La pesadilla de papá: el terror a que un hijo se haga hincha de otro club de fútbol

El primer regalo de mi abuelo cuando nací fue la camiseta de San Lorenzo de Almagro. Fui socio del club igual que mi papá y mis hermanos, estuve el día de la inauguración del Nuevo Gasómetro en Bajo Flores en 1993, fui a verlo de local, de visitante, me sabía de memoria las canciones y las cantaba en el colegio. Tenía un póster arriba de mi cama con el equipo entero formado antes de un partido y otro de mi ídolo, Néstor "Pipo" Gorosito, pegado con cinta adhesiva en la puerta del placard. Festejé en familia el Clausura de 1995 y ese es todavía uno de los recuerdos más lindos que tengo. Pero a los 12 años pasó algo que no estaba en los planes de nadie: me hice de Boca.

Mi mamá dijo que lo hacía para hacer enojar a mi papá; mi viejo nunca quiso tocar el tema, especialmente en público, pero al que realmente le jodió fue a mi abuelo. Cuando estaba de buen humor respondía "ya no podés cambiar, lo tenés en la sangre, gorrión" y cuando estaba de mal humor -generalmente porque San Lorenzo perdía-, no me dirigía la palabra en toda la semana. La sociedad avanzó lo suficiente como para ya no mirar de reojo al que cambia de esposa o de marido, pero todavía no al que cambia de equipo de fútbol.

Alejo Santander, autor de la nota, junto a su abuelo
Alejo Santander, autor de la nota, junto a su abuelo

El nuevo presidente de la AFA, Claudio Fabián "Chiqui" Tapia, contó esta semana en una entrevista televisiva que de chico en San Juan eligió igual que su hermano y su hermana ser del equipo de su mamá Leonor, de Boca, y no del equipo del que era fanático su papá Washington, San Lorenzo. Decía que la situación fue difícil, que su papá lo hostigaba, pero él por lo menos tenía dónde correr. En mi casa no había nadie de otro equipo en al menos tres generaciones a la redonda.

"Para cualquier padre futbolero es una cuestión esencial porque uno quiere mucho a su club y es un valor muy grande el que le da", dice en diálogo con Infobae el escritor, guionista, profesor y fanático de Independiente Eduardo Sacheri.

"Creo que todos los futboleros sentimos que cuando hacemos a nuestro hijo de nuestro propio club le estamos dando algo muy grande, algo muy lindo y algo que merece la pena ser conservado", opina el autor de Papeles en el viento, que no dudó un segundo en calzarle la camiseta del "Rojo" a su hijo Francisco apenas nació.

Eduardo Sacheri y su hijo Francisco
Eduardo Sacheri y su hijo Francisco

Además de ser un fanático del fútbol, Sacheri lo sabe contar. Describe con pasión la esencia de un deporte que se nos coló en la vida a los argentinos y que él también cuela en sus historias.

En 2005 el castelarense escribió la novela La pregunta de sus ojos, que se convirtió en la película El secreto de sus ojos, ganadora de un Oscar de la Academia. Un drama policial para el que adaptó el guión y que guarda entre sus mejores escenas la de Pablo Sandoval (Guillermo Francella) explicándole con vehemencia a Benjamín Espósito (Ricardo Darín) en un bar de Buenos Aires que "un tipo puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar; no puede cambiar de pasión". Y está hablando de fútbol.

En Argentina no es un deporte más y eso lo saben hasta los que no les gusta. Lo aprendieron a fuerza de quedarse afuera de alguna conversación en el colegio, o en los peores casos del bullying y la marginación infantil.

"En Latinoamerica el fútbol es vinculante. A través del gaste se charla, se conversa. En la escuela no nos vinculan ni San Martín, ni Pitágoras, es el fútbol el que nos da la oportunidad de conocernos", aporta desde la el psicólogo Fabio Lacolla, conocido también como Dr. Poroto, fanático de San Lorenzo, profesor universitario y autor de "El zapping dramático y otras salas", "El secreto del éxito" y "Amores Tóxicos".

El Psicólogo Fabio Lacolla y su hijo Santino
El Psicólogo Fabio Lacolla y su hijo Santino

"Como psicólogo creo que un padre tiene que darle la libertad de elección a un hijo, sea en cuanto al equipo de fútbol o en cuanto a la libertad sexual o lo que fuera", dice, antes de sumar que sin embargo es verdad que "existe una tradición que viene del padre, del abuelo, de los tíos, que tiene que ver con lo familiar, y que de alguna manera también determina el club más allá de la pasión".

"A nivel social está mal visto que un hijo no siga la tradición del padre", admite el analista, que con la autoridad que le da el haber tenido en su consultorio a varias bandas de rock, se anima a darle una vuelta musical al asunto: "Puede ser también por rebeldía, como el padre rockero al que el pibe le sale reaggetonero. En términos psicológicos eso se llama 'desidentificación', es como decir: 'vos sos vos y yo no soy vos'".

Pero también puede haber una lectura diferente, la de "el desafío". "A veces lo que quiere el hijo es que el padre intervenga como ley. Que el padre ejerza su rol de padre. El padre tiene que saber ver qué le están pidiendo", advierte el Dr.Poroto.

Alejandro Grimson, antropólogo, hincha de River, se suma al análisis aclarando antes que la pregunta le resulta "abstracta", porque no hay "ninguna chance" de que alguno de sus dos hijos se cambie de equipo. Hecho el paréntesis se pone serio y contesta sobre esa realidad que no concibe posible: "Si pasara sentiría dolor y me lo tragaría".

Alejandro Grimson
Alejandro Grimson

"Creo mucho en la libertad absoluta de elección en todo ese tipo de zonas donde uno elige sus referencias, sus íconos, sus equipos, sus ideas políticas, sus religiones, sus gustos estéticos", comparte Grimson, que se apura a hacer una salvedad para no caer, dice, en un "autoengaño": "No quiere decir que todas las decisiones me gusten o las comparta o que no pueda haber decisiones que eventualmente me pudieran generar dolor -que se cambie de equipo es un buen ejemplo-. Pero con el dolor yo tendré que aprender a saber qué hacer, tratando de que eso no obture su libertad".

"Algunos padres se ponen como severos, lo ven como una traición al linaje, a la herencia" dice Lacolla, que subraya que no debe perderse de vista que "hay otros (padres) que se relajan, muchos a los que no les gusta el fútbol e inclusive hoy ni siquiera es algo exclusivo del hombre". Es verdad que hoy hay muchas mujeres futboleras y la tendencia contribuye a hacer más grande el problema.

La posibilidad de que el chico no quiera ser del cuadro de papá (o de mamá) y pueda en cambio elegir el de algún tío pesado o el del compañerito de banco, es una amenaza incierta. Ni comprarle la camiseta antes de que nazca, ni hacerlo socio al día siguiente del parto, ni pintar las paredes con los colores del club, ni siquiera llevarlo a la cancha todos los domingos, nos va a proteger de la tragedia.

En todo caso, como dice Sacheri, habrá que buscar otros caminos: "si todo fracasa y nuestro hijo elige un club distinto al nuestro, creo que lo más importante es ir a la cancha con el hijo de uno. De modo que las opciones serán o ir una semana a la cancha de cada cual, o directamente hacernos del cuadro de nuestro hijo. Me parece que en el fondo es lo más importante".

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