Escapada de playa
Escapada de playa

Cuando pensás en vacaciones en la playa, el ideal es algo como HACER NADA. El despeje completo y absoluto de todo. "Que ganas de hacer nada en todo el día", decís convencida allá por noviembre. Mi familia, la arena, las olas y nada más. Y lo sostenés uno, dos, tres días. Hasta que el cuarto te surge la imperiosa necesidad de encontrarte con otro ser humano, o varios, para que cada miembro de la familia se junte con otra gente y cambie esa cara de tujes que no era la que esperabas como tu ideal de NADA.

Armás una logística playera con esos amigos que además de mate y buena onda tienen edades afines. "Che, ¿esa playa no es un quilombo?", anticipás. "Un poco", dice tu amiga. Cargás a todos –y todo– en el auto. Llegás al balneario y te encontrás buscando lugar para estacionar como si estuvieras en el microcentro. Tenés la certeza de que te van a pedir propina por ese espacio incómodo y la incertidumbre de si el auto logrará salir de ese terreno hundido en la arena con la misma facilidad con que entró.
Cargada como repositor de supermercado, en el caminito de madera nomás te ponés a buscar "un hueco". Sincerémonos, una playa donde se busca "el hueco" en lugar de disfrutar la amplitud de la arena no merece ser llamada playa. Pero todos van a estar entretenidos, así que te la bancás.

“Sincerémonos, una playa donde se busca el hueco en lugar de disfrutar la amplitud de la arena no merece ser llamada playa”
“Sincerémonos, una playa donde se busca el hueco en lugar de disfrutar la amplitud de la arena no merece ser llamada playa”

Una vez que clavaste la sombrilla te das cuenta de que el vecino de al lado tiene más amigos que famoso en Instagram y para cuando tu amiga te ceba el mate, temés que alguno de los vecinos te lo babee. Andás con cuatro ojos mirando a los pibes, que los adolescentes encuentren lo que buscan para no tener que verles la cara un rato, y que los más chicos no se te pierdan de vista, lo cual es imposible. "Mirá Pedrito que nuestra sombrilla es la verde pegada a la amarilla, en diagonal a la casilla del guardavidas…"; el pibe no sabe lo que es una diagonal, vos que intentás maniobrar charla, mate y chicos desparramados, los tenés fichados por el color de malla, y rogá que el tuyo no sea muy osado con el mar porque es más complicado sacar al chico del agua que llevarte sin querer otro de malla del mismo tono.

Playa
Playa

"Tiene onda esta playa", dice tu amiga, "te encontrás con todo el mundo", agrega mientras saluda gente a más no poder. Y sí, aunque sabés que no está todo el mundo en la playa y te reconocés afortunada de poder irte de vacaciones, por ese momento podrías jurar que sí. Hasta que emprendés el camino de regreso a tu casa y te das cuenta de que todo el mundo está en la misma ruta, y la tarde de playa termina con un tránsito que sería la envidia de Roma. Con decirte que los chicos que estaban haciendo dedo ahora te miran desde sus cómodas ojotas para gozarte nomás. Finalmente llegás a tu casa para bañarte, hacer algo de comer –que la playa da hambre, parece– y te tirás en el balconcito a mirar al cielo. Tan despejado que podrías contar las estrellas. Ese vacío inmenso que te da paz, te hace pensar en la locura que es vivir en medio del despelote todo el año. Sentís esa hermosa sensación de que la naturaleza es generosa, que por ese instante no necesitás nada más. Hasta que escuchás desde una habitación "¿Vamos a tomar algo al centro?"

Por Mariana Weschler
Facebook.com/marianaweschler

LEA MÁS: