La encíclica del papa León XIV: “La magnífica humanidad”

El Santo Padre nos invita a la esperanza y a la fe en la dignidad humana frente a los desafíos de la era tecnológica

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El Papa Leon XIV
El Papa Leon XIV

El padre John Joseph Lydon McHugh, exrector de la Universidad de Trujillo en el año 2024, le pidió a su amigo, el entonces cardenal Robert Prevost, que hiciera el prólogo a la obra de su autoría sobre la Doctrina Social de la Iglesia. Este compendio tiene como fuente las enseñanzas evangélicas y el discernimiento del pueblo fiel de Dios en el campo social que el papa León XIII formalizó en la encíclica Rerum Novarum (1891). Este señaló el camino que la comunidad discierne sobre la realidad social de cada tiempo en el campo del trabajo humano. Recordemos que la segunda revolución industrial de mediados del siglo XIX se caracterizó por la utilización de nuevas fuentes de energía como el petróleo y el gas para el funcionamiento de las máquinas, y por la incorporación de grandes avances tecnológicos, lo que introdujo nuevos modos masivos de producción y de trabajo. Novedades que, a su vez, provocaron la exacerbación del capitalismo liberal, del socialismo y la importancia del trabajo en su dimensión ética, política, jurídica y como un factor esencial de la economía. A partir de ese momento, estos asuntos se extenderían a todo el mundo.

A partir del 8 de mayo de 2025, el nuevo papa León XIV retomó aquella idea inspiradora de los avances producidos en la técnica por León XIII, lo que dio lugar a las enseñanzas magistrales anunciadas recientemente, que presentará en Roma al mundo en la tarde del día de mañana, lunes 25 de mayo de 2026, en la carta encíclica titulada por Prevost “Magnífica Humanitas” (Magnífica humanidad). En un tiempo de grandes transformaciones. En un tempus terribile, dice este cronista.

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Hace algunos millones de años, por necesidad, el hombre descubrió la técnica

Desde los inicios de los tiempos, la vida del hombre estuvo acompañada por el uso de la técnica. La piedra habría sido la primera herramienta. Las últimas investigaciones nos dicen que la piedra se anticipó al hacha cuando el hombre primitivo se dio cuenta de que, sacándole filo con otra piedra y agregándole un mango, el sujeto podía cazar y defenderse. No olvidemos que la aparición del desconocido, por ser tal, era la de alguien hostil que, con su sola presencia, lo amenazaba; es decir, estaba “en contra”, expresión que mucho tiempo después se transformaría en un “encuentro”. De aquellos primeros tiempos, los seres humanos fueron sumando elementos: cuchillos, equipos manuales, eléctricos, electrónicos, hasta encontrarnos invadidos por el desarrollo de infinitos productos de la naturaleza y recreados por el hombre para su utilidad. Y a eso se lo llamó técnica. En ese desarrollo paulatino, los especialistas de esa historia distinguen tres etapas:

En una primera etapa, la técnica es imitación, desde la antigua Grecia hasta la Edad Moderna. Las cuevas en las montañas o las chozas o cabañas de conjuntos de ramas en los llanos se transforman en casas o ranchos de barro, o edificios de otros materiales; las primeras embarcaciones, tal vez troncos ahuecados, eran impulsadas por remos que imitan las aletas de los peces; los movimientos de las copas de los árboles son imitados para enviar por el aire las flechas para herir animales o defenderse de enemigos; todos procedimientos que los griegos llamaron mímesis.

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En una segunda etapa, a partir del siglo XV, la naturaleza que se imitaba pasó a ser modificada por el hombre; se imita a la naturaleza pero se la modifica incorporándole cambios u otros elementos. Así se imagina el avión, observando y concibiendo la imitación de las alas de los pájaros.

Al comienzo del siglo XIX y durante el XX, la técnica va a ser la utilización de la naturaleza transformándola sustancialmente y gobernándola; así el vapor se transforma en energía que impulsa el movimiento que transporta al hombre. Ya no solo se imita la naturaleza, sino que se la transforma para lograr cosas que no están acabadas por la naturaleza y así nacen, usadas con fines útiles.

A fines del siglo XIX y principios del XX, ya no será solo la imitación y la transformación, sino la combinación con otros propósitos, creando algo diferente a sus elementos, algo nuevo que no está en la naturaleza. Así se emplean moléculas sintetizadas con fines medicinales, por ejemplo, para tratar la sífilis o eliminar sustancias malignas, y así se fabrican muchos medicamentos que no existen en la naturaleza; las macromoléculas de las sustancias plásticas, etcétera.

Y la ciencia no se detiene ahí, a punto tal que el hombre se cree capaz de producir nuevas energías capaces de destruir o aniquilar la materia, como la energía atómica, y los científicos se declaran capaces de construir nuevos seres partiendo de recursos de la naturaleza, creando géneros diferentes; bacterias son manipuladas por la ingeniería genética, creando animales con propiedades que naturalmente no existían. A tal punto que el filósofo mencionado refiere que un destacado biólogo molecular inglés, con sentido del humor, afirmaba que tomando el genoma de la naranja y el genoma del pato podrían llegar a producir “el pato-naranja”. Hoy estamos en un grado de adelantos científicos que permite, mediante el uso de la IA, obtener un arma con decisión propia, capaz de decidir, por ejemplo, a quién matar y a quién no, y con el uso de la IA tomar decisiones íntimas respecto de la persona a la que le sirve de compañía.

Lo terrible no es la posibilidad de crear, mediante la IA, medios capaces de provocar la destrucción, como es la energía atómica ya creada y experimentada, o la creación de seres nuevos que adquieran nuevas propiedades, sino la creación de genes por la combinación de distintas fracciones capaces de crear nuevos seres que no existían en la naturaleza, logrando por vía de la técnica seres asesinos capaces de destruir físicamente a la humanidad o también su definitiva autodestrucción ética.

La destrucción de la humanidad

Nos limitamos a continuación a transcribir la advertencia de los grandes expertos en IA, quienes afirman: “La inteligencia artificial puede llevar a la extinción de la humanidad”. Sam Altman, fundador de OpenAI, responsable del revolucionario sistema ChatGPT, ha insistido sobre la necesidad de regular la inteligencia artificial.

Un grupo de expertos, entre los que están los máximos responsables de OpenAI y Google DeepMind, advirtieron en un documento que la inteligencia artificial podría llevar a la extinción de la humanidad.

El Centro para la Seguridad de la Inteligencia Artificial

El Center for AI Safety (CAIS) es una organización estadounidense sin fines de lucro de expertos con sede en San Francisco, California, destinada a reducir los riesgos a escala social derivados del desarrollo de la inteligencia artificial y promover su implementación de manera ética y segura.

“Mitigar el riesgo de extinción a manos de la IA debería ser una prioridad mundial, junto con otros peligros a escala social, como las pandemias y la guerra nuclear”, se puede leer en una declaración publicada en la página de internet del Centro para la Seguridad de la IA.

“El comunicado ha sido apoyado por Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI (creador de ChatGPT), y Demis Hassabis, director ejecutivo de Google DeepMind.”

“También firman otros líderes en el desarrollo de la nueva tecnología, como Dario Amodei, de Anthropic, y el doctor Geoffrey Hinton, quien ya había advertido sobre los riesgos de un sistema superinteligente.”

La presentación de la encíclica Magnifica Humanitas del papa León XIV

En la presentación de la encíclica Magnifica Humanitas, que se llevará a cabo el día de mañana lunes a las 11:30 hs. en el Aula del Sínodo en el Vaticano, será presidida por el Santo Padre, papa León XIV, quien hará uso de la palabra. Participarán, además de los cardenales Víctor Manuel Fernández (Prefecto para el Dicasterio para la Doctrina de la Fe), Michael Czerny (Prefecto para el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral) y Pietro Parolín (Secretario de Estado del Vaticano), la profesora Anna Rowlands (Universidad de Durham), Cristopher Olah (cofundador de Anthropic, una de las empresas de investigación y desarrollo de IA más importantes del mundo, con un enfoque central en la ética y la seguridad) y la profesora Leocadie Lushombo (Santa Clara University).

“Pero hay otra corriente de expertos que creen que estas advertencias apocalípticas son exageradas”. (Redacción de la BBC News Mundo, 30 de mayo de 2023).

La advertencia de los filósofos

En el año 441 a.C., Sófocles, en su obra dramática Antígona, cantaba las maravillas de la inteligencia y la técnica de los mortales: “Cosas terribles, muchas hay, pero ninguna más terrible que el hombre”. En el siglo pasado, el genial Laín Entralgo, tras recordar esos versos, dice que “esa indudable terribilidad del hombre, una de cuyas expresiones centrales consiste en poder hacer siempre más de lo que, según la moral, cualquier moral, debe hacerse, no tendrá como consecuencia la destrucción física de la humanidad o su definitiva autodestrucción ética…” (De mi oficio en el año dos mil, Madrid).

A los poderosos de la Tierra

La realidad del mundo nos enseña que no hay bien común sin la condición de la paz y que no hay paz sin la base del diálogo entre las naciones, y no hay diálogo si no hay respeto a la soberanía de todos los pueblos.

Les preguntamos: ¿Puede haber diálogo y paz bajo la amenaza del asesinato de los jefes de unos Estados por las armas inteligentes dirigidas por la voluntad de los jefes de otros Estados? ¿Podemos aspirar a reconstruir a partir de un diálogo desarrollado bajo el imperio de la amenaza genocida? ¿Se puede tolerar que unos se consideren dueños de decidir cuándo se puede y cuándo no tolerar el uso de armas inteligentes capaces de destruir parte o toda la humanidad? ¿Podemos vivir en un mundo regido por la voluntad divina y el pacto sunt servanda, cuando los poderosos violan y rompen arbitrariamente los tratados y no reconocen otra ley que no sea la de su propia fuerza y violencia unilateral y brutal? ¿No sería eso el triunfo del terrorismo en todo el planeta? ¿No hay otras vías para derrotar definitivamente al terrorismo que más terrorismo? ¿Es impotente el mundo frente a la ambición ilimitada de los poderes financieros internacionales si estos disponen de semejantes armas brutales?

¿Puede tolerar el mundo científico y la mayoría de los Estados que la IA, con autonomía operativa, intervenga en el campo bélico poniendo en peligro de extinción a millones de seres humanos?

¿Se puede confiar en relaciones entre Estados delegando la responsabilidad de sus ataques en las máquinas?

¿Podemos aceptar que en el mundo de la diplomacia y el diálogo internacional se haya impuesto la invigencia de los derechos humanos y que, al mismo tiempo, se reduzca la fortaleza de los organismos internacionales creados para garantizar la paz, la justicia y la supremacía del orden y del Derecho Internacional?

La realidad es terrible, como decía Sófocles: el hombre que hoy detenta la fuerza es terrible, voraz, criminal. Es la terribilidad de una minoría de seres omnipotentes.

Recibiremos la nueva carta apostólica con esperanza y con fe

No creemos que la fe en Dios tenga menos fuerza que la fuerza de las armas, por más inteligentes y terribles que estas sean. Tampoco creemos —decía el gran filósofo español ante amenazas semejantes— que “el sol de la imaginación creadora y del pensamiento libre deje de seguir brillando para la estirpe de Adán, y que en la mesa de este no haya mortales realmente preocupados por la realidad de las cosas y por la historia de nuestra especie” (op. cit., Laín Entralgo, p. 68).