Es viernes por la tarde y, mientras despacho a un amiguito de mi hijo que vino a jugar a casa, una mujer con una nena a cuestas corre para subir conmigo al ascensor. Tiene los pelos revueltos como yo y unas ojeras antológicas. "No puedo más", me dice, "vengo a buscar a mi hija mayor al octavo piso, salí de casa a las 7 y mañana nos levantamos a las 6.30 porque las chicas juegan hockey y el nene se va con el papá a fútbol, ¡todo lejísimos!".

La miro sin saber qué ofrecerle más que una sonrisa, de pura lástima, porque tapaojeras no me compré todavía. Me pregunto si esto de correr como medio de vida es saludable. Por la cara de zombie de la mujer, lo dudo. Sin embargo, entiendo que en estas carreras contra el tiempo estamos anotados varios. Quizás sea el impulso de abril: superado el esfuerzo de marzo de poner el año en marcha y acomodar todo el engranaje para que cada cual arranque en su tarea.

“En marzo no estás contando con el agotamiento que vas a tener para cuando termine el invierno y tengas que llevar al pibe a tae-kwondo”.
“En marzo no estás contando con el agotamiento que vas a tener para cuando termine el invierno y tengas que llevar al pibe a tae-kwondo”.

Esas actividades que te dejan sin aire porque en marzo no estás contando con el agotamiento que vas a tener para cuando termine el invierno y tengas que llevar al pibe a tae-kwondo después de un día de laburo, tu clase de spinning y todos los extras que forman parte de la canasta básica cotidiana. Que los padres estén a la par en la educación y cronograma de los chicos hace todo más viable, pero no por eso menos agotador.

Mi amiga Pato me cuenta: "Dejo a Juanita en comedia musical, aprovecho esa hora para hacer mi clase de danza contemporánea, de ahí corro a casa para quedarme con Pancho y el gordo sale a buscarla. ¡Resolvimos los sábados!" Y yo me quedo pasmada, pensando qué carajo tiene que ver ese programa chino con el concepto de "sábado". Yo, tan ilusa, creía que los sábados se disfrutaban, ¡no que se resolvían! Me parece genial abrirles las opciones a los chicos, que tengan espacios de aprendizaje diferentes y de encuentros con otros, pero ¿a costa de qué?

Además, estamos nosotros y nuestros propios extras. Este año, por ejemplo, tomé coraje y me anoté en gimnasia funcional. Lo elegí porque tiene varias opciones de horarios y aunque sólo pueda ir dos o tres veces por semana, siento que cumplo con la cuota de dedicación que estoy dispuesta a asumir. Lo llamativo de la actividad es que no sonríe nadie salvo yo.

Para mí no ocuparme de nadie más, escuchar la música y transpirar es una alegría. Pero para la mayoría es claramente una obligación. Entonces pienso, si las obligaciones son fácilmente identificables, ¿no sería lógico que las extra nos den placer? ¿Con quién hay que cumplir tanto? ¿Qué pasa si nos queda un espacio ocioso? Y como padres, ¿qué les queremos dar a los chicos? ¿Un currículum de primera infancia? ¿Qué oportunidades se ganan y se pierden por correr como locos? El domingo me crucé con la vecina del séptimo, que es súper simpática. El ratito que compartimos de ascensor siempre nos queda corto. Me dijo que quiere que un día suba a su casa y tomemos un café o unos mates. Y ¿saben qué? En eso sí me quiero anotar.

Por Mariana Weschler
Facebook.com/marianaweschler

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