Me pregunto qué se hablará en sus casas en este momento. Después del episodio que ellas habrían titulado "broma". Juana Avalos (22), Federica Albisu (22), Federica López Brown (21) y Mateo Passerieu (22), después de una fiesta en el quincho de Cuba y con Juana al volante, se mandaron de una con su Volkswagen Gol a la quinta Los Abrojos, del presidente Mauricio Macri. Unos diez días antes del G20. No es poca cosa. Boludearon a los custodios, gritaron Macri Gato, se habrían hechos selfies y se fueron a desayunar a un McDonald's de la ruta 8. Ellos terminaron detenidos y la gente del barrio en el que viven enojada por el revuelo que generaron. ¿Frívola tontería? Un poco más que eso.

Tengo hijos de la misma edad: una que juega al hockey y otro que es socio de Cuba. La noticia me dio vergüenza. Cuatro chicos de buena educación, universitarios, sin carencias aparentes. Digo aparentes.
Se supone que jóvenes con una esmerada educación escolar y universitaria deberían poder medir las consecuencias de sus actos.

Si no, ¿en qué fallamos? ¿Se preguntan sus padres si acaso no faltó diálogo? ¿Por qué se molestan tanto con la prensa en vez de dar la cara y pedir disculpas? ¿Qué hubiera pasado si algún custodio hubiese reaccionado mal y disparado un arma? ¿Cómo podían saber ellos si eran anarquistas, terroristas, chorras o simplemente chicas "bien" que querían divertirse a costa de otros? ¿En qué mente cabe a días de que lleguen al país Trump, Putin, May, Xi Jinping, Macron y Merkel, entre otros, que se aventuren a una travesura estúpida que podría haber terminado pésimo? Viajadas como son ¿se hubieran animado a entrar en un auto a la Casa Blanca o a hacer alguna tilinguería por el estilo en Europa? ¿Cuánto era su dosaje del alcohol en sangre?

Por último, me pregunto, ¿me podría haber pasado a mí con mis hijos que también toman y salen? Creo que no. En casa se habla de todo en la mesa cada noche. Un tema recurrente son las transgresiones en nuestra sociedad. Del que pasa con luz roja, del que se manda por la banquina, del no comprar jamás en lugares donde sabemos que venden robado, del alcohol y sus excesos. De lo que está bien y de lo que está mal. Porque el país se hace entre todos. Y cada granito de arena cuenta. Los que tenemos educación tenemos más responsabilidad. Jamás menos. Y no importa si son macristas, kirchneristas, peronistas, radicales o lo que fueren. Lo que no se hace no se hace y punto. Está mal y punto. PUNTO.

Estos cuatro jóvenes son mayores de edad y poseen todas las herramientas para poder sopesar qué sí y qué no. Son deportistas (en el deporte hay reglas a cumplir), pertenecen a barrios de clase media alta (donde también hay reglas que cumplir), se recibieron en colegios privados (donde tuvieron muchas más reglas que obedecer). No cumplir las normas tiene consecuencias y lo saben. Quizá tanta norma los invitó a una transgresión, podría esgrimir una psicóloga. Claro está que las reglas con las que se educaron no fueron suficiente freno.

¿Qué les queda entonces a los que nacen en la miseria y no tienen para comer ni estudiar? ¿Qué no conocen los países desarrollados y no tienen papá y/o mamá en casa? ¿Qué no sólo meten alcohol en su cuerpo sino muchas cosas más?
Esta tontería NO fue una tontería. Espero que los padres puedan entenderlo. Si no, serán cómplices en la estupidez y co-responsables. El llamado de atención fue un escándalo social para sus familias y seguramente les pesa. Pero también involucró a la policía y a la Justicia que pagamos todos.
Si fueran mis hijos los obligaría a una disculpa pública al país, a los custodios, al Presidente y al club del que ahora son socias.
Porque el PERDÓN no se le niega a nadie y sería una excelente ocasión para dar el buen ejemplo que tanto necesitamos los argentinos.

Por Carolina Balbiani