Claro.

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