“Ahora la ropa es totalmente diferente y hay shoppings y negocios; nosotras nos juntábamos a cosernos la ropa con nuestros moldes y también teníamos modistas propias”.
“Ahora la ropa es totalmente diferente y hay shoppings y negocios; nosotras nos juntábamos a cosernos la ropa con nuestros moldes y también teníamos modistas propias”.

La mujer que tenemos enfrente, sentada con anteojos de sol en un banco de la plaza de Barrancas de Belgrano, nació en 1914, hace 104 años. Es difícil imaginar que un contemporáneo nuestro haya vivido el estallido en Europa de la primera guerra mundial (y también la segunda) y que también haya sido parte de la historia al votar por primera vez en 1947, cuando se sancionó la ley de sufragio femenino.

Difícil de imaginar, pero no imposible y aquí está ella, Agustina Carballo, en pleno 2018, con una gran sonrisa y disfrutando de una tarde de sol en la plaza que queda a una cuadra del geriátrico donde reside. Allí vive desde que se quebró la cadera hace cuatro años en su departamento. Desde entonces, y por el miedo de volver a caerse, prefiere estar acompañada.

Agustina pasó por épocas que hoy nos parecen muy lejanas y fue testigo de revolucionarios cambios tecnológicos: el boom de la producción de autos. La llegada de Internet ya la encontró grande, por eso asegura que no sabe usar la computadora ni el celular.

DE OTRO TIEMPO. Agustina tomaba todos los días el tranvía para ir al trabajo, donde era telefonista en una empresa marítima. Allí estuvo hasta los 50 años, y terminó siendo secretaria del director. Se casó con Eduardo Carballo y tuvo dos hijos, Alberto y Guillermo, pero se separó luego de diez años, cuando se enteró que él la engañaba con otra mujer.

Lo perdonó y tuvo buena relación por los chicos, pero no quiso seguir con él. No volvió a casarse porque nunca pudo sentir "amor por nadie más" y asegura que su corazón "fue de él". Ya separada, mandó a los chicos a un colegio inglés medio pupilos, hasta las cinco de la tarde, para poder trabajar todo el día.

"Tenía mi sueldo y ganaba bien, fuimos muy felices", dice, y agrega sobre su época: "El teléfono existía, pero estaba colgado en la pared y no se usaba mucho. La comunicación era mayormente por correspondencia. Ah, y me acuerdo que estaba de moda fumar pipa".

“La comunicación era mayormente por correspondencia. Ah, y me acuerdo que estaba de moda fumar pipa”.
“La comunicación era mayormente por correspondencia. Ah, y me acuerdo que estaba de moda fumar pipa”.

-Viajabas en tranvía, no existían los teléfonos celulares, ¿cómo te llevás con los cambios sociales y tecnológicos de los que has sido testigo?
-Me encantan los cambios y nunca fue un problema para mí adaptarme a ellos. Me enorgullece haber vivido como viví, soy una mujer feliz y me encanta seguir aprendiendo. Además de trabajar toda mi vida, hice cursos de lencería, cerámica y soy bordadora: a los 80 años expuse diez cuadros con una técnica de bordado japonesa.

-¿Y qué cosas son las que más han cambiado para vos?
-Muchas cosas. La forma de vestirse, la comunicación, el transporte y los trabajos. Mi mamá era muy elegante, usaba unos vestidos con corsé muy ajustados en el busto y un peinado ondulado con rodete o con trenzas. Ahora la ropa es totalmente diferente y hay shoppings y negocios; nosotras nos juntábamos a cosernos la ropa con nuestros moldes, y también teníamos modistas propias. Yo tenía una que era muy jorobada (se ríe). Los trabajos también eran diferentes, había gente que era dactilógrafa, ahora nadie escribe con máquinas.

Agustina a los 51 años, en México.
Agustina a los 51 años, en México.

-¿A qué se dedicaban tus padres?
-Mi papá, Eduardo González Álvarez, tenía una cigarrería y mi mamá, Soledad López, trabajaba como dama de compañía para servir el té a las señoritas.

-Las mujeres del siglo XXI están al frente de un movimiento que en diversos ámbitos se dedica a denunciar todo tipo de acoso por parte de los hombres, ¿antes pasaban las mismas cosas que ahora?
-Sí. Me acuerdo que cuando volvía de trabajar, a las 17, también llegaba el ómnibus del colegio de mis hijos. Entonces tomábamos juntos el té y yo después me iba a hacer las compras. Mirá las cosas que me sucederían que un día Albertito, el mayor, me dijo: "Mamá, te vamos a acompañar así no te tocan en la fila", era un divino. Pero es verdad, me han tocado hasta en el cine, y entonces los chicos se sentaban uno a cada lado y yo en el medio, me protegían. Claro que sucedían esas cosas y está muy bien que ahora las denuncien. Lo que sí me gustaba a mí era el piropo, me encantaba, siempre que fuera con respeto y no me quisieran tocar. Creo que la mujer tiene que saberse conservar y respetar, y acepto como viven hoy y que cada una se defienda.

Agustina con un peinado de trenzas recogido junto a su marido Eduardo y sus hijos Alberto, de un año y medio y Willie, de seis meses.
Agustina con un peinado de trenzas recogido junto a su marido Eduardo y sus hijos Alberto, de un año y medio y Willie, de seis meses.

UN SIGLO Y UN POQUITO. Sonríe cuando llega la parte en la que cuenta su historia de amor. Y se acuerda hasta del más mínimo detalle del día en que conoció a su marido gracias a una equivocación. "Yo había llamado por teléfono a un número equivocado y cuando él atendió, dije 'ay, disculpe'", pero del otro lado respondieron que de cualquier manera querían hablar con ella y conocerla a la salida del trabajo en la esquina de dos calles importantes.

Como ella se tomaba el tranvía justo ahí, le dijo que sí, pero cuando tuvo que describirse a sí misma se definió como una señora bajita y gordita. Cuando se subió al tranvía, un hombre sentado detrás de ella le preguntó: "¿Usted es la gordita y bajita con la que hablé por teléfono?".

Así se conocieron y estuvieron diez años de novios hasta que, como no le hablaba de casamiento, Agustina le dijo que se quería separar. Esa noche, él la acompañó a su casa y le dijo a la mamá de Agustina: "Señora, para junio va a tener un hijo más", y le pidió la mano.

"Nos casamos por civil y por iglesia, hicimos una gran fiesta en Florida, donde vivía con mi mamá. Me acuerdo de que llovía y la gente estacionaba los autos en un terreno que estaba al lado. Mi suegra tenía un amigo que preparaba salones y la casa en la que vivíamos con mi mamá tenía mucho terreno: pusieron alfombras y techaron con toldos, quedó muy lindo", se acuerda. Después se fueron de luna de miel a Córdoba y enseguida quedó embarazada.

-¿Y vos cómo te cuidabas, eras coqueta?
-Sí, yo era muy coqueta. Siempre le robaba a mi mamá una crema sin que lo notara. Una vez ella la cambió y yo, sin saberlo, me la puse y me salió una erupción terrible. Lo más gracioso fue que jamás le confesé que había sido por su crema. Después, de grande, hice varios viajes a la clínica La Prairie, de Suiza, donde me hice tratamientos de revitalización. Quizás sea uno de los secretos de haber llegado a los 104 (se ríe).

-Otra cosa que creció un montón en estos tiempos es la industria del entretenimiento, ¿de qué disfrutás más?
-Me gusta mirar la televisión y ver las noticias, la instantaneidad de todo es alucinante. Pero lo que más me gusta de los tiempos que corren es poder viajar. Tené en cuenta que el primer vuelo comercial fue en Estados Unidos, en 1914. Yo viajé muchas veces sola, a México, a Nueva York y a Europa. A los 83 me sumé a un tour y me fui a recorrer Grecia por 15 días.

Hoy Agustina ve la vida de un modo súper positivo. Disfruta de cada salida y cada vez que su hijo la busca para ir a comer. A veces también va con su amiga Bety, de 80, una de las pocas que le quedan.

En el geriátrico saben que le gusta dormir y la dejan tranquila hasta las 11. Y por las tardes se entretiene imaginando, a través de los libros, las vidas de las reinas europeas. También teje ajuares para los nietos de Teresa, la mujer de su hijo Willie. Agus, como la llaman todos, no necesita nada más. Vive una vida plena desde hace 104 años y es feliz.

Textos: CANDELA URTA (Foto: Axel Indik/ Para Ti)

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