El oasis mundial
por QUENA STRAUSS, periodista

No sé a vos, pero a mí se me cae la baba. De sólo pensar en el mundial, digo, y no precisamente por los jugadores porque esta vez no habrá Pocho Lavezzi a quien pedirle que juegue sin camiseta. ¿Por qué me babeo entonces?

Simple: por la calle. Por las calles vacías que vendrán, por el silencio de esas horas con todo el mundo clavado frente a las pantallas, por la quietud que se apodera de todo. Como sucede enero tras enero, cuando las calles parecen haber sido dadas vuelta cual palangana y quedan vacías de personas, celebro esa hoquedad, ese nadie a la vista que trae cualquier acto masivo.

No importa si por vacaciones o para mirar embelesados lo que pasa en Rusia: cuando la gente se va de mi lado siempre es una fiesta. Quedan bares, restaurantes y casas enteras sólo para mí, sin que nadie moleste. Es verdad que cada tanto un "¡goool!" o un "uhhh" decepcionado cruzan el aire, pero ¿qué importa cuando todo lo demás es tan perfecto como en una película de Julia Roberts en un jardín inglés?

La ciudad a la que siempre querría volver se revela entonces en todo su esplendor: museos de donde todos parecen haber salido corriendo a la calle a ver un ovni. Parques sólo de bancos y de hojas en donde las palomas vuelven a reinar. Una ciudad de perros sueltos y felices, sin dueños molestos ni guardianes que los acoten a los caniles.

Puede que mi visión del mundial esté, como todo en mí, un tanto distorsionada. Pero, convengamos, todo en el mundial es eso: distorsión, exageración, locura. Grito pelado, faltazos al trabajo, pantallas gigantes. ¡Todo eso de lo que también adoro poder evadirme!

La cabeza hecha pelota
por LUIS BUERO, periodista

ilustración VERÓNICA PALMIERI

Los argentinos sufrimos de una enfermedad llamada mundialitis que nos ataca cada cuatro años a partir de 1978, cuando obtuvimos un campeonato mundial y desde entonces soñamos con ganarlo siempre. Una vez nos salió, en el '86, y otras estuvimos muy cerca, llegando a la final, o casi.

La locura en la televisión tiene al principio un costado marketinero inevitable: las casas de artículos para el hogar intentan vender todos los televisores posibles y saben que hay fanáticos que son capaces de comprar el último modelo con tal de ver a la selección con tan alta definición como si estuvieran parados en el banco al lado de Sampaoli.

Pero eso no es todo, se requiere poner televisores en las aulas, en los colectivos, en los vagones de subte, además de los que ya hay en casas de estudio, hospitales, correos y restaurantes. Y cuando juegue Argentina, sin duda se parará el país (mejor no tener un problema de salud justo ese día y en ese momento).

Todo lo demás pasa a un segundo plano. Y si nuestro equipo llega a las finales con algún triunfo importante, ese día puede renunciar el presidente que seguro no va a ser la noticia de apertura de los noticieros. Sí, siempre por el mundial tenemos la cabeza hecha pelota.

Si querés casarte, comprar una casa, cambiar de empleo o jubilarte, hacelo en mayo. Porque aunque digan que hay crisis, hasta tu portero viajará a Rusia. ¿Cómo lo hace? No sé. Ya sé, esas camisetas blanquicelestes son nuestras banderas argentinas enarboladas por hombres que ganan millones de euros, sí, pero legalmente, no como los políticos corruptos, por eso también los apreciamos.