(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

Agosto no es octubre, pero hay un presidente golpeado por una fuerte derrota y un candidato a tiro de piedra de la Casa Rosada que, en rigor, no es presidente electo. Acaban de cumplirse las PASO, restan dos meses y medio hasta la prueba quizá definitiva de la primera vuelta y después otro tranco con o sin balotaje, hasta diciembre. Mauricio Macri tiene la carga mayor no como candidato sino como presidente: gobernar. Y Alberto Fernández no es el mismo que era hasta el domingo: está parado sobre una montaña de votos y enfrenta desafíos acelerados por el impacto y la lectura del triunfo. En medio de la crisis y con dólar en escalada angustiante, el juego político es enorme pero de márgenes finitos.

La primera reacción de Macri fue mala por partida doble: habló y lució como candidato, sacudido por el resultado electoral, en lugar de exponerse como presidente que busca asimilar el golpe. En su conferencia de prensa del lunes, cargó sobre la oposición y el sentido del voto, junto a su compañero de fórmula, en lugar de presentarse sólo o con funcionarios y anticipar qué pasos daría en velocidad frente al nuevo terremoto de los mercados y su impacto social. Ese movimiento generó críticas en su círculo más próximo y se extendió entre sus socios políticos, según circula en estas horas sin mucha reserva.

Alberto Fernández, en la celebración de la victoria en las primarias
Alberto Fernández, en la celebración de la victoria en las primarias

Alberto Fernández cuida algunas de las formas, en medio de reuniones y conversaciones con su círculo más cercano y también con Cristina Fernández de Kirchner. Cada contenido y cada nombre que se dejan trascender sobre esos encuentros generan especulaciones sobre líneas tácticas y sobre cargos para un eventual gabinete. También, refieren a los equilibrios que debería lograr en el juego de poder interno. No son datos menores sus contactos permanentes con gobernadores, tampoco las apariciones de allegados que, como se verá, aluden a cuestiones sensibles. No hay espacio para la campaña desenganchada de la tensión que se vive desde la noche del domingo.

El tema es que esos cuidados y algunos gestos no pueden escapar a la lupa, con efectos a veces deformados, impuesta por la crisis. Inquietan las sombras de la propia historia de esta democracia, marcada por trances dramáticos, y sobre todo el carácter bastante único de este cuadro. No es en sentido estricto una transición, categoría que niega el oficialismo, porque lo daría como definitivamente derrotado, y también rechazan a su modo los ganadores, porque generaría compromisos con ese proceso cuando la ficha aún no fue coronada. De todos modos, está a la vista, tampoco es un simple proceso de campaña con candidatos recién consagrados.

La cuestión es precisamente esa, es decir, cómo capitalizar el resultado de las PASO y dar señales de equilibrio que ayuden a distender el cuadro social y que operen sobre la economía, al menos precariamente y por tiempos cortos. Eso, al mismo tiempo que se hace campaña explícita.

Alberto Fernández evita o condiciona, según como se lea, la posibilidad de sentarse alrededor de la mesa con el Gobierno porque entiende que no puede quedar como socio salvador de este trance, cuya responsabilidad adjudica por entero al oficialismo. Puede discutirse sobre el origen y la profundización de la crisis, aunque está claro en que vereda cae hoy el grueso de la carga. Hay recelos nacidos del puro cálculo político y gravita la pésima relación entre el candidato y el Presidente. La parte menos seria de este contrapunto es el cruce de versiones sobre la existencia o no de una invitación a conversar por parte de la Casa Rosada.

(Télam)
(Télam)

Hay todavía algunos gestos de desplante que tal vez sean olvidados en función de una lectura más amplia. El mensaje hacia el interior del Frente de Todos emitido por el propio Alberto Fernández, y compartido en esta etapa por la ex presidente, es de moderación, no sólo porque el núcleo propio parece asegurado sino porque el alcance de la votación del domingo expondría, entre otros aspectos, el éxito de ese perfil. La señal habría sido, básicamente, no generar conflictos ni aparecer cargando todo el tiempo contra el Gobierno para desalentar especulaciones sobre una apuesta a la salida traumática de Macri.

En esa línea, parecen tachadas las declaraciones sobre dólar retrasado y Leliq. Fue significativo que Matías Kulfas, economista del grupo más cercano al candidato, haya salido a expresar voluntad de pago y también de renegociación con el FMI. Y que haya descartado expresamente herramientas como el cepo. Alberto Fernández, con declaraciones políticas más específicas y diferenciadoras, reafirmó esa línea. Resultó disonante Felipe Solá, que sugirió medidas de restricción para el dólar ahorro y el dólar turismo.

Con todo, el mensaje global incluso hacia el interior de la convergencia kirchnerista-PJ apunta a mantener distancia del Gobierno pero eludiendo cualquier definición que pueda ser interpretada como nafta sobre el fuego. La cuestión de la distancia, como cualquier elemento político, dependería de la valoración social que registre y, por lo tanto, podría variar en función de lo que suma o resta.

En el oficialismo, sacudido por la derrota, abundan los cruces. Hay coincidencia en el cuestionamiento a las declaraciones poselectorales de Macri. Eso afloró anteanoche en la cita del Presidente con Marcos Peña, el más apuntado, y con Rogelio Frigerio, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Estuvieron también Nicolás Dujovne y Dante Sica, más centrados en las medidas para atender el impacto negativo de la devaluación de estas horas. El resto, además de acordar impulsar paliativos, fue descarnado sobre el cuestionamiento al tono y sentido del mensaje presidencial. Dicen que se fue de curso y que sería superado.

También desde la UCR, aun sin encuentro formal, hubo coincidencia sobre esa evaluación y la necesidad de tomar rápidas medidas, aunque también opiniones sobre la "necesidad" de entablar algún tipo de conversación con Alberto Fernández para pactar de algún modo un tránsito ordenado hacia las elecciones. Las chances que ven de revertir el panorama son módicas sino nulas, pero creen que también la oposición necesitaría evitar una crisis sin retorno. Algo de eso llegó a las oficinas políticas del Gobierno y también a referentes peronistas.

El objetivo sería visible. Asegurar un camino de llegada a diciembre más o menos llevadero, con cierto margen para la disputa electoral pendiente. La provincia de Buenos Aires quedó más que comprometida. La Capital, el distrito fundacional del macrismo muestra otro panorama: Rodríguez Larreta quedó firme para dar batalla pero en un sistema de balotaje verdadero. Y se juegan también varias intendencias bonaerenses y las bancas de legisladores nacionales. Antes, en septiembre, está anotada la elección de gobernador en Mendoza. Es en sentido amplio la pelea por el poder territorial y el peso en el Congreso. Piezas clave, quede como quede planteado el tablero.

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