Hay un delito silencioso, generalmente impune por la ausencia de denuncias formales, y cómodamente instalado en las ciclovías de la ciudad de Buenos Aires: desde hace años, los ataques y robos violentos a ciclistas continúan engrosando las estadísticas delictuales en la ciudad. Y no ceden.

Septiembre registró el mayor índice de robos más o menos virulentos de bicicletas —y  de otras pertenencias— en lo que va del año: 81 personas denunciaron en el acto al 911 haber sido víctimas de este tipo de hechos. Aunque muchas de ellas nunca formalizaron la denuncia en sede policial y se presume que otras tantas tampoco lo comunicaron, lo que dificulta combatir este delito de forma efectiva, según precisaron fuentes del Ministerio de Seguridad y Justicia del Gobierno de la Ciudad.

Las estadísticas arrojan que se roban empleando violencia, en promedio, 2 rodados por día y unas 59 bicis al mes. En lo que va del año los delincuentes, generalmente precoces, armados con cuchillos, palos, piedras y hasta con armas de fuego, se llevaron fácilmente un botín de 521 bicicletas, que generalmente se revenden en el mercado negro y en sitios de internet. Palermo se ubica en la pole position para este tipo de atracos, seguido por los barrios de Recoleta, Almagro, Balvanera y Belgrano, según los índices del mapa del delito porteño.

Pero en la red de ciclovías, hay una en particular que registra el mayor número para estos ilícitos: es el recorrido que une la Avenida Figueroa Alcorta en Palermo con Avenida del Libertador hasta llegar a Retiro. Aunque el gobierno de la Ciudad instaló respectivamente 7 y 11 cámaras en esos corredores, que además son patrullados una vez por hora por motos y patrulleros, usualmente al caer la tarde afloran los atracos y rapiñas.

En ese recorrido, justamente, a la altura de la planta potabilizadora de Aysa, en Palermo, fue acuchillado en julio pasado el economista Daniel Marx. No se resistió al robo, pero igual recibió un puntazo.

"No desconocemos que los robos existen, pero sin denuncias es muy difícil combatirlos", dicen en el Gobierno de la Ciudad. "Hay personal de despliegue territorial desde las 6 a las 22 por Figueroa Alcorta y Libertador. No se pueden precisar las paradas por una cuestión de seguridad, pero se cubre toda la zona con motos y patrulleros que pasan por el lugar al menos una vez por hora. En GEBA, por ejemplo, los agentes se mueven en forma de cruz en un radio de 200 metros y se controlan los movimientos por GPS".

A pesar del despliegue policial, según el sitio Todo en Bici, que desde hace seis años actualiza el mapa de peligrosidad de las ciclovías porteñas, este año se incrementaron un 23 % las denuncias respecto a 2017  por robos violentos que el sitio reciben y  consigna .

"Si bien no parece mucho, ya que en la ciclovía de la zona de la Facultad de Derecho pasan unos 200 ciclistas por hora, unos 57 mil por mes, en un mes roban allí un promedio de 8 bicicletas. El número parece exiguo, pero para los que son asaltados eso es como un 100%", dijeron fuentes de Todo en Bici.

"No estamos hablando de hurtos, de alguien que dejó atada su bicicleta y se la robaron. Todos los robos marcados en el mapa son de forma violenta, a mano armada, con cuchillos, piedras o palos", señalaron los voceros del sitio. Por la cantidad de robos ahora también exhiben en una de sus páginas en Facebook las fotos de las bicis robadas.

Los padres de Pablo Tonello, el joven asesinado de un balazo en Avenida Del Libertador y Lacroze en 2014, cuando se resistió a que le arrebataran su medio de movilidad, hacen campaña en las redes sociales para combatir este tipo de delitos. Bajo el lema "Comprar robado mata", batallan para terminar con el mercado negro.

Por la dimensión de este flagelo ya se abrieron en internet varios sitios para que los usuarios registren con número de serie los rodados. También para contar las diferentes modalidades de emboscadas para prevenir a los ciclistas y otro tanto para postear las bicis robadas. Aunque fuentes policiales advierten que la tasa de recupero de bienes robados es prácticamente inexistente: "Ni siquiera logra moldear una estadística", dicen.

Las víctimas

Estudiante de derecho, Nils Ljungmann tiene 22 años, vive en San Isidro y hasta el viernes pasado mantenía un rito inalterable. Temprano, tomaba el tren hasta Retiro con su bicicleta y de allí se trasladaba a su trabajo en el centro porteño por la red de ciclovías. Por la tarde se dirigía en bici a la facultad de Derecho y al terminar la cursada regresaba a su hogar de un tirón en bici.

El viernes pasado, la demora para rendir un parcial de la materia Técnicas de Recursos de Apelación lo obligó a alterar su rutina. "Como se había hecho tarde cuando me entregaron la nota, decidí volverme en tren desde Retiro. Eran las 21:30, no hice siquiera dos cuadras desde la facultad, cuando se me cruza un tipo de unos 17 años y de un fuerte empujón me tira de la bici. Al levantarme, me muestra un cuchillo. Le digo que se quede tranquilo, que le doy todo, mientras se me vienen al humo otros dos y me arrancan de la espalda mi mochila, con la tablet, el celular y mis documentos".

El estudiante dice a Infobae que en el momento no tuvo medios para hacer la denuncia. "Ningún auto paró. Policía no había por ningún lado. Pedí un teléfono prestado en un bar para avisarle a mi vieja que enseguida me llevó al hospital porque tenía el brazo muy hinchado del golpe y temía que me lo hubiera fracturado", contó.

El modus operandi que padeció Eugenia L. fue muy similar. Personal trainer, de 42 años, pide no revelar su identidad. También la semana pasada, tres delincuentes la sorprendieron a la altura del Parque Carlos Thays al atardecer. De un fuerte empujón la tiraron del rodado y la amenazaron con arma blanca. "La verdad es que da mucha impotencia y bronca. Promueven las ciclovías y no hay nadie que brinde seguridad. Pero estacionás mal el auto y en cuestión de segundos la grúa se lo lleva. Si el Gobierno de la Ciudad atendiera realmente este problema, la policía podría ser igual de efectiva que la gente de STO", se quejó.

Eugenia reconoce que después del suceso carga con un leve trauma: mientras camina por la ciudad, teme que alguien se le cruce de improviso para atacarla y robarle. Cuando se le pregunta si radicó la denuncia, en tono displicente reconoce que no.

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