Alberto Fernández le toma juramento a Felipe Solá. La Cancillería y un primer tema sensible: Venezuela.
Alberto Fernández le toma juramento a Felipe Solá. La Cancillería y un primer tema sensible: Venezuela.

El Gobierno acaba de estrenar plenamente, con dos movidas, su política frente a uno de los temas más sensibles de la agenda externa: la posición frente al régimen de Venezuela. Puso en práctica su decisión ya tomada de desconocer a Juan Guaidó. Y como buena parte del mundo, aunque con matiz sólo asimilable a la actitud de México, condenó la renovada y patética ofensiva del chavismo duro sobre el Congreso venezolano. La ecuación, según resumen calificadas fuentes oficiales, sería mantener un reconocimiento de bajo nivel y formal de Nicolás Maduro, con críticas puntuales y un planteo de diálogo como salida democrática.

Suena a estrategia cerrada, aunque, como se vio esta semana, no se trata de un simple juego unilateral. El cuestionamiento al ominoso golpe contra la Asamblea Nacional mereció una respuesta directa e insidiosa de Diosdado Cabello, hombre fuerte del régimen y cabeza visible de los intentos para clausurar la actividad del palacio legislativo, en manos opositoras. Calificó como arrastrada e idiota la posición argentina y de paso cuestionó además a México.

Diosdado Cabello, hombre fuerte del régimen chavista. Rechazó con dureza las críticas argentinas.
Diosdado Cabello, hombre fuerte del régimen chavista. Rechazó con dureza las críticas argentinas.

Apenas antes del discurso de Diosdado Cabello, habían sido difundidas las valoraciones positivas del propio Guaidó y de Washington sobre el comunicado de la Cancillería argentina, que consideró inadmisible lo ocurrido en el Congreso venezolano y sostuvo que constituye un “nuevo obstáculo para el pleno funcionamiento del Estado de derecho”. Ayer, el Gobierno mostró el otro núcleo de su estrategia: retiró las cartas credenciales a Elisa Trotta Gamus, la representante enviada por Guaidó y reconocida por la gestión de Mauricio Macri.

Valdría un dato previo al análisis sobre el debut de la estrategia diplomática de Alberto Fernández, a cargo de Felipe Solá, que participa en estas horas de una cumbre de la CELAC donde expondrá la nueva política argentina. El Gobierno elude la calificación de dictadura para referirse a Maduro. Es bastante más que una cuestión semántica y cuesta entender que entre las prioridades figure la decisión de no alterar la propia interna, es decir, no contradecir la visión del kirchnerismo duro.

Negar el uso de tal calificación para Venezuela expone un prejuicio y más todavía, una resaca ideológica similar a la de quienes se escudan en ciertas formalidades para negar que lo ocurrido en Bolivia fue un golpe no tradicional. Son actitudes que, en el mejor de los casos, se aferran a conceptos rígidos, artrósicos, frente a las realidades de este siglo. En Venezuela, hay atropellos registrados sobre los otros poderes –el último, en el palacio legislativo- para mantener blindado a Maduro. Hay presos políticos y rasgos de terrorismo de Estado: muertos, detenidos ilegales y grupos violentos paramilitares o paraestatales.

La nueva posición argentina debe lidiar con ese contexto. El cuestionamiento al Grupo de Lima es asociado más a su sintonía con Estados Unidos que al fracaso en los intentos de presionar a Caracas y forzar la caída de Maduro. Alberto Fernández –lo había anticipado en la campaña y antes de asumir, con gestos concretos- considera que su estrategia central en este terreno debe estar asociada a México.

Es decir, no romper pero no aliarse con Venezuela –mantener la relación diplomática a nivel de encargado de agregado comercial, según aseguran en la Cancillería- y al mismo tiempo, mantener cierto grado de distancia con el gobierno de Donald Trump. Es lo que algunos buscan presentar como “tercera posición”.

Se ha dicho: es un tablero donde todos juegan, a veces muy fuerte. La decisión de moverse con México se anota en un camino estrecho. Integra así el reducido grupo de países latinoamericanos que mantiene relación con Caracas y desconoce a Guaidó –en rigor, desconoce esa línea de presión internacional- pero a la vez, debería desmarcarse de los apoyos activos al régimen de Maduro, que exponen Cuba y, en segundo renglón, Nicaragua.

Juan Guaidó, luego de poder entrar a la sede de la Asamblea Nacional.
Juan Guaidó, luego de poder entrar a la sede de la Asamblea Nacional.

En la Cancillería consideran como dato objetivo que Maduro tiene “el poder fáctico y concreto”, es decir, que es “el” gobierno. No sería la única diferencia sobre la consideración de Guaidó, que trasciende las fronteras pero –destacan- “no está fuerte adentro” en la pelea por el poder o al menos por una salida de consenso.

En esa línea, el último golpe ensayado sobre el Congreso sería una muestra más de que el objetivo “prioritario” para Maduro es el frente interno. Y en la misma línea debería ser ubicada, según esta visión, la reacción de Diosdado Cabello contra la condena del gobierno argentino y -poco registrado en nuestro país- también contra la posición de México.

Sería, en buena medida, una actitud aislacionista: el discurso de Diosdado Cabello apuntaría a cerrar filas frente al grado y la extensión del rechazo internacional –aún con matices- a la carga sobre el palacio legislativo. Pero su acidez estaría indicando a la vez un mensaje hacia la interna del oficialismo argentino. Una provocación.

Existe un antecedente. Después de las PASO, Diosdado Cabello se había encargado de expresar algo que también sonó provocador en medio de la celebración del triunfo del Frente de Todos sobre Macri, enemigo declarado. Aquella vez, en agosto, se refirió de hecho a Alberto Fernández –“No vaya a creer que lo están eligiendo porque es él”, dijo- y sólo elogió a Kirchner. Después vendrían las señales sobre la “brisa” bolivariana.

El malestar expresado ahora parece contradictorio a primera vista con la expectativa por sumar un socio regional activo que exponían los comunicados del régimen venezolano para celebrar el triunfo de la fórmula Alberto Fernández-CFK en octubre. Del mismo modo que la satisfacción por el desconocimiento de Guaidó.

Eso surge al menos en apariencia. Pero tal vez haya que dar otra vuelta de tuerca al pasado para entender aquello de trabajar sobre las contradicciones externas. Esas contradicciones, vistas de tal modo, no estarían en las reacciones de Caracas para celebrar o criticar sino en sus expectativas sobre la propia interna del oficialismo argentino. Una apuesta, lejana en miles de kilómetros y apegada a historias compartidas.