Ilustraciones: Verónica Palmieri
Ilustraciones: Verónica Palmieri

Las Navidades que ya no son

Por CAROLINA BALBIANI, Directora de Para Ti.

Al ver el árbol que armé solita el domingo 10, ya fuera de calendario, mi hija dijo al pasar rauda a no sé dónde "Cada Navidad es más bajón todo. Más chico el árbol y más aburrida". Y siguió su camino cerrando la puerta de un soberano portazo. Me quedé con los ojos de plato. Lo peor es que sentí que es un poco cierto. Hace años las fiestas navideñas eran en lo de mi centenaria abuela y nos contábamos por miles… 50 o 60 como mínimo. De todas las edades y colores. Hoy quizá lleguemos a 8 (con suerte e invitados ajenos a la familia) y tenemos varias bajas dolorosas. Por lo pronto, mi abuela centenaria y mi papá internado que no sabe ni su nombre, son dos ausentes con aviso. La familia política tampoco puede sumarse porque vive en España. De los 8 –tío, mamá, amiga de mamá, tía…–, la mayoría necesita ser transportada a sus respectivas casas apenas asome el cansancio. Los adolescentes vuelan doce y piquito. Y quedamos nosotros dos, los dueños de casa, cansados de nada y con menos alegría que una Coca Cola sin gas. Las lucecitas titilando en el departamento vacío hacen las veces de un The End melanco. Las alternativas propuestas por mi hija –la del portazo (el otro estoico no se mosquea aunque sienta lo mismo)– eran lejanas y rodeadas de verde, pero los mayores no quieren trasladarse. Temen que un infarto en plena Nochebuena arruine el festejo (no es humor negro decir que en la Navidad del '85 mi abuelo paterno partió sin más en la madrugada del 25). Saben que no habrá taxis y no quieren "tener que molestar" con el traslado a domicilio, pero no tienen más remedio que aceptarlo porque tampoco quieren dormir en casa ajena. Y mi marido también suma sus temores: el tráfico en las fiestas suele dar positivo en alcoholemia. En fin, tengo que reconocer que "la golpea puertas" no está tan equivocada con su lapidaria frase. Y que la Navidad pasó de generarnos ilusión y magia (ellos crecieron y también todo el resto) a ser un poco bodrio salpicré con regalitos, turrones de Jijona, cabello de ángel y brindis.

Quizá la llegada de nietos (mmmm… para esto debería faltar bastante) vuelva a ponernos en onda y nos dé energías para volver a enfundarnos en el disfraz de Papá Noel al grito de JoJoJo con 40 grados de térmica.
Es probable que el año que viene le pase la posta a Joaquina –así se llama la que me dio letra para esta nota–, a ver qué inventa y puede ser que le haga caso y recuperemos el espíritu festivo. Por lo pronto ya invité a la de la columna de al lado, amiga de toda una vida, que pase a brindar después de las doce… antes de mutar en Uber navideño. Chinchín!

 
Ilustraciones: Verónica Palmieri
Ilustraciones: Verónica Palmieri

La Nochebuena… o una buena noche

Por Magdalena Tagtachian, Periodista invitada, editora del diario Clarín.

Todas las Navidades lucho con lo mismo. No por cómo saldrá el matambre tiernizado o el arrollado primavera que nunca supe cocinar. Ni siquiera por si a mi nueva cuñada le gustará la cartera que elegí para ella. Lucho por averiguar quién se quedará, mejor dicho quién evitará la repartija familiar en el fin de fiesta.
La estadística indica que soy candidata al volante para devolver a los mayores. La más culposa. La que vive más cerca de los tíos y de los tíos abuelos. La independiente, la copada, la que tiene auto pero no de alta gama. La todo terreno que siempre todo lo resuelve. La que no tiene novio ni ocio. La señalada para oficiar de remis al horno.
Cada año trato de perfeccionar la estrategia para librarme del fardo. Unas fiestas pasadas arreglé con una hermana. Aduje que tenía una celebración inexistente e incomprobable y, aunque mi hermana vive en zona Sur y los tíos en zona Norte, y ella llevaba su camioneta cargada de niños, marido y juguetes, fue ella esa vez la beneficiada. Mi unidad polifuncional siempre dispuesta ya había cargado con todos los trineos anteriores. Era hora de cambiar, de rebelarse ante Papá Noel.
A último momento mi sobrino levantó fiebre. Y el cardumen de tíos y tías se pasó a mi nave, chica, chocada, dorada, siempre lista. Terminé con el reparto geriátrico a las 4 am. Pero antes dejé a cada cual feliz en su hogar con sus regalos. Y cuando llegué al mío, me tuve que bajar a abrir el portón mientras mis vecinos pasaban divertidos y entonados. Me puse a llorar.
Juré no repetir la cruzada las temporadas siguientes. Inventaba viajes y hasta medianoche del 24 en la redacción. Todas las excusas se precipitaban ante mi soberana culpa los 24 por la tarde.
Este año, una amiga querida me invitó a brindar después de las 12. O hago de remisera o me voy de copas con ella e intento terminar la Nochebuena con una buena noche. Ante mi deseo –que quedaría sepultado otra vez– y el choque malicioso de ubicaciones de tíos que viven en el barrio opuesto a los bares de moda, mi amiga se ofreció a acompañarme de copilota remisera. Yo no quiero hacer de chofer y ella no quiere quedarse con la vejestud de cada familia. Pensamos y repensamos planes escapatorios. Catarata de WhatsApps. Audio va. Audio viene. Madrugada. Imposible zafar.

Ilustraciones: Verónica Palmieri
Ilustraciones: Verónica Palmieri

Así las cosas, esta loca me propuso escribir esta loca columna. A ver si nos sacamos la mufa. A ver si nos reímos de nuestros pequeños maliciosos deseos. Tirar a todos por la borda esta Navidad. A ver si celebramos lo que queremos. Puede ser. Pero deberá quedar para mañana. O pasado. O tras pasado. En el bar de la esquina. En nuestra mesa de siempre. Intercambiaremos regalos. Nos relataremos penas y olvidos. Cómo estuvo el vitel toné y los partes médicos familiares respectivos. Y soñaremos que el próximo año mentiremos bien y nos rajaremos a la loma del caño.
Porque a la hora de celebrar no hay tu tía. Porque los amigos son todo y la alegría y la familia elegida. Apaguen los motores. Ya saben. Ahí viene. Feliz Navidad.

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