Eduardo Grutzky tiene 62 años, vive en Suecia, y se animó a cambiar su historia cada vez que la vida se lo propuso
Eduardo Grutzky tiene 62 años, vive en Suecia, y se animó a cambiar su historia cada vez que la vida se lo propuso

Cuando los guardiacárceles le dijeron que podía irse del país, no les creyó. Así empieza la larga charla telefónica de Eduardo Grutzky, desde Estocolmo, con Infobae. Grutzky tenía por entonces 26 años y estaba en la cárcel de Caseros.

-Estaba preso a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) y la dictadura te permitía, una vez por año, pedir "la opción" para salir del país. Yo la había pedido hacía unos meses, así que estaba mentalizado a esperar al año siguiente. Por eso no les creí, pensé que me tomaban el pelo cuando me dijeron que me iba del país -dice.

-¿De qué opción me hablan? –dice Grutzky como si volviera 37 años atrás, cuando estaba pálido, en una prisión donde los presos no veían el sol por meses o años.

Ya estaba curtido: llevaba siete años, desde los 18, cuando lo habían metido preso en su Azul natal.

-Pasé por las cárceles de Azul, Sierra Chica, Rawson, La Plata y Caseros -enumera.

A través del teléfono se puede adivinar una mezcla de dolor y alivio.

-Como no les creí que me iba a ir… ¡me cagaron a palos!

Volvió a la celda y les gritó a sus compañeros:

-¡Me voy a Israel!

El 1 de agosto de 1981 partió desde Ezeiza. Al tiempo supo que Jacobo Timerman, el mítico editor de La Opinión, resultó su ángel guardián. Timerman había sido secuestrado en 1977, torturado y luego liberado en 1980. Escribió el libro "Prisionero sin nombre celda sin número" sobre lo que le pasó a él y se transformó en un best seller mundial. Esa conmoción enfocó la atención sobre el antisemitismo de la dictadura y ayudó a que salieran varios presos de familias judías.

-Yo era uno de esos judíos… Un mes después estaba en un avión rumbo a Tel Aviv. No sabía una sola palabra de hebreo. En ese momento pesaba 50 kilos, ahora peso 95.

El peso actual es más acorde a su metro ochenta y tres.

Las autoridades israelíes le dieron un modesto subsidio. A partir de ahí debía reconstruir su vida. Lejos de buscar el sol y las paradisíacas playas del Mar Rojo, Grutzky se encerró.

-Lo primero que hice fue comprar cinco gramos de hachís y me pasé fumando un mes. Me molestaba la luz, el ruido, un idioma incomprensible… Necesitaba bajar a tierra –dice, como si contara la vida de otro.

Al mes salió a la calle, buscó trabajo. Algo de inglés sabía, sobre todo porque desde los nueve años tocaba la guitarra y cantaba algunos temas de los Rolling Stones y los Beatles. Sin embargo, su primer empleo estaba más cerca de la tumba que de la música.

-En Israel, en los velorios, las familias acostumbraban a comprar unos carteles con los datos del muerto. Esos carteles se pegan en el frente de la casa. Me contrataron en una empresita que hacía esos afiches. Me dieron una moto, una guía de las calles de Haifa y un radio llamado. Me decían algo que yo ya entendía: "Venite que murió alguien". Yo pasaba a buscar los carteles y marchaba a la casa del muerto.

Le alcanzaba con decir Shalom (hola), poner un gesto compungido y mover la cabeza porque el idioma no le permitía mucho más. Luego agarraba el pincel y el engrudo, fijaba el afiche y decía Le itra ot (adiós).

-La gente en general no sabía que yo cobraba unos pesos por pegar los carteles, creían que era parte de la familia. Más de una vez me preguntaban: "¡Oy Oy Oy!, ¿ocurrió de golpe?", cuenta y ríe del otro lado del teléfono.

De nuevo las bombas, de nuevo a otro país

En Azul, su pueblo, le decían el Ruso y en la cárcel le quedó ese apodo. Los padres eran comerciantes, tenían una barraca de cueros y él había crecido en tiempos de rebeldía. Era un militante convencido, encuadrado en el peronismo revolucionario. En Israel, ser roquero le resultó más útil que su compromiso revolucionario.

-Conseguí una guitarra y así tuve mi primer alumno de música -cuenta.

Grutzky en el estudio de grabación: de joven fue rockero, luego profesor de música y hoy sigue tocando en Suecia
Grutzky en el estudio de grabación: de joven fue rockero, luego profesor de música y hoy sigue tocando en Suecia

Lo empezaron a llamar de otros lugares y al cabo de un tiempo fue bajista de una banda pionera de rock en hebreo.

-El nombre de la banda es algo así como Killer incandescente. Vivía en Haifa, me enamoré de una chica nacida en Nueva York, Hephzibah, psicóloga, cuya familia se había mudado a Israel. El idioma ya no era una barrera. Tuvimos un hijo, Michael.

Sin embargo, el contexto era más de metralla que de rock. Si lo convocaban, debía incorporarse al Ejército. Por entonces, la guerra con El Líbano estaba incandescente. En 1982, tropas israelíes habían atacado Beirut y el conflicto siguió los tres años siguientes.

-Yo me había sumado al movimiento por la paz. No estaba dispuesto a ir a la guerra. Hablé con mi mujer y decidimos irnos a Suecia. Además de Michael, que tenía dos años, ella estaba embarazada… Por si eso era poco, no hablábamos una pepa de sueco.

Pasados dos años del aterrizaje y el encierro con hachís del primer mes, Eduardo hablaba inglés y hebreo, tenía esposa, un hijo y una hija por venir.

No todas fueron rosas en el verano nórdico. Llegaron a Estocolmo el 5 de agosto de 1984 y en Migraciones constataron que la mujer de Eduardo era estadounidense y que Michael también tenía ciudadanía norteamericana. Les dijeron que los de la gran potencia del norte no entraban en la categoría de refugiados.

-Nos arrestaron, nos iban a expulsar.

Una vez más, el azar, la suerte o una estrella de la buena fortuna estuvieron de su lado y pudieron quedarse.

-A propósito, Eduardo, ¿sos religioso? -pregunta Infobae.

-Soy ateo. Voy a una sinagoga donde encuentro los olores de la sinagoga que mis abuelos… Soy ateo. Sin embargo, Woody Allen dijo algo con lo que me identifico. Le pidieron que definiera al judaísmo en una sola frase: Hay un solo Dios, y no creemos en él.

Tres años después

Esta vez, para afrontar el idioma y un destino desconocido, Eduardo no necesitó de un encierro con hachís. Se anotó en la Universidad, en Derecho. Estudió sueco de modo intensivo y al cabo de tres años, se cruzó con las rejas, pero del otro lado.

-Resulta que los estudiantes de Derecho, en verano, se ganaban la vida trabajando en las cárceles de baja seguridad, el equivalente a las de Encausados. Cuando me dijeron eso lo primero que me asaltó fue: ¡Yo, ¿trabajar en una prisión?!

Su primer par de esposas como policia
Su primer par de esposas como policia

Las dudas le duraron poco.

-Me subí a un bondi con destino a la cárcel. Y acepté. Me resultaba familiar. A los pocos días de trabajar como guardia me di cuenta de que ahí hacían todo al revés de lo que me habían hecho a mí. Simplemente porque esa sociedad impulsaba otro trato. Me resultó completamente terapéutico. Un dato interesante: Servicio Penitenciario en sueco es Kriminalvården. Kriminal no necesita traducción, Vården quiere decir "tratamiento" o "cuidado".

A la par, Eduardo tuvo la posibilidad de tener asistencia psicológica. Los refugiados que habían padecido torturas y otras situaciones agraviantes podían recibir tratamiento a cargo del Estado. De hecho, en su caso, se extendió por 30 años.

Terminaba el verano y le sucedió algo curioso: un día le abrió la puerta de la prisión a un policía y reconoció la cara del oficial que les había dicho en el aeropuerto, tres años atrás, que no los iban a dejar entrar. Eduardo hablaba perfecto sueco, podría haberle recordado ese momento. Podría haberle reprochado, quizá hasta en un tono desafiante. Sin embargo, abrió y cerró la puerta sin que su cara denotara ningún sentimiento.

-Me reí por dentro pensando que fue incapaz de reconocerme, yo vestido con uniforme penitenciario sueco –recuerda-. En el servicio penitenciario me convertí en oficial de probation, de seguimiento de personas a las que se les cambia la condena por tareas sociales y de vigilancia a los que ya han cumplido su condena.

Una vida intensa

Poco después se separó de su primera mujer.

-Tuve cinco relaciones de pareja largas en mi vida. Cuatro de ellas con mujeres…, una no. La diversidad existe –dice sin vueltas -. Soy amplio como catre e'viuda.

-¿No te molesta que se publique eso de tu vida personal? –pregunta Infobae.

-No tengo nada que ocultar. La vida es demasiado corta para andar teniendo miedo a todo.

Eduardo Gurzky junto a su mujer Cecilia
Eduardo Gurzky junto a su mujer Cecilia

Eduardo manda unas fotos suyas con su esposa Cecilia, la mujer bella y sonriente con la que está hace 11 años y que tiene 22 menos que él.

-Me casé con Cecilia a través de Skype. El que nos casó estaba en Gotemburgo y nosotros en Estocolmo -cuenta.

Al cumplir 60, dos años atrás, hizo una fiesta.

-Les dije a todos que en vez de traer ropa o whisky o regalos de ocasión colaboraran con dinero. Tenía pendiente hacer un buen estudio para ensayo y grabación. Cecilia me regaló una guitarra Grestch 1979, una joya.

Especialista en "violencia de honor"

Eduardo había conocido a Cecilia en una ONG hacia 2005 y se casaron dos años después. Ella es sueca de origen, de modo que se comunican en ese idioma. Para un argentino puede resultar extraño, sin embargo Eduardo vivió en Suecia más años que en Argentina.

Explica que la Suecia rubia y blanca, con aroma a Estado de Bienestar y socialdemocracia, es la que conoció a su llegada, en los ochentas, con el socialista Olof Palme como primer ministro. Aunque, cabe recordar, un pistolero lo mató en 1986 y jamás se aclaró quién o quiénes fueron los mandantes del magnicidio.

-Acá avanzó el capitalismo financiero por un lado. Por el otro, Suecia recibe una gran cantidad de inmigrantes y la integración es compleja.

Con la Reina Silvia de Suecia hace 10 años
Con la Reina Silvia de Suecia hace 10 años

Grutzky participó de cuatro libros sobre la Violencia de honor. Hay un punto áspero: la cultura de muchos inmigrantes que vienen del Oriente Medio es muy diferente de la de los suecos de origen. El debate, aunque sutil, Grutzky lo plantea entre la capacidad de absorción de una Suecia abierta y democrática y la dificultad de convivir con valores tan distintos.

-¿Qué es la violencia de honor?

-Una forma de opresión que afecta a adolescentes -especialmente mujeres pero también hombres homosexuales- cuando el clan al que pertenecen cree que tiene actividades sexuales que consideran dañinas para la reputación. A veces, esto llega al asesinato. Son prácticas casi exclusivas de Oriente Medio, entre grupos de religiones diversas. No se trata de un marido machista, sino de un grupo a veces compuesto por cientos de individuos, hombres y mujeres que, eventualmente, pueden cometer crímenes para "defender el honor -sharaf en árabe- del clan". Se puede tratar de limitaciones en la manera de vestirse, libertad de movimientos, casamiento compulsivo con la persona elegida por el clan, encierro, maltrato y en casos extremos asesinato.

En un artículo suyo, Grutzky comienza con un dato fuerte: "Según cifras publicadas por la Oficina Nacional de Asuntos Juveniles en 2009, existen en Suecia 70.000 jóvenes que temen no podrán elegir su pareja. Sus familias lo harán. Esa cifra representa el 5% de los jóvenes suecos de entre 16 y 25 años".

Ahora, la policía

Un día, Grutzky mandó un currículum a la Policía y al tiempo lo convocaron.

Se desempeña como "investigador". Sigue un caso hasta que requiere acción operativa. Puede ir a un allanamiento o a una detención, pero sin armas.

Grutzky durante el curso de huellas digitales que realizó como investigador policial
Grutzky durante el curso de huellas digitales que realizó como investigador policial

-Entre tantos cambios de vida, ¿cambiaste tu ideología? –disparan los cronistas.

-Hay algo que considero esencial: cambié de países pero no de ideología. Nunca sería parte de la policía de un país donde los derechos humanos se violan. Cuando comienzo un interrogatorio, digo: "De acuerdo a la Ley FUK artículo 12, usted tiene derecho a un abogado. No está obligado a hablar conmigo. Tiene derecho a un intérprete. Tiene derecho a saber de qué se lo acusa". Jamás oí siquiera la sospecha de que alguien haya maltratado a una persona antes, durante o después de un interrogatorio. Las críticas son por los tiempos de detención preventiva. Tenemos tiempos largos, pero con acceso a cuidados médicos, televisión en la celda, gimnasio, libros, psicólogo.

Héctor Timerman y las Malvinas

En 2014, el gobierno argentino convocó a una buena cantidad de expatriados para una reunión en la embajada en Londres para hablar del conflicto de Malvinas. Grutzky se había involucrado con el tema a través de una página web que había creado por su propia cuenta (www.malvinasargentinas.se). Es la única página web que explica la posición argentina en sueco. Allí fue y tras la reunión general pudo tener conversaciones por separado con Daniel Filmus, por entonces a cargo de una oficina de Malvinas en Cancillería, y con el canciller Héctor Timerman.

-Filmus me pareció una persona que escuchaba, inteligente, y no me pareció alineado con el Memorándum de Entendimiento con Irán. Con Timerman la charla fue curiosa. Primero hablamos de su padre. Le dije que, más allá de que hubiera ayudado indirectamente a mi libertad, una vez lo traté de oportunista y me mandó a la p…. "¿Por qué?", preguntó su hijo. "Porque La Opinión estuvo a favor del golpe de Estado de 1976", le contesté. Héctor se rió y me dijo que él le había dicho: "Papá, te estás vendiendo", a lo que Jacobo le dijo: "No hijo, no tenemos que vendernos, ¡tenemos que alquilarnos! Así uno puede venderse muchas veces!".

Pero el punto que le interesaba a Grutzky era el de Irán y le transmitió sus propias experiencias con comunidades islamistas. Dice que Timerman estaba mucho más interesado en contar anécdotas que en conversar sobre ese acuerdo.

Cuarenta años después

Grutzky vuelve poco a la Argentina. Cuenta que por estos días compuso una serie de temas musicales inspirado en algo que le pasó en la cárcel de Sierra Chica. Estaba gravemente enfermo y la filial de Islandia de Amnistía Internacional se interpuso, por una acción humanitaria que no tenía vínculos con él mismo. Así recibió el tratamiento adecuado y salvó su vida.

-El proyecto se llama Islandia. Va a estar accesible por Spotify en unos meses. La mayor parte de las canciones están compuestas en inglés, con solamente un blues en castellano.

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