Sororidad, la palabra del 2018
Sororidad, la palabra del 2018

Lo dicen los especialistas: según la app Babbel, una de las palabras más utilizadas en Argentina durante 2018 fue sororidad. Pero no solo eso, porque también nosotras hemos comenzado a escucharla, a leerla, a verla –convertida en cartel y en pancarta– en cada una de las marchas en las que nos encontramos este año en las calles.
También hay que decirlo: sororidad, esa palabra que suena extraña solo la primera vez que la escuchás porque es difícil conectarla con otra que no sea "monja" (sor Etelvina, sor Juana), dice en solo nueve letras un universo completo.

¿Qué es eso que te impulsa a saltar como un resorte de tu asiento apenas sube una embarazada al subte mientras otros entran en estado de catalepsia, roncan o clavan la vista en el celular? Pues la sororidad.

¿Qué te impulsa a vos -solterísima y nulípara- a aceptar hacer enroque de turnos con tu compañera recién separada y con dos chicos a cargo para que ella pueda ir a ver a su hija bailar en la fiesta de fin de año de jardín? La sororidad, desde ya. Pero si hasta ahora todo eso puede confundirse con amistad o con mera empatía, aquí va otro caso que quizá aclare la cosa un poco más.

Es así: una chica va a bailar y no vuelve a su casa. No regresa. Durante horas, el caso paraliza al país y todos (aquí, allá, más allá) miramos y volvemos a mirar la foto de esa chica que falta, hasta aprendernos su cara de memoria. El nombre no importa, porque esa chica ausente se ha llamado de mil y una maneras: Micaela, Sol, Luz, Fernanda, Lucía, Araceli, Andrea. Y eso que sentiste cuando la chica apareció muerta, violada, empalada o salva, pero no sana, llevando en el alma las marcas de la atrocidad vivida –sí, eso, esa mezcla de rabia, estupor, ganas de llorar y abrazarte con otra, y de "hacer algo"– eso, precisamente eso es la sororidad. No el sentimiento, sino su causa, lo que lo provoca.

La sororidad es el lazo invisible –y hasta a veces inimaginable, porque enlaza a mujeres, chicas y señoras con las más diversas maneras de pensar, sentir y vivir– que une a todas esas que nos sentimos partes de algo común y más grande. Una hermandad solo de hermanas que engarza a todas esas que nos hemos vuelto familia atravesando experiencias en común.

¿La maternidad? Sí, puede ser. Pero no solo eso, o ni siquiera eso. La experiencia de la sororidad no pide que hayas parido, ni siquiera que planees tener hijos. Para ser "sorora" hay que verse (y saberse) en la otra. Saber que eso que le pasa a una le pasa (o le puede pasar) a todas.

UNA PARA TODAS. ¿Por qué sororidad y no fraternidad? Por eso mismo: porque son dos cosas bien diferentes. Tanto, que necesitan palabras distintas para identificarse. Y ahora viene la parte lingüística, que es la más aburrida, pero también la más esclarecedora. Porque sororidad viene del latín soror (hermana), la contraparte de frater (hermano).

¿Es la sororidad entonces una "fraternidad entre mujeres"? Claramente no, es otra cosa. Y por eso demanda una voz propia. Además, miren qué notable: fue el escritor  Miguel de Unamuno quien utilizó el término en 1925 en su novela La tía Tula, pero quien también hablando –justamente– de esa palabra que no existía aseveró: "No es lo mismo, ni mucho menos, lo paternal y lo maternal, ni la paternidad y la maternidad", y por tanto "es extraño que junto a 'fraternal' y 'fraternidad', de frater, hermano, no tengamos 'sororal' y 'sororidad', de soror, hermana".

Y, como bien apuntaba don Miguel, no era extraño, no. Porque sucede que –a lo largo de la historia– cualquier cosa que oliera a aporte femenino ha sido sistemáticamente borrada.

Hace algunos meses, desde la plataforma Wikipedia las "contenidistas" llamaban la atención sobre la escasez de biografías de mujeres científicas en ese espacio.

"Hasta hace muy poco, Maire Curie aparecía como ´esposa de Pierre Curie´ y no como ganadora de dos premios Nobel", ilustraban. La historia del descubrimiento del ADN es otro caso conocido de "ninguneo" científico: James Watson y Francis Crick se llevaron el Nobel y la gloria por ese descubrimiento, pero la investigadora Rosalind Franklin, que trabajó con ellos y cuya foto permitió develar la doble hélice del ADN (la famosa foto 51), fue ignorada no solo por ellos, sino también por la academia.

La historia de la ciencia, del arte, la historia misma está tachonada de estos episodios en los que las mujeres son corridas violentamente detrás de los cortinados.

Sin embargo, no fueron esas, sino otra clase de violencias las que pusieron a las mujeres en acción, primero peleando por sus derechos civiles (el voto, entre ellos) y luego por sus derechos sexuales y reproductivos.

Las "unas", las grandes líderes feministas que marcaron el rumbo  (no importa si Rosa Luxemburgo, Alexandra Kollantai, Alicia Moreau de Justo, Simone de Beauvoire y tantas más) lucharon alguna vez por los derechos de todas, incluso los de esas que no se sentían "representadas" por sus discursos, pero que igual terminaron disfrutando de los beneficios de cosas tales como la licencia por maternidad, el acceso a la educación superior o el acceso a la anticoncepción.

En el tiempo de las "unas", cuando la lucha por los derechos de las mujeres tenía más de epopeya personal que de expresión colectiva, semejante disidencia se pagaba  y caro. Pero la sororidad nunca es por una y siempre es por todas. Y ahí están movimientos como el #MeToo (A mí también) para demostrarlo.

El movimiento #MeToo
El movimiento #MeToo

TODAS PARA UNA. En junio de 2015, el femicidio de Chiara Páez (una embarazada de 14 años asesinada por su novio y su familia) marcó algo parecido a un límite.

Y gracias a la gestión de un grupo muy pequeño de periodistas argentinas fue que ese sentimiento generalizado de furia, ante la matanza primero y ante la impunidad después, se transformara en calles y plazas de toda la Argentina cubiertas de mujeres el 3 de junio de ese año. Muchas fuimos con hijos, hijas, amigas, novios, maridos y hasta padres. Y esa fue la primera vez que muchos tomaron nota de lo obvio: que lo que nos pasa a las mujeres no es un "problema de mujeres", sino un problema social grave que termina con una de nosotras cada 30 horas.

Para ese entonces, la sororidad ya estaba en el aire y la seguridad de que en cada nueva muerta nos matan un poco a todas comenzaba a ser movimiento, bandera y ejercicio concreto.

Hoy, me alegra ver cómo mi hijo de trece años me explica a mí qué es la sororidad y me aclara de paso que a él se lo explicaron las chicas del centro de estudiantes que hasta tienen una comisión al respecto. Y eso es lo bueno: ver cómo la palabra se convierte en acción, en soluciones y en cambios concretos en chicas y chicos.

Por caso: en el colegio no sólo dan charlas sobre noviazgos violentos y violencia de género, sino que también han implementado las "femi-patrullas", con un sistema de cuidado entre chicas que ha reducido el acoso y los ataques.

En otro colegio secundario también centenario, las egresadas aprovecharon el final del curso para hablar en voz bien alta de los profesores y no docentes que las habían ninguneado y violentado de mil modos a lo largo de cinco años.

Hoy, ahora, ya, desde hace muy pocas horas, a partir de la sanción de la Ley Micaela (así llamada en honor a Micaela García, asesinada en Entre Ríos), quienes formen parte del Estado Nacional –en cualquiera de los tres poderes– deberán capacitarse en perspectiva de género. Para entender que en todo esto que pasa y nos pasa no hay casualidad sino causalidad. Que la violencia se transmite en palabras, sí, pero también en ausencia de ellas. Que si el asesinato de una mujer por sexismo se llama "homicidio" y no "femicidio", hay una muerta menos. Y una violencia más. Que si el abuso sexual y la muerte de una menor de edad a manos de adultos que le dieron drogas, tuvieron sexo con ella y la descartaron (ya muerta) en una sala de salud queda impune, es la justicia la que decide que cosas como éstas sigan pasando.

De todo eso y muchas otras cosas invisibles habla la sororidad. Y por eso su canto, y su baile, y ese coro que se baila y se canta en cada marcha: "Ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven. Abajo el patriarcado, se va a caer, se ve a caer. Arriba el feminismo que va a vencer, que va a vencer". Hasta entonces, a seguir juntas. Y más sororas que nunca.

texto  QUENA STRAUSS ilustración VERÓNICA PALMIERI

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