Sacaba a pasear su perro todas las mañanas y dejaba sus regalitos por la calle. Los peatones hacían skate sobre la mierda linda del perrito lindo. Así que un día decidí encararlo: "Se le cayó", le dije, y sonreí por si las moscas. "Es mi vereda", me dijo el viejito impune. "Y pago los impuestos", agregó.
Enojada y ya sin sonrisa le espeté que eso no le daba ningún derecho a ensuciar, que en su living seguro no dejaba el soretito del caniche toy. Pero oídos necios. Gesticulando e insultándome, se fue nomás.

He descubierto muchos de estos viejitos y viejitas impunes. Creen que por haber superado la barrera del sonido pueden hacer los que les dé la reverendísima gana. Y yo les diría que sí, que pueden, siempre y cuando no joroben a los otros. A veces los veo abriendo paquetes en el súper, otras tirando basura por el balcón que cae justamente al balcón de abajo. O fumando bajo el cartel que dice prohibido fumar. O rebuscando en la cartera vacía en la caja del súper (¿notaron que siempre las carteras de las mujeres mayores suenan a hueco y a llaves?) monedas y billetes arrugados.
"Y cómo, ¿hoy no era el día de jubilados?", dice. La cajera contesta con paciencia, "Es mañana, señora". Mientras, la viejita insiste en descargar el carrito y asegura, "era hoy, cómo puede ser que hayan cambiado el día". "No, señora, siempre fue los miércoles", repite la cajera. Mientras tanto, la cola crece y crece entre la desesperación y la angustia, entre el apuro y el desasosiego de no saber que hará con nosotros el destino una vez jubilados.

Los viejitos impunes son impacientes, tienen mucho apuro por terminar lo que están haciendo, pero se toman todo el tiempo del mundo. Ese mundo que se les va y cada vez entienden menos. Entre la ternura y la rabieta, nos pueden. Es como si las cataratas les impidiesen ver todos esos carteles que indican lo que sí y lo que no. No escuchan lo que no quieren. No ven lo que no quieren.
"No hago caso".
"No me da la gana".
"Ya viví demasiado y no me van a decir qué hacer".

Y, en algún punto, son como la contracara del adolescente, que tampoco quiere hacer caso: porque no vivió todavía, porque no le da la gana, porque no le van a decir qué tiene que hacer.
Y así estamos nosotros (sin cataratas, pero con apuros reales y normas a cumplir), atrapados en el medio. Porque somos los que transitamos el medio de la vida. No nos salteamos las colas, no hacemos lo que nos da la gana (si tuviera mascota recogería su mierdita), les hacemos caso a los carteles y no se nos ocurre tirar nada de nada por el balcón.
En fin, estoy a tiro de un par de décadas de ser una viejita impune y a una distancia quizá mayor de haber sido una adolescente impune. Así la vida.
Mi impune vecino debería haber recogido lo que dejó su perro. Pero ya el perro partió y dejó la Tierra. Así que ahora, más que enojo, cuando veo al viejito me da lástima. Porque ejerce su impunidad a solas, sentado en una mesa de la vereda del café de la avenida Santa Fe, mientras estrella uno a uno sus puchos contra el piso.

por Carolina Balbiani
cbalbiani@atlantida.com.ar

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