Alimentación consciente: ¿cómo comer con inteligencia?

Que lo que comemos repercute en nuestras emociones no es una novedad. Por eso, el gastroenterólogo alemán radicado en Estados Unidos, Emeran Mayer, va un paso más allá y pone el foco en el microbioma intestinal, un tema del que poco sabemos, pero que promete enormes avances en nuestra salud.
“Genéticamente todos somos casi iguales, pero en términos de nuestra composición de microbios sólo compartimos un diez por ciento de información”.

Que nuestras emociones y nuestro estómago están profundamente conectadas no es algo nuevo. "Se me cerró el estómago", "me cayó como una piedra", "panza llena, corazón contento" y la clásica "decisión visceral" son algunas de las tantas expresiones que usamos a diario y remiten a ese vínculo directo entre alimentación y emociones.

Con su sistema nervioso independiente (de entre cincuenta y cien mil neuronas) y sus mil células endocrinas, el estómago tiene una relación física comprobada con el pensamiento y las emociones que va mucho más allá de los psicologismos o experiencias.

El doctor Emeran Mayer lleva casi 40 años estudiando esta compleja relación entre la digestión, los intestinos y el pensamiento o las emociones. Gastroenterólogo alemán radicado en Estados Unidos, Mayer es codirector del Centro de Investigación de Enfermedades Digestivas de la Universidad de UCLA y autor de Pensar con el Estómago (Grijalbo). En su libro pone el foco en el microbioma intestinal, un tema del que poco sabemos, pero que promete enormes avances en nuestra salud y bienestar.

-Lo que se plantea en tu libro es que lo que comemos puede tener un impacto en nuestras emociones, ¿no es cierto?
-Exacto. Igualmente, esta idea de que los intestinos y las emociones van de la mano es algo de lo que se ha hablado antes en varias oportunidades. De hecho, muchos de nuestros pacientes llegan acá con la experiencia de que cuando están nerviosos o tristes experimentan problemas gástricos. En inglés existe la expresión "gut thinking" que remite justamente al pensamiento visceral. El cambio en ese sentido está más que nada en la atención a los microbios que habitan en nuestros intestinos. Ahora sabemos que el sistema digestivo es mucho más complejo y que esos microbios que participan de la digestión producen una serie de químicos que pueden influir en las funciones neuronales y emocionales.

Pensar con el Estómago (Grijalbo), el libro de Emeran Mayer.

-En definitiva, lo que demuestran tus estudios es que el vínculo emocional con la comida no es algo psicológico sino algo físicamente comprobable. -Correcto, no es algo netamente psicológico. Esta comprobación deja en evidencia algo que las mujeres suelen tener más presente que los hombres: la experiencia me demuestra que ellas, al igual que los pacientes de México o Centro América, tienen una mayor sensibilidad hacia esta conexión. Son más conscientes de ella.

-Demostrado el impacto de lo que comemos en nuestro ánimo, ¿podríamos modificar nuestra dieta para sentirnos más felices?
-La nutrición no es algo que siempre se haya tratado de modo muy científico: nos hemos cansado de ver libros con recomendaciones y dietas para sentirnos bien. El avance en este sentido está en que por primera vez tenemos estudios que demuestran el impacto concreto de la dieta en los microbios de nuestro organismo y en los químicos que estos producen, que, a su vez, pueden impactar en la depresión, el estrés y otros desórdenes o enfermedades como el autismo o Parkinson. Descubrir estas regularidades nos permite pensar que el incremento de estas enfermedades podría estar basado en la composición de nuestra dieta: la cantidad de grasa, la poca fibra, los químicos y la glucosa que se agrega a los alimentos puede tener un impacto.

-¿En qué cambios concretos se puede traducir esto?
-No podría decir cuál es el caso de Argentina porque no conozco sus hábitos, sí puedo hablar de Estados Unidos donde la dieta está basada en papas fritas, hamburguesas y comida con azúcar. Es crucial prestar más atención y entender que lo que comemos no pasa solamente por el disfrute que sentimos, sino que es un factor fundamental para la salud y las emociones. Es muy importante saber qué es lo que comemos y qué impacto tiene esa dieta. Por supuesto que hay una cuestión genética que nos influye, pero también están los hábitos alimenticios y tienen un gran eco en lo emocional, además de lo físico.

-¿Cuáles son los errores más frecuentes en cuanto a la alimentación?
-Es difícil generalizar, pero el primero suele ser no entender la importancia de las emociones en los intestinos y en los microbios. El modo de procesar y digerir correctamente los alimentos es estando en una situación social calma y relajada: hay que comer en un clima adecuado. La costumbre de comer apurado en el escritorio no es una buena elección en ese sentido. Además, en situaciones de estrés es muy normal que la gente tome las peores decisiones: comer cosas grasosas o dulces que los hacen sentir mejor en el momento, pero que a la larga hacen mal. Otro consejo es estar conscientes a la hora de comer. Preguntarse: "¿estoy comiendo esto porque es rico?, ¿porque es nutritivo?". La alimentación durante el embarazo es otro punto fundamental que no siempre es tenido en cuenta. Lo que la madre coma durante el embarazo va a tener un impacto directo en el desarrollo neurológico del hijo.

Lo que comemos no debe pasar solamente por el disfrute que sentimos, sino que es una factor fundamental para la salud.

-¿Creés que el aumento del autismo, obesidad o Parkinson se debe a los cambios en los microbios?
-No diría que se deben exclusivamente a eso, pero sí que tienen una participación. Se han visto regularidades en cuanto a los microbios del organismo en algunos pacientes con depresión y otras enfermedades. En pacientes que presentan estas dificultades una dieta más variada puede ser una buena medida.

-¿Qué recomendarías a un paciente que llega a tu consultorio por una depresión? ¿Se pueden analizar sus microbios para cambiar su dieta?
-Todavía no estamos ahí, pero falta poco. Si tuviera ese caso, lo que haría –que es lo que haría cualquier profesional de esta área, probablemente– es recomendarle un cambio hacia una dieta alta en componentes vegetales y baja en grasa animal, azúcar y alimentos procesados. Eso además de ejercicio o terapia… El tratamiento tiene que ser multidisciplinario.

-¿La carne es perjudicial?
-Es una pregunta interesante viniendo de Argentina, donde la dieta está más basada en la carne que en muchos otros países. Lo cierto es que todavía no se sabe si lo que nos hace mal es la carne o la grasa. En países como el suyo, donde las vacas son criadas de manera natural, la carne puede ser más sana que cuando se cría en las condiciones de Estados Unidos. Yo tiendo a pensar que lo que nos hace mal no es la carne sino su grasa, pero no lo sabemos a ciencia cierta.

-¿A todos nos impacta lo mismo la alimentación en el estado ánimo o depende de cada uno?
-Bueno, acá entra la parte de la individualidad, que es muy interesante: genéticamente todos somos casi iguales, pero en términos de nuestra composición de microbios sólo compartimos un diez por ciento de información. En ese sentido, introducir la individualidad es importante y, aunque todavía falta avanzar, esa es la dirección en la que va la medicina personalizada. De hecho, en lo más evidente, hay gente que come y enseguida engorda, mientras que otros pueden comer mucho sin que eso afecte su peso. La composición microbiana tiene mucho que ver con cuánto asimilamos la comida, y si conociéramos más de esto podríamos llegar a manipularla hacia mejores resultados. A diferencia del componente genético, la población de microbios es algo que sí podríamos modificar en un sentido positivo. Esa es justamente una de las promesas más interesantes de todo mi estudio.

Mejorar el microbioma

Saber que el aparato digestivo, el cerebro y los microorganismos que viven en nuestro cuerpo están en continuo diálogo puede ser una herramienta para mejorar nuestra salud y nuestro ánimo. Algunos consejos que todos podemos aplicar.

xCultivá de forma natural y ecológica tu microbioma. Si nuestro estómago fuera una granja y la flora intestinal los animales, elegiríamos bien la comida que los haga crecer. Evitar los alimentos cargados de químicos o enriquecidos con aditivos no saludables es el primer paso para no perjudicarlos. 

xBajá el contenido de grasa animal. Más allá de lo que engorda, la grasa dificulta la señalización desde el intestino al cerebro.
xAumentá la diversidad de microbios. Para aumentar la resiliencia y lograr un intestino menos vulnerable, lo mejor es aumentar la ingesta de alimentos que contengan muchos prebióticos. La dieta variada en vegetales, frutas y otros alimentos derivados de vegetales es la clave. No te ates a dietas limitadas.

 xComé menos cantidad. Esto va a limitar las calorías que consumimos hasta ajustarlas a las necesidades de nuestro cuerpo.

xAyuná para que la flora intestinal pase hambre. No porque sí los ayunos fueron parte de tantas culturas, religiones y tradiciones curativas: un ayuno prologado cada tanto puede impactar muy bien en nuestro cerebro y bienestar. Claro que si lo vas a poner en práctica debés buscar el asesoramiento de un médico especialista.

xNo comas estresada, enojada o triste. Para cultivar los microbios, alimentarlos es sólo el principio. Las emociones repercuten en el aparato digestivo y en el entorno microbiano en forma de reacciones intestinales.

Texto: LUCÍA BENEGAS (lbenegas@atlantida.com.ar) Fotos: LATINSTOCK/ A. ATLÁNTIDA

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