Desencajada, boleada y confundida. Sin resto: al borde del desquicio. Así me siento desde que parí, hace dos meses y una semana. Estoy como si me hubiera pasado un camión con acoplado por encima y dejado más rota, más encorvada y, sobre todo, irremediablemente más adulta. Aunque tenga la misma edad (39) que antes de haber tenido a Ana, me siento mayor.

Algo de la liviandad con la que vivía se esfumó. Todo se complejizó: mi vida ya no es tan fácil y, aún más raro, es como si me hubiera convertido en otra persona. Es una locura, pero siento extrañeza de mi ex yo. Y asumirlo me da un poco de angustia. Algo de esa libertad de hacer y deshacer a mi antojo, de esa fantasía omnipotente de creer que todo depende de mí (de mis ganas, de mi propio deseo) ya es parte de un pasado lejano. Y mi hija me lo hace saber.

Muchas veces, cuando nos quedamos mirándonos fijo, en medio de ese derroche de ternura que nos invade, me lo recuerda: "no te confundas, eh; ahora mando yo". Y tiene razón. Cualquier actividad que tenga o quiera hacer depende de la logística que haya podido orquestar. Ando impresentable, despeinada, mal combinada y manchada, ojerosa. Almuerzo parada lo que encuentro de paso. Porque, por ahora, es "ella o yo". Para todo.

“Si me alejo de su radio o duerme mucho, la extraño. Entonces me pongo a repasar fotos suyas o me acerco a ver si se despierta”.
“Si me alejo de su radio o duerme mucho, la extraño. Entonces me pongo a repasar fotos suyas o me acerco a ver si se despierta”.

El día se me va entre teta y teta. Cada sesión –que en promedio es cada dos horas y media o tres– incluye ambos lados, biberón, provechito e hipo. Parada técnica en el cambiador. Cuando terminé de hacerle el service completo ya pasaron casi tres horas. Y otra vez, vuelta a empezar. Si se duerme me apuro para hacer un lavado, barrer, chequear el teléfono, tender la cama. Me lavo los dientes caminando. Me baño en el tiempo que dura la cuerda del móvil calesita que le colgamos arriba del catre y, si el papá me releva, no quiero salir de ahí dentro. La ducha es mi refugio.

Igual creo que empecé a acostumbrarme a andar por la vida con un dejo de cansancio y de sueño. A las tomas nocturnas se suman los masajes para tratar de aliviarle los dolores de panza con los que el Factor AG no está pudiendo. Todavía sigue con cólicos, pero se ve que yo ya me empecé a  resignarme a que la noche está lejos de ser mi hora feliz. Tengo otros momentos de real plenitud, que son la mayoría de los que compartimos. Incluso que monte en llanto por no haber podido anticipar su hambre me hace reír. Me enternece tanto que no puedo dejar de mirarla. Porque además Ana es hermosa. Objetivamente preciosa. Igualita al padre.

Mara y su hija Ana
Mara y su hija Ana

Si me alejo de su radio o duerme mucho, la extraño. Entonces me pongo a repasar fotos suyas o me acerco a ver si se despierta. De paso chequeo que respire. Y es que en el punto más álgido y más dramático de la maternidad, en pleno puerperio, estoy más control freak que nunca. Es posible que haya subestimado el rol, supuse que las madres exageraban. Pero cuando me desvelo pensando en cómo voy a hacer para volver a acomodarme apelo a ella. En esos mismos ojos verdes puedo leerla tan perdida como yo en esto. En esa ingenuidad con la que se ríe o lanza gorjeos hay un mensaje: "relax, que todo va a salir todo bien. Paso a paso. De a una cosa por vez".

Por Mara Derni