Alberto Fernández, flanqueado por Axel Kicillof y Horacio Rodrígez Larreta, en comunicación con todos los goberndores.
Alberto Fernández, flanqueado por Axel Kicillof y Horacio Rodrígez Larreta, en comunicación con todos los goberndores.

La foto distribuida por Presidencia, en la antesala de nuevas definiciones sobre la cuarentena, no resultó una novedad absoluta pero parece recuperar valor: Alberto Fernández dialoga por videoconferencia con gobernadores, flanqueado, otra vez, por Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta. El clima previo y más amplio venía enrarecido, por una sucesión de gestos propios y hechos de impacto impensados: desde la cola de jubilados que marcaron el fin de semana pasado hasta el escándalo por la compra de alimentos con sobreprecios en el arranque de esta semana. También allí se intentó achicar costos en términos de mensaje, con despidos en la segunda línea de Desarrollo Social, aunque queden interrogantes serios aún sin respuesta.

El Gobierno venía disfrutando de cierto clima interno de satisfacción en medio de la incertidumbre y el enorme problema sanitario, económico y social que provocan la pandemia y el aislamiento como respuesta. Esa sensación, de la que se mantenía algo más escéptico el Presidente, tenía que ver con encuestas que aseguran una consolidación de su imagen. Números siempre peligrosos, por errores repetidos de sondeos y por la inconstancia de las tendencias de opinión colectivas. Hay una coincidencia: ese capital se apoyaría centralmente en la imagen de moderación y convivencia política. Pero ya algún consultor escuchado en el Gobierno advirtió sobre el posible esmerilamiento de imagen por los hechos referidos.

Daniel Arroyo, de entrada a la Casa Rosada. El ministro hizo renunciar a un secretario y otros funcionarios de segunda línea.
Daniel Arroyo, de entrada a la Casa Rosada. El ministro hizo renunciar a un secretario y otros funcionarios de segunda línea.

En los últimas horas, y sobre todo a partir de los increíbles amontonamientos de jubilados frente a los bancos, el viernes pasado, en el circuito oficialista hubo quienes anotaron que la exposición en continuado del Presidente suma cuando el camino político va en ascenso pero es un problema, medido en costos, cuando las señales se invierten. No hay filtro y es un problema el reparto de “culpas” y responsabilidades directas.

Con todo, el caso de los sobreprecios para la compra de alimentos por parte de Desarrollo Social permitió un pequeño giro en comparación con la cerrazón frente al quiebre de la cuarentena por falta de planificación mínima de entrada para el pago de jubilaciones y asistencias sociales. En los dos casos, la primera y natural reacción fue hacer trascender el malestar, el enojo, presidencial frente a semejantes episodios en menos de una semana. Las declaraciones, otra vez, corrieron de entrada en el máximo nivel, es decir, a cargo del propio Presidente.

Alberto Fernández destacó y dejó fuera de sospecha la figura del ministro Daniel Arroyo frente a tales compras de arroz y fideos con sobreprecios, pero reclamó medidas: cesantía inmediata de funcionarios y hasta alguna norma formal para evitar recaídas. El respaldo al ministro fue público y la demanda de medidas, privada y, dicen, dura.

El ministro impuso la salida del secretario del área involucrado directamente en la compra, Gonzalo Calvo, y de segundas líneas del mismo rubro. Quedan interrogantes, dos de ellos elementales. Uno: por qué Calvo fue colocado en el sillón que ocupaba, con respaldo territorial y paso por el ministerio en la anterior etapa kirchnerista, pero con algunos antecedentes inquietantes según circulaba anoche. Segundo: por qué el radar orgánico y político no detectó el problema y su gravedad. Está claro que, para disgusto en las cercanías del Presidente y enojo de tuiteros K por la difusión del caso, el tema fue destapado por periodistas.

Jubilados y beneficiarios de asistencia social. Las colas para el cobro se convirtieron en un grave problema por la cuarentena.
Jubilados y beneficiarios de asistencia social. Las colas para el cobro se convirtieron en un grave problema por la cuarentena.

De todos modos, la historia de estas compras de alimentos, aún inconclusa como investigación, permitió dar alguna respuesta que no colocara la responsabilidad enteramente fuera del Gobierno. La poda en la segunda línea buscó ser una señal. En cambio, la reacción frente al increíble y grave episodio de las colas de jubilados la respuesta había sido otra: detonó internas, hubo mensaje de extrema dureza pero no público desde la Presidencia y hasta una reunión en Olivos para organizar razonablemente y por terminación del DNI los días de cobro.

Alberto Fernández descargó su malestar en público sobre los bancos, exclusivamente, aunque en su cuenta se destacaban Alejandro Vanoli (Anses) y en menor medida Miguel Pesce (Banco Central), además del jefe del gremio bancario, Sergio Palazzo. En cuanto a los funcionarios, los pedidos de renuncia desde la oposición habrían actuado como reaseguro. El caso de Desarrollo Social fue distinto o al menos permitió otro juego político y de imagen.

El Presidente venía en una escalada fuerte desde unos días antes y había seguido en el fin de semana. La carga por despidos, con Techint como centro, asomó como una señal dura y además inesperada en sectores empresariales. Los elogios potentes a Hugo Moyano superaron incluso la reedición del dirigente del gremio de camioneros como pieza estratégica de su armado, al punto de demandar un gesto de compensación con el resto del mundo sindical. Siguió la andanada contra los comercios de barrio por los precios y el rechazo al recorte de salarios en el poder político, acompañado de aval a proyectos impositivos del kirchnerismo duro, aún supuestamente en elaboración pero con anticipo de tensiones.

Los errores atribuibles sólo a problemas propios –impericia, en el mejor de los casos-y la seguidilla de gestos destemplados frente a la crisis agravada por el coronavirus pusieron en tela de juicio la concepción presidencial de ejercicio de poder, pero también el capital político adjudicado a la imagen de moderación.

Es llamativo, porque en rigor la propia situación demanda niveles de acuerdo, en sus diversas expresiones: entre jefes políticos, en el plano institucional con gobernadores y legisladores, a nivel sectorial, para empezar. Sintonizar con esa necesidad parecía tener como correlato cierto consenso social, aunque siempre conviene diferenciar entre respuestas correctas para las encuestas y comportamientos sociales. Aún así, la moderación sugería un buen capital. Tal vez eso, además de necesidades prácticas elementales, explique la vuelta a las fotos plurales. Eso, a la vez, frente a la invisible pero efectiva carga del kirchnerismo más cercano a CFK.