Hay mucha gente que me quiere y mucha gente que no me puede ni ver. Por lo general me quieren las personas con la que he trabajado, aquí y allá, a lo largo de los años. Incluyendo jefes: a veces me han vuelto a llamar tiempo después de haberme ido.

También me quieren mis amigos, esos amigos de toda la vida, que ya son como parientes de sangre. No importa si los frecuento o no, están ahí y son amigos y me quieren. Quiero creer que me quiere mi familia. Mi hija seguro, mis hermanos, mi mamá también.

Los que no me pueden ni ver son, en su mayoría, personas a las que conozco socialmente, con quienes nos hemos cruzado en reuniones, presentaciones de libros, vernisagges, ese tipo de cosas. No me quieren y tienen todos los motivos del mundo. Puedo ser antipática, incluso arrogante si no estoy de humor, olvido nombres que debería recordar, uso el sarcasmo, me voy sin saludar, ese tipo de cosas.

Rubro esposas: un ejército temible acechaba armado hasta los dientes detrás de las espaldas de sus maridos. Pero esto ocurría cuando yo era más joven. Con el tiempo me fui enterando de que más de una vez tacharon mi nombre ante posibles trabajos, desde el inmenso lugar de poder que ocupaban en el lecho matrimonial.

“Hay mucha gente que me quiere y mucha gente que no me puede ni ver”.
“Hay mucha gente que me quiere y mucha gente que no me puede ni ver”.

Como decía, hay gente que me quiere y otra gente no me puede ni ver. Lo que nunca me había pasado, y ésta es una experiencia espiritual difícil de ponderar, es que alguien con quien tenga cierto contacto relativamente estable, no me quiera ni me deteste. Ni fu ni fa. Nada. No sé si me explico. Soy ignorada. No digo maltratada ni mucho menos. Los saludos son amables, todo está en orden. Sólo que está claro que no formo parte de su universo de sentimientos personales.

Nunca me había pasado. No es algo que me quite el sueño por las noches ni mucho menos, es sólo que no estoy acostumbrada a pasar inadvertida. A formar parte de un telón de fondo, a no despertar interés alguno más allá de los gestos básicos de la buena educación.

“Soy ignorada. No digo maltratada. Los saludos son amables. Sólo que está claro que no formo parte de su universo de sentimientos personales”
“Soy ignorada. No digo maltratada. Los saludos son amables. Sólo que está claro que no formo parte de su universo de sentimientos personales”

En inglés hay una expresión interesante: humble pie. Un pastel de humildad. Es como un trabajo de extra en el cine. Una experiencia espiritual difícil de ponderar. Ahora la estoy investigando. Finalmente qué me importa, me digo. No me va la vida en eso.

En los hechos concretos, esta persona no tiene peso alguno en mi destino. No es una esposa celosa que se eriza cuando me ve. No es alguien a quien ofendí y peor, sin siquiera darme cuenta. No es alguien que celebra mis palabras o el aire que respiro. Es alguien (que a mí me encanta) a quien le da lo mismo si estoy o no estoy. No es que quisiera hacerme amiga ni nada, sólo que a mí me encanta y no soy correspondida. Es un pastel de humildad del tamaño de Groenlandia. Y me lo estoy comiendo de a poquito.

Por Cecilia Absatz (cecilia@absatz.com.ar)