“El aire caliente que entra me quema la cara como si fuera un soplete”.
“El aire caliente que entra me quema la cara como si fuera un soplete”.

Buenos Aires. Verano. Treinta y cinco grados a la sombra. El calor me quema las ganas, pero tengo que salir. El centro me espera con los brazos abiertos (para completar los trámites que vengo postergando hace más de tres semanas) y yo sé que esta vez no puedo fallarle. Miro el aire acondicionado con nostalgia. Intento alejarme, pero no puedo. Mientras lo miro, pienso por qué todavía no inventaron un aire acondicionado portátil. Cómo no se le ocurrió a nadie, sería un negocio fenomenal. Y entonces fantaseo con la idea de cómo podría ser.

Lo primero que imagino es una miniheladera. O algo parecido a una heladera, pero del tamaño de un mp3, que tire aire frío. Bien frío. Tengo ganas de contárselo a alguien, pero al rato me arrepiento. El calor me está haciendo mal, aunque no tanto como para perder la vergüenza. Pensar en un aire acondicionado portátil me recuerda al abanico inmundo que me compré en el barrio chino. No me acuerdo dónde lo guardé, pero estoy segura de que está adentro de una de mis carteras. Mientras lo busco pienso que los chinos, que inventan cualquier cosa, no pueden ser menos vivos que yo. Que seguro no me enteré, pero que algo parecido a lo que imagino ya deben haber inventado hace rato.

A los pocos segundos, y después de revisar tres carteras, el bendito abanico aparece. Lo agarro con asco, pero con ganas. Empiezo a abanicarme casi instintivamente. No está tan mal.

Treinta y cinco grados. Tengo que salir. "Dale, que en dos horas volvés", me digo para consolarme. Y entonces, la tortura de salir al infierno que me espera en la calle no parece tan eterna. Camino hacia living, despacio, como quien se resiste a abandonar el mismo lugar que lo retiene y lo expulsa, y me doy cuenta de que una de las ventanas está abierta. Me acerco para cerrarla. El aire caliente que entra me quema la cara como si fuera un soplete. En ese momento, uno de los innumerables consejos de mi abuela retumba en mi cabeza y se transforma en un eco: "Cuando haga calor, antes de salir te pegás una duchita y estás fresca todo el día", decía. Y entonces me acuerdo de que ya me duché tres veces y siento más calor que antes. ¿Serán las hormonas? ¿O la edad? Vaya uno a saber.

“El calor me quema las ganas, pero tengo que salir”.
“El calor me quema las ganas, pero tengo que salir”.

Treinta y cinco grados. Tengo que salir. Finalmente, tomo coraje y abro la puerta de calle. Me enfrento a la misma hoguera de cemento en la que ardemos todos, y me dedico a observar cómo y de qué manera intentan sobrevivir los demás. Los veo cansados, malhumorados, aturdidos. Como si el calor se hubiese ocupado de secarles el alma. Camino unos metros, y en el garaje de la casa de un vecino, una nena de aproximadamente cinco años se moja la cabeza con una manguera. Y mientras se moja, baila. Y canta. Y se ríe. Me quedo mirándola unos segundos. "¿No querés mojarte?", me pregunta. "Sí", le contesto. Y entonces me doy cuenta de que sólo nosotros podemos salvarnos. Que somos nuestro mejor invento.

Por Luciana Prodan

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