Las comparaciones en política suelen ser además de odiosas, distorsivas. Pero desde la consagración de Alberto Fernández como nuevo presidente, crecen en sus cercanías las referencias al “nestorismo”. Eso remite al modo de ejercer el poder y antes, si se toma realmente en cuenta aquel tramo inicial del kirchnerismo, a la construcción de poder. Las diferencias son enormes, entre otras razones porque en el plano interno está Cristina Fernández de Kirchner y no Eduardo Duhalde. Lo que sobrevuela, de todos modos, es la idea de una decisión distintiva, de entrada, que se convierta en una marca de nuevo ciclo, según el imaginario de sentido trascendente. ¿Puede una ley sobre el aborto progresar y ocupar ese lugar?

Por supuesto, quienes conocen a Alberto Fernández afirman en estas horas que legalizar el aborto es una convicción suya íntima y previa a este tránsito hacia la Presidencia. Pero ese no saldaría el tema: lo más gravitante es que acaba de anunciar que avanzará con esta iniciativa en el arranque mismo de su gestión. Y con proyecto propio, es decir, del Ejecutivo. Nadie aclara, sin embargo, cuándo sería enviado y menos, el contenido de la propuesta. Este es un punto trascendente, en relación con la iniciativa original, frenada el año pasado en el Senado, y frente al rechazo ya expuesto por la Iglesia Católica y el anterior y “militada” oposición de las iglesias evangélicas.

El alcance de la iniciativa es un dato mayor. Son significativas las distancias entre la despenalización –que no hace mucho Fernández sugería como un primer paso, y que se resolvería con modificar el Código Penal- y el aborto legal, seguro y gratuito, es decir, dentro del sistema de salud. El proyecto de IVE avanzó por primera vez en el Congreso el año pasado. Fue aprobado en Diputados y frenado en el Senado. La idea de la despenalización como movida posterior y alternativa fue rechazada sin vueltas por los promotores de la ley apenas lo insinuaron desde el Ministerio de Justicia.

Ese contexto opera como antecedente inmediato. También, otro elemento político potente: las fisuras que produjo en todas las fuerzas políticas, con excepción de la izquierda tradicional. Se habló de un corte transversal, que hasta podría generar convergencias futuras por encima de los partidos. En rigor, ese entusiasmo discursivo apenas disimuló la crisis extendida de los partidos, incapaces de afrontar siquiera los debates internos antes de resolver la libertad de conciencia para votar. Y expuso además las diferencias y el peso de jefes provinciales contrarios a la iniciativa.

Vale recordarlo en medio del repetido ejercicio de gestos fundacionales en el inicio de una nueva etapa de gobierno. Las alusiones a Néstor Kirchner incluyen, además del modo de ir alineando la interna, referencias a la forma más amplia de construcción de poder. En esa última línea, alguna vez fueron anotados dos cuestiones: la adopción como tema propio de la tradición de lucha por los derechos humanos, que no asomaba en su agenda y en su propio recorrido político, y el armado de una “transversalidad” que se nutriera de la enorme crisis de los partidos –luego del estallido de 2001- y a la vez diera una vuelta de página a esa misma crisis.

Las diferencias son muchas y profundas. Temática: la cuestión de los derechos humanos tenía enorme consenso y, en todo caso, su uso y parcialización produjeron desencuentros y disputas posteriores. Política: la fisura transversal generada en el Congreso por el proyecto de legalización del aborto es a todas luces otra que la planteada hace casi veinte años, como lo exhibió además una recomposición de coaliciones en las últimas elecciones que no pasó centralmente por ese terreno.

Esto, en el planteo de Alberto Fernández, no es una cuestión secundaria. Dijo que espera que cuando sea reinstalado el debate legislativo las divisiones no sean entre verdes y celestes, entre progresistas y reaccionarios. Parece un cálculo político de difícil proyección.

Más llamativo es el cálculo en relación con la Iglesia Católica, considerada a la vez una pieza central en el armado de atención y contención social. No exclusivamente en la puesta de la iniciativa contra el hambre, sino también y especialmente en el trabajo diario en las zonas y barrios más castigados por la crisis en el Gran Buenos Aires y en el interior.

La jerarquía católica emitió un par de señales fuertes que no pueden ser dejadas de lado bajo el título de su esperable rechazo a la movida del presidente electo.

El primer cuestionamiento directo no estuvo a cargo de la conducción eclesiástica, es decir, de la comisión permanente que encabeza monseñor Oscar Ojea, de relación directa y alineada con Francisco. Por ahora. Pero fue lo suficientemente clara: fue expresada por monseñor Víctor “Tucho” Fernández –el apodo figura incluso en textos de su arquidiócesis-, a cargo del arzobispado de La Plata y considerado principal intérprete del pensamiento del Papa.

El obispo de La Plata Víctor Manuel Fernández cuestionó a Alberto Fernández por impulsar la legalización del aborto
El obispo de La Plata Víctor Manuel Fernández cuestionó a Alberto Fernández por impulsar la legalización del aborto

Esa primera reacción fue por escrito, en la cuenta de Facebook. En otras palabras, no fue una declaración al pasar frente a algún micrófono–que de todos modos, difícilmente incluyera descuidos- sino un texto articulado línea por línea.

El obispo se pregunta –en rigor, dice que le preguntaría a Alberto, a quien trata con decidida amabilidad y lo menciona por el nombre sin necesidad de apellido- si “vale la pena” iniciar el gobierno con una cuestión que “tanto divide a los argentinos y que tanta tensión ha provocado”. También destaca que podría haber cierto quiebre en la confianza generada en el voto: dice que en campaña, Alberto Fernández había dicho que no sería un tema prioritario y que había que tratarlo con tiempo porque “dividía al país”.

Tucho Fernández distingue entre despenalizar –“Sería simplemente blanquear una situación”, escribió- y legalizar, el “aborto libre”. ¿Una señal, un límite? Como sea, hay al menos dos puntos ineludibles para la lectura política.

El primero de esos puntos es que entre los obispos circula la impresión de que podría tratarse de una fuerte jugada política para marcar la agenda frente al difícil cuadro económico deberá enfrentar el presidente electo. Demasiado, teniendo en cuenta que podría complicar sin vueltas la relación con el Papa. Y el segundo podría significar una mirada poco aguda sobre los márgenes no sólo de dogma sino además terrenales de la Iglesia Católica. Difícil imaginar una cesión de espacios a otros sectores religiosos en una nueva etapa de fuerte debate social por el aborto.

Parecen cuestiones que seguramente ya entran en el análisis de Alberto Fernández. Las conclusiones tal vez puedan ser advertidas en tiempos y contenidos.