El mundo político contuvo el aliento con la precipitada salida de Luis Caputo y su reemplazo por Guido Sandleris en el Banco Central. Casi como reflejo, volvió a concentrar su mirada en los mercados, ejercicio que suele distorsionar la percepción global sobre la realidad. Curioso, además, porque borró en buena medida la lectura sobre el renglón que escribía a la misma hora el paro de la CGT, con advertencias generales al Gobierno y una señal precisa del moyanismo al PJ en medio de las conversaciones sobre el Presupuesto 2019. Esto último atado a su vez al renegociado acuerdo con el Fondo: un tablero complejo.

Hay bastante más que cuestiones domésticas en este nuevo capítulo del Gobierno, que quizás pueda ser procesado en velocidad por la primera línea oficialista y hasta por el mundo financiero, pero que sin dudas suma zozobra cuando debería ir despejándose la incertidumbre social. Nicolás Dujovne asoma más firme que hace apenas un mes cuando parecía en pendiente. Y cae Caputo, con un gesto cuanto menos mal manejado: es un funcionario que había llegado desde la cercanía presidencial y las finanzas, antes que de la política o el mundo académico.

Los hechos y respuestas provocados por la crisis van a una velocidad que supera incluso al círculo más cercano a Mauricio Macri. Apenas producido el rearmado del gabinete, en medios oficialistas se advertía que no necesariamente esa historia había cerrado. Las cuentas sobre debilidades y fortalezas individuales, desde la jefatura de Gabinete para abajo, no están saldadas del todo: no hay sillones asegurados. Con todo, y al margen de las versiones previas –incluso del fin de semana- sobre la pulseada Dujovne-Caputo, difícil que alguien imaginara algo diferente a costos para el desenlace de esa disputa. El modo de resolver sus propios problemas no debería ser subvalorado por los efectos del entendimiento con el FMI.

Nicolás Dujovne y Luis Caputo
Nicolás Dujovne y Luis Caputo

Hay otro dato político potente que surge en medio de estos temblores económicos. Un cuadro de persistente inestabilidad –o la imposibilidad de poner en caja la crisis desatada hace cinco meses- complica o al menos genera nubarrones sobre el difícil territorio de las negociaciones con los gobernadores de la oposición para cerrar un trato sobre el Presupuesto y el modo de aprobarlo en el Congreso. Esta negociación, a su vez, es vital para serenar las aguas: FMI y Presupuesto son piezas de diferente peso pero complementarias.

No se trata únicamente de un tema de Dujovne. El ministro estuvo en Diputados para presentar y aguantar la primera andanada de cuestionamientos y reclamos de precisiones sobre el texto enviado por el Gobierno. Hoy será el turno de una nutrida delegación de funcionarios. Y en paralelo, siguen las negociaciones en las dos Cámaras: Rogelio Frigerio, en contacto permanente con gobernadores, a la par de Emilio Monzó, Nicolás Massot y Luciano Laspina motorizan las tratativas, que además demandan afinar muy bien las cuerdas internas del interbloque que encabeza Mario Negri.

El proyecto recién llegaría al recinto cuando esté muy trabajado con el peronismo federal y con otros sectores de la oposición, empezando por los representantes de fuerzas provinciales y anotando, si es posible, a legisladores del massismo. Todo es computado en esta cuenta: votos, ausencias, abstenciones. Pero además, y eso explica los contactos con Miguel Angel Pichetto, se estaría buscando un compromiso para lograr que, si hay acuerdo, lo que vote Diputados camine sin sobresaltos en el Senado. En esa línea también opera la negociación para flexibilizar el consenso fiscal, tal como reclamaron jefes provinciales del PJ.

Ese armado legislativo demanda un cuadro externo de cierta distensión para avanzar. Hace rato, en medios oficialistas se destaca la necesidad de atender el frente social, tarea que registra en primera línea la relación con los movimientos piqueteros. Ese difícil y permanente trabajo está centralmente a cargo de Carolina Stanley. Y también incluye a otros actores de peso como la Iglesia, aún en el marco de las tensiones con la jerarquía eclesiástica.

María Eugenia Vidal también lo sabe y está involucrada en la tarea. Es producto de una lectura realista de la situación de la provincia y de su recorrido personal: ha tejido vínculos con referentes sociales y mantiene su contacto con obispos a pesar de algunos tragos amargos.

En la misma línea reclama atención el costado sindical de la política. El paro de ayer y la protesta iniciada el lunes acaban de emitir señales nada desdeñables más allá de su registro mediático, relegado en parte por el impacto del precipitado recambio en el Banco Central, por los vaivenes de los mercados y por el entendimiento con el FMI.

Pablo Micheli, durante el acto del lunes
Pablo Micheli, durante el acto del lunes

Aún así, y traduciendo los hechos y las declaraciones de los jefes sindicales –al margen de frases que cruzan límites, como las de Pablo Micheli-, la demostración sindical dejó en claro un complejo mensaje con tono de advertencia para el Gobierno y una señal hacia la interna peronista, precisamente en momentos que es discutido el Presupuesto y se proyectan posiciones algo más nítidas hacia el año electoral que viene.

La CGT exhibió frente al Gobierno – y al mismo tiempo, en respuesta implícita a la ofensiva moyanista- su capacidad para asegurar el paro, con el aporte determinante de los principales gremios del transporte. Le reclamó al Gobierno cambios en la política económica, una generalización para abrir negociaciones que atiendan al menos dos problemas ineludibles: el manejo de paritarias permanentes, frente a la descontrolada inflación, y algún grado de contención del empleo. En medios oficiales dicen que los contactos informales siguen funcionando. El punto es ahora cómo opera la promesa de un ámbito más formal de diálogo, insinuado por el ministro Dante Sica y postergado hasta pasada la medida de fuerza.

En la otra vereda sindical, Hugo Moyano y sus más recientes aliados expusieron estructuras de movilización. En la calle, convergieron las dos CTA, movimientos sociales y algunos jefes peronistas del Gran Buenos Aires. El discurso apuntó con dureza al Gobierno y mostró precisión en disparar sobre el Presupuesto. El mensaje hacia el interior del PJ fue explícito: hubo reclamos a gobernadores y legisladores peronistas para que rechacen el proyecto, de lleno, sin negociación alguna. Algo de eso ya escuchó en directo Sergio Massa.

Nadie desconoce, claro, que los sectores que integran o sostienen el triunvirato de la CGT intentan reclinarse sobre el peronismo de los gobernadores. Y Moyano, en cambio, ha recreado su relación con el kirchnerismo después de años de enfrentamientos. En ese paño, entonces, la relación del Gobierno con los jefes cegetistas sería una pieza nada menor para allanar el camino a las negociaciones en el Congreso. Se ha dicho: Presupuesto y FMI van de la mano, pero no agotan la realidad.

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