Mauricio Macri fue duro con Roberto Lavagna un par de veces en apenas una semana. También fueron ásperos Marcos Peña y Nicolás Dujovne. Demasiado para que pueda ser interpretado como un simple bandazo. ¿Final de la polarización? ¿Estrategia para levantar al ex ministro y dividir el voto opositor? ¿Temor o inquietud por la aparición de un tercer participante competitivo? En medios oficiales, aún en los críticos de esa andanada, aseguran que esa puesta en escena duró lo que duró, que no es un giro de campaña y que debería ser interpretada en clave interna. Imposible, aún así, desconocer el efecto externo al menos en la platea más politizada y en el circuito empresarial.

Recién asoma la campaña y todo, sin embargo, es exagerado, también la enorme capacidad planificadora que se la adjudica a los equipos de operadores y consultores de los candidatos, declarados o no, y a los mensajes presuntamente cifrados. Por ejemplo, el discurso sobreactuado del Presidente, en modo enfático, es asociado en cierto círculo como una señal de malestar no sólo por lo que ocurre con la economía sino en especial con los empresarios de primera línea. Ese malestar no es nuevo ni desconocido, y pareciera innecesaria semejante actuación para expresarlo, pero es parte del oleaje.

Con Lavagna, la semana última también se sumaron especulaciones sobre el impulso de algunos sectores empresariales, los de viejos puentes y otros. Y se advertía que había que prestar especial atención a su participación en el encuentro convocado por la Fundación Mediterránea, el miércoles último. Nada desbordó el almuerzo en Córdoba, donde el ex ministro lució un discurso trabajado y previsible, que coloca como ejes del deterioro económico a la gestión de Macri y al segundo mandato de Cristina Fernández de Kirchner. Campaña, nuevo aviso de que está en camino su candidatura, aún con interrogantes.

Roberto Lavagna y Sergio Uñac
Roberto Lavagna y Sergio Uñac

Quizás lo más inesperado fue, en todo caso, la sucesión de ataques y réplicas que le dedicó el Gobierno al ex ministro. Emergió, más allá de las cuentas que haga Lavagna, como un mensaje que le daba categoría de principal figura del peronismo federal, por encima de los referentes de ese espacio: Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey, Miguel Angel Pichetto y Juan Schiaretti.

En medios oficiales, se decía en el cierre de esta semana que el contrapunto con Lavagna no representa para nada la reelaboración de su plan de campaña. "Nuestra estrategia en este momento está en un paso previo a la competencia abierta con los otros candidatos, que además no está definidos.Y nuestro primer paso es consolidar a nuestros votantes", dice un fuente de la Casa de Gobierno para rechazar que el ex ministro sea en esta etapa el centro de una ofensiva estratégica o preventiva. Otro vocero lo completa asegurando que se trató de una ráfaga, algo inicial y pasajero, para exponerlo como expresión del pasado y no como una novedad política.

Por supuesto, la lectura externa no puede ser minimizada por la voluntad del oficialismo. Y esa lectura tampoco debería ser lineal. Está claro hasta ahora que el esquema de pelea política de Macri era reducido a la confrontación con Cristina Fernández de Kirchner, elemento central pero no único de la polarización. Pero aún suponiendo que el fenómeno de la grieta pudiera ser acotado de ese modo, resultaba inevitable analizar qué ocurría y qué puede pasar con la franja de votantes que no se identifica de entrada con ninguna de las dos figuras de esa ecuación.

Lavagna, y el peronismo federal en líneas generales, aspira a consolidar como apoyo propio a buena parte de ese electorado. El riesgo de la polarización absoluta queda reservado para un final de balotaje, está en la naturaleza de ese sistema. Y por eso, bastante antes de esa instancia debería colocarse como parte de la pelea y convertirse en uno de los polos. Tarea dura.

Esa consideración básica abrió los interrogantes sobre el juego del oficialismo en estos últimos días. ¿Puede apuntar a que el ex ministro mantenga cierta fragmentación del voto opositor pero sin romper el juego entre Macri y la ex presidente? Las encuestas, aún leídas con los cuidados del caso, registran hasta ahora un mejor puntaje de Lavagna entre los otros referentes del PJ federal, pero a distancia de la disputa entre el presidente y la marca CFK.

Difícil saber cuánto pueden influir las movidas del oficialismo en el modo en que se dividan caudales de votos entre distintas expresiones opositoras. Pero en términos de especulaciones y lectura política, no sería un dato menor el impacto de las cargas contra Lavagna. Habrá que esperar las mediciones. También para ver el efecto de esa primera andanada de críticas al ex jefe de economía entre los propios seguidores del Gobierno.

Parece evidente además que la idea de asegurar a los votantes fieles como primer paso de la estrategia oficialista habla de la inquietud frente al desgaste que anota el Gobierno. Eso trasciende las tensiones puntuales con el radicalismo o el armado de listas en cada distrito. Se trata de recuperar lo que buenamente es referido como franja de desencantados, para mantener el lugar gravitante como uno de los polos.

Es probable que la pelea, aunque termine siendo de apenas unos días, le haya dada aire a Lavagna en esta etapa de "presentación", por lo menos en un sentido mediático. Encontró al ex ministro en días de marcada exposición pública. Estuvo en Córdoba con Schiaretti y la Fundación Mediterránea, sumó el apoyo del sanjuanino Sergio Uñac en la interna más amplia del peronismo, volvió a mostrar qué socios pretende para este armado con base y estructura de gobernadores del PJ –Miguel Lifschitz, Ricardo Alfonsín- y mantuvo dos citas con jefes sindicales de peso.

También volvió a registrar planteos contrarios a su demanda de ser consagrado candidato sin elecciones primarias. Se lo hizo saber otra vez el massismo, que mantiene su posición como Urtubey. Schiaretti también lo sostiene, aunque considera que de acá a junio, antes de anotar las listas, habría tiempo suficiente para conversar. Sobre todo, si las encuestas muestran números desequilibrantes, incontrastables para alguno de ellos.
En esa pelea, dicen en el Gobierno, tienen pocas posibilidades de incidir. Son fricciones y tal vez desgastes ajenos, dentro de la oposición. No vienen mal como realidad externa para tratar de recomponer ánimos en las propias filas, pero no alcanza. El reforzado discurso presidencial sirve para afirmar rechazos y estará a prueba si es útil para remontar el camino.