“Nací prematuro; con cinco meses de gestación. Pesé 770 gramos y estuve internado, luchando por sobrevivir”.
“Nací prematuro; con cinco meses de gestación. Pesé 770 gramos y estuve internado, luchando por sobrevivir”.

Tenía catorce años recién cumplidos, volvía a mi casa en un taxi, llovía y me entretuve mirando las gotas contra la ventana y adivinando cuánto iría de viaje. En eso miré por la ventana y vi que el taxista se había equivocado de calle. Estábamos cerca, pero lejos.

Me di cuenta de que me estaba paseando. Lo guié hasta casa. Llegué empapado y con bronca. Algo tengo que hacer con esto, me dije. Y escribí por placer, no para un trabajo práctico de Biología. Escribí, relaté lo que sentía, lo que había pasado. Y me sentí libre. Escribí que había adelgazado sin hacer dieta. Que había hecho medicina sin ser médico.

Siete años después, almorzaba solo en un café. Pedí el menú del día y comí rápido entre la vorágine cotidiana. "Tengo muy buenas noticias", escuché que decían en la mesa de al lado. Miré de reojo; una mujer hablaba por teléfono. Me serví gaseosa, disimulé y escuché la buena noticia: "Pedro subió de peso, llegó a un kilo doscientos", dijo entre el alivio y la alegría. Mi cuerpo vibró con un escalofrío. Sentí, en ese instante, otra vez, que estaba cerca pero lejos. Que había encontrado algo que no buscaba. Había revuelto todos los cajones, sacado los papeles, y ahí, en el tercer cajón, estaba eso que no buscaba, pero me alegró haber encontrado.

“Comencé a averiguar, a ser mi propio detective y me encontré con un mundo desconocido”.
“Comencé a averiguar, a ser mi propio detective y me encontré con un mundo desconocido”.

"Pedro es prematuro", lo supe en ese segundo. Tengo la posibilidad de decirle algo a la madre, al menos contarle que nací igual que su hijo. "Estoy seguro que a mamá le hubiese servido", me dije. Nací prematuro; con cinco meses de gestación. Pesé 770 gramos y estuve internado, luchando por sobrevivir. Los años pasaron y la historia quedó en el recuerdo, en que tal vez yo sea el nieto preferido de mi abuela por haber nacido antes de tiempo, pero no mucho más.

Mamá, con un agradecimiento profundo hacia todo el equipo que me atendió, no quería ir a los festejos que se organizaban por la Semana del Prematuro, ni cuando la invitaban a la clínica. Volver a esa sala donde estuvo durante meses viviendo entre la incertidumbre y el miedo era mover recuerdos que ya estaban acomodados, era volver atrás y ella quería mirar para adelanteUn día, tal vez después de esa charla de café, mi cabeza hizo clic, como aquella noche cuando guardé el archivo de Word en el que hablaba del taxista. Entendí que mi familia había cerrado con llave esa historia, pero yo ni siquiera había abierto esa puerta. Mi puerta. Mi historia. Yo fui el protagonista. Nunca me pregunté qué había sido de todo eso. ¿Cómo fue? ¿Qué pasó? ¿Por qué?

“En marzo se publicó mi primera novela, 770 gramos, donde narro mi historia y una realidad que no muchos conocen”.
“En marzo se publicó mi primera novela, 770 gramos, donde narro mi historia y una realidad que no muchos conocen”.

Comencé a averiguar, a ser mi propio detective y me encontré con un mundo desconocido. Empecé a narrarlo. Conocí gente. Volví a la neo. Almacené deseos, recuerdos, historias y ficción. En marzo se publicó mi primera novela, 770 gramos, donde narro mi historia y una realidad que no muchos conocen. Intenté humildemente expresar lo frágiles que podemos ser y, al mismo tiempo, tan fuertes. Una novela que me llevó mucho tiempo escribir. Tal vez, unos veintidós años.

Por Michael Josch

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