La risa, la peor venganza
por QUENA STRAUSS, periodista

Por lo general, no odio a mis ex. No puedo, no me sale, no me gasto en eso. Ser ex es ya de por sí una condición lo suficientemente vergonzosa como para no tener que andar sumando desdichas extra a esa desgracia. Porque el ex es lo que queda de un candidato a novio o marido que no estuvo a la altura del rol, cuando la responsabilidad le quedó enorme. Cuando llamaste a alguien para hacer de príncipe y resultó un payaso. Un ex es –traducido al lenguaje de las tortas fritas, hoy que llovizna mientras escribo– el recorte de masa, lo que sobra y no sirve. Tu amor, tu definitivo, el elegido de tu corazón, es justamente lo que se recorta y destaca del excedente que le sirve de fondo y de contraste.

Entonces, ¿por qué vengarse del pobre infeliz que no dio más que para actor de reparto, para globo de ensayo, para vuelo previo y fallido?

El ex es la cañita voladora que no llegó a levantar veinte centímetros del piso. Entonces, ¿a qué dedicarle la compleja arquitectura de una venganza (palabras mayores en materia de maldad) a un pobre pibe que ni siquiera podrías decir con seguridad qué papel jugó en tu vida, además del higiénico?

Un poco de sinceridad: no todo ex merece una venganza, y casi siempre lo más que pueden llevarse es un beso en la frente y una sonora carcajada. Una se venga en definitiva de los pares, de seres a los que considere equivalentes en talento y en espíritu. Y si alguien es tu ex, lo es precisamente porque nunca lo distinguiste bien del resto del mobiliario de oficina. Por eso, mejor, reservá el costo de vengarte para quien amerite tamaño esfuerzo. Para todos los demás, esta sonrisa socarrona que han sabido desatar, y aún no termina.

Venganzas imaginarias
por LUIS BUERO, periodista

Ilustración: Verónica Palmieri.

¿De qué mujeres que me "jorobaron" (en algo) la vida me vengaría? La primera sería la partera que, según me contó mi mamá, como yo no quería nacer, apoyó la rodilla sobre el vientre de mi madre, hizo presión y me introdujo a este planeta a la fuerza. A partir del quehacer de esa doctora vinieron todas las demás. Como aquella maestra que me despertaba tanto pánico que me bloqueaba y no podía recitar ni la tabla del uno. O la profe de matemáticas, que me mandó a examen por trece centésimos de nota. Sigue mi primera novia, que al mes de salir me abandonó por un lituano rubio que hoy es mi amigo.

Luego viene la jueza del Registro Civil, que me casó con bellas palabras a los 22 años sin advertirme que las hechiceras se convierten en brujas en cuestión de meses.

En cambio, no me vengaría de mis ex porque ya la vida se encargó de presentarles tipos peores que yo, a los que también abandonaron. Sin embargo, no puedo dejar pasar a una exsuegra que se metía más en mi relación de pareja que Lilita en las decisiones de Mauricio.

Me limito entonces a ejemplos más simples: la empleada de la panadería que está al pie de mi edificio y me vendió sándwiches en mal estado. Me alegró ver cuando bajó la persiana.
También anoto a esa señorita que jugó con mis ilusiones en un sitio de citas por Internet y que en su perfil puso su foto "real" parecida a la China Suárez y en persona era una momia egipcia, ideal para formar parte del reparto de Indiana Jones. En fin, para mí la venganza es un sentimiento a destiempo. Dicen que es un plato que se come frío, pero a mí la comida fría no me gustó nunca.