Iván Noble lleva seis meses viajando por todo el país de la mano de Perdido por perdido, su último disco. El recorrido de las giras y sus sensaciones lo impulsaron a escribir lo que será su primer libro. Tras dos funciones agotadas, agregó el 6 de octubre en la sala Siranush.

"Es lo único que me preocupa mucho, los varones después de los 40 años, el paso del tiempo es probablemente la única última mala noticia que ven por delante", explica sobre la presencia del tema de la finitud de la vida en sus últimos trabajos discográficos. "Cuando tenés 20, sos inmortal, cuando tenés 40, no tanto y cuando tenés 40 y largos, menos. Tenés un hijo, tus viejos se ponen más grandes, algunos amigos o gente que tiene tu edad empieza a tener enfermedades, algunos se mueren. Es como esas películas de guerra que bajan todos del helicóptero y de repente pim, le pegó a uno de al lado y decís: 'Bueno, ya no pican tan lejos las balas'. Esa es la única mala notica, que el tiempo pase y que uno se ponga grande y que un día se muera".

—¿Qué creés que pasa cuando uno se muere?

—Sospecho que no pasa nada, y esa es la peor noticia. Hay un libro muy hermoso de Julian Barnes que se llama Nada que temer y habla un poco de todo esto. El tipo dice que se podría dividir a las personas en dos coordenadas que hacen cuatro categorías: los que creen en Dios, los que no creen en Dios, los que le temen y los que no le temen a la muerte. Los que creen en Dios y no le temen a la muerte están fenómeno. Los que le temen a la muerte pero creen en Dios también, porque si vos creés en Dios, supongo que creés en un más allá. Ahora bien, los tipos como él y como yo, que no creemos en Dios y le tememos a la muerte, estamos en el fondo del mar.

—Alguna vez me dijiste que dentro de unos cuantos años no te imaginás en el escenario sino componiendo.

—Sí, sigo pensando lo mismo. No sé qué tiene pensado el tiempo hacer conmigo. Uno hace planes con la vida y después la vida se te caga de la risa. Pero si me preguntás ahora, a mí me gustaría escribir, seguro. De hecho, ahora estoy en medio de un proyecto literario.

—¿Ficción o no ficción?

—Como ese género que está entre la ficción y no. Son recopilaciones, como si fuera un diario de gira, una bitácora emocional de un tipo que está de gira, yo. Trato de transformar las anécdotas en literatura.

—En Perdido por perdido decís: "Estado civil: francotirador". Los comentarios de las fans en Instagram son tremendos.

—Sí, es un poco un chiste. Un tipo que se sube a un escenario cuenta con ese changüí, con ese hándicap de seducción. Después, se puede apagar inmediatamente cuando te conocen. O no. La gente que te piropea en todo sentido, desde las canciones que hacés hasta la ropa que te ponés, en principio es un malentendido, no saben quién sos.

—¿Te llevás mal con la fama?

—No me considero un tipo famoso, soy un tipo medianamente conocido que puede caminar absolutamente tranquilo por cualquier calle. Y a lo sumo tendrá que parar a sacarse una foto. Pero famosos en este país son cuatro o cinco personas: [Marcelo] Tinelli, Susana [Giménez], Mirtha [Legrand], Charly García y alguno que gane un Gran Hermano, y ese va a ser famoso 15 días. ¿Quién más es muy famoso? ¿Quién más no puede hacer una vida normal? Pobres de ellos, además. Es una vida que no logro imaginar y no la deseo ni mucho menos.

—Otra frase de Perdido por perdido es: "Morirme de rock, cómo decirlo, no está en mis planes". ¿En algún momento descontrolaste mucho?

—No. Nunca descontrolé mucho. Empecé a cantar ya de grande, a los 23 años. Grabé el primer disco con Los Caballeros… a los 25, nos hicimos muy de abajo y nos llegó el momento de popularidad grosa con 30 años cumplidos. Probablemente en ese momento haya sido un poquito imbécil, pero rápidamente me corrí de ese lugar. Y ahora, imaginate, soy un tipo de 40 y pico de años. Veo a la gente que empieza a ser famosa o que empieza a ser famosa por la música y que parecería jugar una carrera para morirse en el rock y me gustaría agarrarlos del hombro y decirles: "Vení que te cuento", pero cada uno hace lo que quiere.

¿Viste la escena de El padrino? ¿La escena de la muerte de [Marlon] Brando, que se muere jugando con el nieto, poniéndose cáscaras de naranja en la boca y le da un paro cardíaco? Así me quiero morir. En un jardín jugando con un nieto. No en un camarín o en una clínica de rehabilitación o en la ruta. No, me quiero morir de otra manera.

Nunca vi a nadie mejor que lo que era después de drogarse

—Juanse estuvo hace poco acá y me dijo que el rock y la droga van de la mano.

—No es mi experiencia y no lo digo desde un lugar policíaco. El debate sobre las drogas es un debate muy complejo que tiene sus recovecos. No todas las drogas son lo mismo, no estoy de acuerdo con eso. Hay categorías, hay drogas más peligrosas que otras. Todas son una mala noticia, probablemente, pero algunas están más cerca que otras. Para mí nunca fue un tema. He visto mucha gente liquidada por el asunto. Otros que se han convertido en peores personas de lo que eran. Nunca vi a nadie mejor que lo que era después de drogarse, nunca. Nunca vi a nadie ser más interesante. Tal vez eso pasaba en los setenta, que estaba toda esa situación de ampliar de las puertas de la percepción, y los ácidos. En los noventa, claramente la droga circulante en la música era la cocaína y siempre que vi tipos muy enroscados con la cocaína son tipos que se convirtieron en sombras de lo que eran.

—¿No se compone mejor?

—No, de ninguna manera. Ni con el alcohol tampoco. Soy un tipo que bebe, me gusta beber rico, bien. Pero no hago mejores canciones cuando bebo. Los demonios y los infiernos de uno están ahí y si vos necesitás mirarlos cara a cara y para eso necesitás beber, tomar o lo que sea, la vas a pasar mal, hay que beber para festejar. No estoy de acuerdo con ese tipo de estímulos como atajos para la inspiración, digamos.

—Te leí hace algún tiempo, no es enojado la palabra, pero molesto con la militancia de artistas.

—No, enojado, no. En general, cuando veo a artistas metiéndose en temas muy complejos, los veo hacer agua. La convicción política es una cosa, la sustancia política es otra. Uno puede estar convencido políticamente por una cuestión de fe. Vos podés ser peronista, radical, macrista, pero en general lo sos porque tenés ganas de serlo. Pero las discusiones políticas peliagudas, y sobre todo en momentos como los nuestros, necesitás un poco más que haber leído tres solapas de libros o aferrarte a tres eslóganes. Tenés que darte permiso para dudar, y la militancia entendida a secas no se permite muchas dudas. La gente que se dice soldado de algo, los soldados obedecen; a mí no me gusta obedecer, a nadie, no soy soldado de nadie, de mi hijo un poco. En los momentos de convulsión política se ponen dos arquitos y hay cinco tipos pateando para un lado, cinco para el otro, pero pateando así nomás. Son pocos los debates con sustancia. He escuchado a pocos músicos o a pocos actores decir cosas interesantes en cuanto a la política.

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—Hoy un debate muy importante tiene que ver con la legítima defensa o el exceso en la legítima defensa.

—Sí, pero hay que saber para eso, estamos hablando de leyes. Puedo tener una sensación de lo que ocurre. Tengo miedos como cualquiera. Mis viejos viven en el Conurbano, tengo miedo de que mi viejo se la ponga cada vez que sale a entrar o sacar el auto, pero no sé qué se hace con eso. La responsabilidad es de los tipos que votamos y del sistema judicial, ahí ni siquiera los votamos a los jueces. Estamos viviendo en un momento muy dramático, el contrato social se está desintegrando. Casi, casi que estamos a punto de que vale cualquier cosa. Pero no es casualidad que eso pase, se está desintegrando por algo, porque la gente está muy indefensa.

—¿Vos tenés armas en tu casa?

—No y ninguna de las personas que yo conozco y quiero tienen. No puedo decir más que esto porque si hay gente que me dice: "¿Sabés qué, flaco? A mí me asaltaron 14 veces, tengo una porque estoy podrido", por ahí tiene razón desde la emoción. Lo que pasa es que por ahí la persona va a salir a matar o morir y van a pasar cosas tremendas y dramáticas como las que están pasando. Los actores son gente que se sube a un escenario o hace programas en la tele, hacen reír, hacen llorar, todo bien. No tenemos una autoridad demasiado elevada al margen de lo que sabemos hacer. Y a veces veo, volviendo a la pregunta, a tipos que hicieron dos programas de televisión o cuatro discos y que hablan como si fueran Umberto Eco o Fernando Savater. Me niego a darle un estatus especial a lo que dicen los artistas. Que, por otra parte, también, artistas también, en este país, ¿cuántos habrá? ¿Tres, cuatro, diez? Los demás son gente que aparece en la tele o que de vez en cuando tocamos la guitarrita.

—¿Tiene un papel social la música?

—Sí, pero entendido en términos muy individuales. Las canciones pueden ser cabañas confortables donde la gente que está desabrigada va y se calienta las manitos un rato. No cambian el mundo, no resuelven injusticias, no solucionan desigualdades, no iluminan. Todo ese concepto del arte como cosa de vanguardia que despierta a las masas, toda esa cosa más bien sesentosa, setentosa, nada de eso ocurrió, mucho menos con el rock, que hoy en día es parte fundamental de la industria del entretenimiento. No hay insolencia, no hay contracultura. La música popular no dinamita ningún puente, al contrario, se sienta confortablemente en la mesa de la industria del espectáculo a gozar de los beneficios y a dar canciones, que a veces están buenísimas.

No hay ningún desaparecido del rock, no hubo un Víctor Jara en la Argentina

—Pero el rock nacional ha acompañado distintos momentos de la historia argentina. Es distinto tal vez pensar los noventa para acá que pensar la dictadura y la vuelta de la democracia.

—Sí. Incluso en la dictadura, voy a decir algo que por ahí me meto en un problema, pero los artistas de rock… No hay ningún desaparecido del rock. No hay un Víctor Jara en la Argentina, un tipo al que le martillaron los dedos en Chile. En la música popular hubo tipos que tuvieron que exiliarse, por supuesto, pero después volvieron y siguieron cantando. No es un demérito, no estoy acusando de complicidad.

—¿De falta de compromiso?

—No, tampoco. Se tuvo el compromiso que se pudo. Y de todas maneras la relación entre política, música y rock en particular siempre fue muy compleja en la Argentina. En los setenta, mirá la biografía de [Rodolfo] Galimberti, [Luis Alberto] Spinetta fue a las primeras reuniones del ERP con los montoneros y salió corriendo, lo bien que hizo. Los militantes veían a los músicos de rock como unos hippies y los hippies veían a los militantes como tipos que están locos. ¿Van a salir de caño a cambiar al mundo? Bueno.

—¿Cuán harto estás, del uno al diez, de que te pregunten por la asociación de Avanti morocha con la ex Presidente?

—Once. Es una canción del año 98 para una chica que me estaba dejando. Fue una canción muy popular en ese momento y hoy en día sigue siendo muy popular. Después pasaron muchos años, hubo una resignificación política de esa canción de parte de la gente que ve todo en términos de política. Qué sé yo, es una canción que le gustó a una presidente. Ojo, a mí me parece un dato biográfico. Cuando mis nietos vean los noticieros de la época y vean que había una presidente a la que le gustaba una canción que era de su abuelo. Pero no la escribí en términos políticos, no la canto pensando en términos políticos.

—No fue un compromiso tuyo hacia el kirchnerismo.

—¿Cómo va a hacer un compromiso si yo la compuse en el año 98 a la canción? Pero así como te digo eso, quiero ser absolutamente justo: cuando la canción tuvo esa significación política, a mí no me aterró.

—No pediste que no la usaran más.

—No, no. Ya está. Para mí no es un himno kirchnerista Avanti morocha, ni loco. Ojalá vinieras conmigo a pasear por el país y veas la gente que la canta. No me pidieron permiso para usar la canción, lo di tácitamente. Pero no me pagaron para hacer la canción ni nada. En ese momento, hubo gente que gustó de la canción, antes no gustaba, y gustó de la canción porque le gustaba la presidente, y gente a la que dejó de gustarle la canción porque pensó que a partir de ese momento no sé qué. De vuelta, la tontería de los dos arquitos. Distinto es si vos componés una canción para un político.

—Que también sería válido.

—Si confías en ese político. Yo no soy soldado de nadie, tengo una mirada, lamentablemente muy cínica a esta altura y muy escéptica. No me sale creer fácilmente. Lo mejor que puede hacer uno es agarrarse muy fuerte a los afectos, modificar tu hábitat, tus amigos, tu gente. Tratar de ser buena gente, tener gestos, por supuesto gestos de solidaridad y de generosidad básicos. No soy un tipo militante, nunca lo he sido, nunca lo seré. Y cuando veo a los pibes de 20 años que militan donde sea, por un lado, me da ternura y por otro lado, tengo la impresión de que dentro de 10, 15 años se van a desencantar. Soy de una generación desencantada, creo, los tipos de 40 y largos estamos desencantados en general y al borde del cinismo, no es una buena noticia. No me gusta la gente que se enamora de los políticos. A los políticos hay que controlarlos. Enamorate de un cantante, por más que seamos chantajistas. Me conmueve mucho más la militancia de los tipos como Manuel Lozano o como Juan Carr, ahí sí me saco el sombrero, porque veo que hay un acercamiento al dolor de la gente que yo veo más genuino.

—Si hablamos en 5 años y salió todo genial, ¿cómo te encuentro?

—Como ahora, espero. Cinco años no son nada, el tiempo, como decía David Lebón, es veloz. Y después de los 40, el tiempo es un cretino que pasa corriendo. Me asusta mucho lo rápido que pasa el tiempo después de cierto momento. Espero encontrarme igual que ahora, sin demasiados kilos de más, con el hipotálamo intacto, escribiendo canciones.

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Agradecimiento: Paula Balmayor, producción de vestuario; Michelle Dutrey, maquillaje y peinado.